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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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– Shelly sí, por lo visto. Y ahora ha muerto.

– Shelly no es una asesina. Una puta y una cabrona con el temperamento de una cobra. Pero nunca ha hecho daño a nadie, que yo sepa.

– De todos modos, nos gustaría hablar con ella. Tengo entendido que es una habitual del club. Si ahora no está, tal vez pueda decirnos dónde podemos encontrarla. Supongo que no le gustará que nos quedemos hasta que ella llegue.

Lash miró a Nkata.

– ¿Siempre habla así?

– Es de nacimiento.

– Mierda. Se da de hostias con tu estilo.

– Lo soporto -dijo Nkata-. ¿Puedes echarnos una mano, Dew?

– Lash.

– Lash. Perdona.

– Puedo -dijo Lash-. Por los viejos tiempos y todo eso. Pero yo no te lo he dicho. ¿Captas?

– Capto -dijo Nkata, y sacó su pulcra libreta de piel.

Lash sonrió.

– Hostia santa. Qué fino, ¿no?

– No lo andes pregonando, ¿vale?

– Mierda. Demonio de la Muerte, un poli.

Lanzó una risita. Shelly Platt trabajaba en los alrededores de la estación de Earl's Court, dijo, pero a esas horas del día no la encontrarían allí. Hacía el turno de noche, y por lo tanto, la localizarían en su alojamiento. Les dio la dirección.

Le dieron las gracias y salieron del club. Una vez en el pasillo de paredes negras, vieron que habían abierto una sección del corredor. Lo que semejaba un fragmento de yeso pintado de un negro funerario estaba ahora plegado a un lado, y en su lugar había una tiendecita con un mostrador que abarcaba todo su ancho. Tras él se alzaba una mujer de aspecto tétrico y cabello púrpura, peinada en un estilo que recordaba a la novia de Frankenstein. Sus labios y párpados estaban resaltados en negro. Tornillos y aros surgían de su cara y orejas como una visita fatal de la escrófula.

– No estáis en vuestro ambiente, tíos -dijo con una sonrisa burlona cuando Lynley y Nkata pasaron a su lado-. Pero si os decidís, tal vez pueda conseguir que no os vayáis con las manos vacías.

Lynley observó los productos que ofrecía la tienda. Había de todo, desde juguetes hasta vídeos pornográficos. El mostrador consistía en una vitrina adornada con una artística disposición de tarros que contenían Shaft: el lubricante personal, así como objetos de cuero y metal de diversas formas y tamaños, sobre los cuales Lynley no se atrevió a especular. Pero cuando estaba a punto de seguir, su mirada cayó sobre uno de los objetos y paró en seco. Se acuclilló delante de la vitrina.

– Inspector -dijo Nkata, en el tono sufriente de un adolescente cuyo padre acaba de cometer una indiscreción imperdonable.

– Espera un momento, Winnie -dijo Lynley-. ¿Me puede decir qué es esto, por favor? -preguntó a la mujer de pelo púrpura.

Señaló el objeto y ella sacó un cilindro de cromo. Era idéntico al encontrado entre los objetos sacados del coche de Nicola Maiden.

– Esto -dijo la mujer con orgullo- está importado de París. Bonito, ¿verdad?

– Encantador -contestó Lynley-. ¿Qué es?

– Un tensapelotas.

– ¿Un qué?

La mujer sonrió. Cogió del suelo un muñeco hinchable de tamaño natural, con todas las características anatómicas reproducidas, y lo irguió.

– Mantenlo levantado, ¿quieres? -dijo a Nkata-. Suele estar de espaldas, pero en caso necesario y para una demostración… Eh. Agárralo por el culo. No va a morderte, cielo.

– No se lo diré a tu mamá -susurró Lynley a Nkata-. Todos tus secretos están a salvo conmigo.

– Muy gracioso -contestó Nkata-. Nunca le he tocado el culo a un tío. Ni de plástico ni de nada.

– Ah. La primera vez siempre es la más emocionante, ¿verdad? -sonrió Lynley-. Haz el favor de ayudar a la señora.

Nkata se encogió pero obedeció, con las manos sobre las nalgas del muñeco, al que dieron la vuelta y colocaron a horcajadas sobre el mostrador.

– Muy bien -dijo la dependienta-. Fijaos.

Cogió el tensapelotas y desenroscó los dos tornillos que tenía en cada extremo. Eso permitió abrirlo por el gozne para sujetarlo alrededor del escroto del muñeco hinchable, con los testículos colgando debajo. Luego cogió los tornillos y volvió a enroscarlos, mientras explicaba que el ama los enroscaba hasta el punto que el esclavo deseaba, y aumentaba la presión sobre el escroto hasta que el esclavo pedía clemencia o pronunciaba una palabra acordada para que cesara la tortura.

– También puedes colgarle pesos -dijo en tono afable, mientras indicaba las anillas que pendían de los tornillos-. Depende de tus gustos y de lo que te cueste alcanzar el orgasmo. La mayoría de los tíos desean que también les peguen. Pero los tíos sois así, ¿verdad? ¿Te envuelvo uno?

Lynley reprimió una sonrisa al pensar en la idea de ofrecer a Helen semejante recuerdo de sus actividades del día.

– Tal vez en otra ocasión.

– Bien, ya sabes dónde encontrarnos -dijo la mujer.

Cuando salieron a la calle, Nkata exhaló un suspiro de alivio.

– Jamás pensé que vería algo así. Ese sitio me ha puesto los pelos de punta, tío.

– ¿Demonio de la Muerte? ¿Quién iba a pensar que alguien capaz de enzarzarse en una pelea a cuchillo con el señor Lash se desmayaría al ver una tortura sin importancia?

Nkata apretó los labios. Luego, sonrió.

– Si me llama Demonio en público, tío, le retiro la palabra.

– Comprendo. Vámonos.

Era ridículo volver al Yard, decidió Barbara Havers después de comprar su almuerzo en un puesto que vendía pan pita relleno al final de Walker's Court. Al fin y al cabo, Cork Street estaba muy cerca. De hecho, embutida al noroeste de la Real Academia, Cork Street se encontraba a un tiro de piedra del aparcamiento donde había depositado su Mini antes de partir en busca del 31-32 de Soho Square. Como iba a pagar una hora entera de aparcamiento, tanto si la aprovechaba al completo como si no, se le antojó más económico dejarse caer por Cork Street aprovechando que estaba en la zona, en lugar de volver al final del día, después de desperdiciar unas horas más ante el ordenador.

Sacó la tarjeta que había encontrado en el piso de Terry Cole y confirmó el nombre de la galería. «Bowers», rezaba, con una dirección de Cork Street. Y «Neil Sitwell» debajo. Había llegado el momento de averiguar qué había deseado o esperado Terry Cole cuando cogió la tarjeta.

Recorrió a buen paso Old Compton Street, se internó por Brewer Street y sorteó a las multitudes que aprovechaban el sábado para ir de compras, el tráfico que subía desde Piccadilly Circus y los turistas que buscaban el Café Royal de Regent Street. Localizó Bowers sin la menor dificultad, debido a que un enorme camión aparcado delante bloqueaba el tráfico y suscitaba la ira de un taxista que gritaba imprecaciones a dos hombres que estaban descargando una caja sobre la acera.

Barbara entró en lo que no parecía una galería (como había supuesto a partir de la tarjeta, la dirección impresa en la tarjeta y las aspiraciones artísticas de Terry Cole), sino una casa de subastas muy parecida a Christie's. Por lo visto, se estaba preparando una subasta, y los objetos que se iban a ofrecer estaban siendo descargados del camión mal aparcado. Eran cuadros de marco dorado muy trabajado, y estaban por todas partes: apilados en cajas, apoyados contra mostradores, colgados de las paredes y diseminados por el suelo. Empleados con monos azules deambulaban entre ellos, y provistos de tablillas con sujetapapeles iban tomando notas que parecían relegar cada pieza a zonas señaladas con las palabras «marco dañado», «restauración» y «apto».

Detrás del mostrador, carteles que pregonaban pasadas y futuras subastas estaban clavados a un tablón de anuncios acristalado. Además de cuadros, la casa había vendido al mejor postor desde granjas en Irlanda hasta plata, joyas y objets d'art.

Bowers era mucho más amplio de lo que parecía desde la calle, donde dos escaparates y una puerta sugerían la entrada a un establecimiento más humilde. Dentro, daba la impresión de que cada puerta permitía el acceso a otra, hasta desembocar en Old Bond Street. Barbara vagó en busca de alguien que pudiera encaminarla hasta Neil Sitwell.

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