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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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Hoy Juanita trabajaba con unas cuentas nuevas. A su lado había un teléfono. Lo miró fijamente, lo tomó y marcó el número interno de la oficina de Seguridad.

Unos momentos después la voz profunda de Nolan Wainwright preguntaba:

– ¿Podemos vernos esta noche?

La curiosidad ganó.

– Sí, pero no por mucho tiempo -explicó que podía dejar sola a Estela una media hora; no más.

– Es tiempo de sobra. ¿A qué hora y dónde nos encontramos?

Oscurecía ya cuando el Mustang de Nolan Wainwright se encaminó hacia la acera del edificio de apartamentos del Forum East donde vivía Juanita Núñez. Un momento después ella apareció por el zaguán de la entrada principal y cerró la puerta cuidadosamente tras de sí, Wainwright se inclinó sobre el volante para abrir la portezuela del coche y ella subió.

Él la ayudó a acomodarse en el asiento, luego dijo:

– Gracias por haber venido.

– Media hora -recordó Juanita-. Eso es todo -no intentó mostrarse amable, y ya estaba nerviosa por haber dejado sola a Estela.

El jefe de Seguridad del banco asintió mientras retiraba el coche de junto a la acera y se metía entre el tráfico. Marcharon dos manzanas en silencio, después giraron hacia una avenida de tráfico doble, ruidosa, iluminada por tiendas de luces brillantes y restaurantes. Siempre conduciendo, Wainwright dijo:

– Me he enterado de que Miles Eastin ha ido a verla.

Ella respondió cortante:

– ¿Cómo lo sabe?

– Me lo dijo él. También me dijo que usted le había perdonado.

– Si él se lo ha dicho, así será.

– Juanita… ¿puedo llamarla Juanita?

– Es mi nombre. Puede usarlo si gusta.

Wainwright suspiró.

– Juanita, ya le he pedido perdón por la manera en que se presentaron una vez las cosas entre nosotros. Si todavía me guarda rencor, no se lo reprocho.

Ella se ablandó, levemente.

– Bueno, es mejor que me diga para qué quería verme.

– Quiero saber si está usted dispuesta a ayudar a Eastin.

– ¡Entonces él es la persona!

– Sí.

– ¿Por qué voy a ayudarlo? ¿No basta con que lo haya perdonado?

– Si quiere usted conocer mi opinión… es más que suficiente. Pero fue él quien sugirió que quizás usted…

Ella interrumpió:

– ¿Qué clase de ayuda?

– Antes que se lo diga tiene que prometerme que lo que voy a contar esta noche va a quedar entre usted y yo.

Ella se encogió de hombros.

– No tengo a nadie a quién contárselo. Pero se lo prometo de todos modos.

– Eastin va a hacer un trabajo de investigación. Es para el banco, aunque no oficialmente. Si triunfa tal vez logre rehabilitarse, que es lo que él desea… -Wainwright hizo una pausa mientras el coche dejaba atrás un lento camión-tractor. Continuó-: Es un trabajo arriesgado. Sería todavía más si Eastin se comunicara directamente conmigo. Lo que ambos necesitamos es alguien que lleve mensajes entre nosotros… un intermediario.

– ¿Y usted ha decidido que yo soy esa persona?

– Nadie ha decidido nada. Depende de usted. Si es así, ayudará a Eastin a ayudarse a sí mismo.

– ¿Es Miles la única persona a quien esto puede ayudar?

– No -reconoció Wainwright- también me ayudará a mí; y también al banco.

– De alguna manera eso es lo que creía.

Habían dejado las luces brillantes y cruzaron el río por un puente; en la creciente oscuridad el agua brillaba negra allá abajo. La superficie del camino era metálica y las ruedas del coche zumbaban. Al fin del puente se abría un camino interestatal. Wainwright avanzó por allí.

– La investigación de la que usted habla -dijo Juanita-. Dígame algo más… -su voz era baja, inexpresiva.

– Bien -y describió cómo Miles iba a trabajar encubierto, utilizando los contactos que había hecho en la cárcel y el tipo de pruebas que Miles iba a buscar. Era inútil, decidió Wainwright, ocultar nada, porque, lo que no dijera ahora a Juanita, probablemente ella lo iba a averiguar más adelante. Por lo tanto, añadió la información sobre el asesinato de Vic, aunque omitió los detalles más desagradables.

– No digo que vaya a pasarle lo mismo a Eastin -concluyó-. Haré todo lo posible para impedir que así sea. Pero le digo a usted el riesgo que él corre, y él también lo sabe. Si usted quiere ayudarlo, como le repito, para él sería más seguro.

– ¿Y quién me va a asegurar a mí?

– Para usted virtualmente no hay riesgos. Sólo tendrá contacto con Eastin y conmigo. Nadie más lo sabrá y usted no estará comprometida. Nos encargaremos de esto.

– Si está tan seguro, ¿por qué nos hemos entrevistado de esta manera?

– Una simple precaución. Para estar seguros de que no nos han visto juntos y que no nos pueden oír.

Juanita esperó y preguntó luego:

– ¿Y eso es todo? ¿No tiene nada más que decirme?

Wainwright dijo:

– Creo que eso es todo.

Estaban ahora en el camino y él mantuvo el coche a una velocidad media, apartándose a la derecha para dejar pasar a otros coches. Al lado opuesto del camino tres hileras de luces corrieron hacia ellos, pasaron en una confusión. Pronto él iba a doblar por la rampa de salida para regresar por el mismo camino. Entretanto Juanita seguía sentada a su lado en silencio, con los ojos fijos al frente.

Él se preguntó qué estaría pensando ella y cuál iba a ser su respuesta. Esperaba que dijera que sí. Como en otras ocasiones, aquella muchacha pequeña, con aire de elfo, le pareció provocativa y sensualmente atractiva. La enemistad de ella formaba parte de su atracción; y también su olor… la presencia de un cuerpo femenino en el pequeño coche cerrado. Habían pasado pocas mujeres por la vida de Nolan Wainwright desde su divorcio y, en cualquier otro momento, hubiera probado suerte. Pero lo que deseaba de Juanita era demasiado importante para arriesgarse.

Estaba a punto de romper el silencio cuando Juanita lo enfrentó. Incluso en la semioscuridad él percibió que sus ojos ardían.

– ¡Usted debe estar loco, loco, loco! -dijo su voz excitada-. ¿Cree usted que soy una idiota? ¿Una boba, una tonta? ¡Dice que no habrá peligro para mí! ¡Claro que lo hay, y lo tendré que correr del todo! ¿Y por qué? ¡Para la gloria del Señor Seguridad Wainwright y de su banco!

– Espere…

Ella no prestó atención a la interrupción, y siguió furiosa, con una rabia que brotaba como lava:

– ¿Me cree tan fácil de convencer? ¿Se cree que porque estoy sola o soy portorriqueña puede permitirse todo lo que quiera? ¡A usted no le importa a quién usa, ni como lo usa! Lléveme a casa. ¿Qué clase de pendejada es ésta?

– ¡Basta! -dijo Wainwright; la reacción lo había sorprendido-. ¿Qué es una pendejada?

– ¡Una imbecilidad! Es una pendejada que usted juegue la vida de un hombre por unas egoístas tarjetas de crédito. Y es una pendejada que Miles haya consentido en hacerlo…

– Vino a verme pidiendo ayuda. Yo no fui a buscarlo.

– ¿Y llama a eso ayuda?

– Se le pagará por lo que haga. También lo necesita. Y fue él quien sugirió que la buscáramos a usted.

– ¿Entonces por qué no me pide él mismo la cosa? ¿Acaso no tiene lengua? ¿O está avergonzado y escondido debajo de sus faldas?

– Bueno, bueno -protestó Wainwright-. Comprendo. La llevaré a casa -una rampa de salida estaba cerca; él marchó hacia allí, cruzó un sendero y volvió a encaminarse hacia la ciudad.

Juanita siguió quieta, enfurecida.

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