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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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– Pero todo lo que dices son rumores y sombras. Se puede decir de cualquier compañía. ¿Qué hay de serio en esto?

– Nada. Por instinto aconsejo «vender». A veces me guío por instinto. Esta vez, por ejemplo… -Lewis D'Orsey dejó la punta de su cigarro en un cenicero y su vaso vacío-. ¿Quieres que volvamos junto a las señoras?

– Sí -dijo Alex, siguiendo a Lewis. Pero su mente seguía en la Supranational.

4

– No imaginaba -dijo Nolan Wainwright-, que tuviera usted el valor de venir aquí.

– Yo tampoco creía tenerlo -la voz de Miles Eastin traicionaba su nerviosismo-. Pensé venir ayer, después me di cuenta de que no podía. Hoy he pasado fuera una media hora, haciendo acopio de ánimo para entrar.

– Usted dirá que es ánimo, yo lo llamo atrevimiento. Y ahora que está aquí, ¿qué quiere?

Los dos hombres estaban de pie frente a frente en el despacho privado de Nolan Wainwright. Formaban un contraste agudo: el severo, negro y hermoso vicepresidente de Seguridad del banco, y Miles Eastin, el expresidiario, consumido, pálido, inseguro, muy lejos del brillante y afable ayudante de contador que había trabajado hacía once meses en el FMA.

Lo que les rodeaba era espartano comparado con otros departamentos del banco. Las paredes estaban sencillamente pintadas y había muebles de metal gris, incluido el escritorio de Wainwright. En el suelo había una alfombra, pero era delgada y económica. El banco gastaba dinero y arte en las zonas productivas. Y la Seguridad no se contaba entre éstas.

– Bueno -repitió Wainwright-, ¿qué desea?

– He venido a ver si usted podía ayudarme.

– ¿Y por qué voy a hacerlo?

El joven vaciló antes de contestar, luego dijo, siempre nervioso:

– Sé que usted me engañó en aquella primera confesión. La noche en que me detuvieron. Mi abogado dijo que la cosa era ilegal, que nunca hubiera podido presentarse ante el tribunal. Usted lo sabía. Pero usted me hizo creer que era una confesión legal y, por eso, firmé la segunda para el FBI, sin saber que había una diferencia…

Los ojos de Wainwright se entrecerraron, desconfiados.

– Antes de contestarle quiero saber una cosa: ¿lleva usted alguna grabadora?

– No.

– ¿Por qué voy a creerle?

Miles se encogió de hombros, y levantó las manos sobre la cabeza como había aprendido a hacerlo para los cacheos forzosos de la cárcel.

Por un momento pareció que Wainwright iba a negarse a examinarlo; después, rápida y profesionalmente tanteó al hombre. Miles bajó los brazos.

– Soy un viejo zorro -dijo Wainwright-. Los tipos como usted creen que pueden avivarse y cogernos, para iniciar un juicio contra nosotros. ¿Así que se ha convertido en un experto legal?

– No. Lo único que sé es lo de la confesión.

– Bien, usted ha sacado el asunto a relucir y yo hablaré ahora. Claro que sabía que legalmente no tenía valor. Claro que le engañé. Y algo más: en las mismas circunstancias, volvería a hacerlo. Usted era culpable, ¿no? Estaba a punto de mandar a la cárcel a Juanita Núñez. ¿De qué sirve demorarse en detalles?

– Yo sólo pensé…

– Ya sé lo que pensó. Pensó que iba a presentarse aquí, que la conciencia me iba a sangrar, y que yo iba a ser fácil de usar para cualquier plan que ahora tenga. Bueno, no es así y no le sirvo.

Miles Eastin murmuró:

– No tengo planes. Lamento haber venido.

– ¿Qué quiere?

Hubo una pausa en la que ambos se miraron. Después Miles dijo:

– Trabajo.

– ¿Aquí? ¡Usted debe estar loco!

– ¿Por qué? Sería el empleado más honesto que nunca haya tenido el banco.

– Hasta que alguien le presione para que robe de nuevo.

– ¡No volverá a pasar! -Por un segundo algo del antiguo espíritu de Miles Eastin subió a la superficie.- ¿No puede usted creer… nadie puede creer, que he aprendido algo? He aprendido lo que pasa cuando se roba. He aprendido a no volver a hacer jamás eso. ¿No comprende que puedo resistir cualquier tentación antes de volver a la cárcel?

Wainwright refunfuñó:

– Lo que yo crea o no crea, no tiene importancia. El banco sigue su política. Dentro de ella figura no emplear a nadie con antecedentes criminales. Aunque quisiera, no podría cambiar eso.

– Pero podría intentarlo. Hay trabajos, incluso aquí, en los que los antecedentes criminales no importan, en los que no hay manera de no ser honrado. ¿No podría conseguirme algún trabajo de ese tipo?

– No -después intervino la curiosidad-. ¿Por qué tiene tantas ganas de volver aquí?

– Porque no puedo conseguir ningún trabajo, nada, ni un puesto, ni tengo posibilidad en otra parte -la voz de Miles se quebró-. Y porque tengo hambre.

– ¿Tiene qué?

– Míster Wainwright, hace tres semanas que salí con libertad condicional. Hace más de una semana que no tengo ya ditero. Hace tres días que no como. Creo que estoy desesperado… -la voz que había vacilado se interrumpió y se quebró-. Venir aquí… verle a usted… adivinar lo que usted iba a decir… es la última…

Mientras escuchaba, algo de dureza desapareció de la cara de Wainwright. Señaló una silla del otro lado del cuarto.

– Siéntese.

Salió y dio cinco dólares a su secretaria.

– Vaya a la cafetería -dijo-, traiga dos sándwiches de lomo y media botella de leche.

Cuando regresó, Miles Austin seguía sentado, donde le había dicho, con el cuerpo agobiado y expresión tonta.

– ¿No le ha ayudado el funcionario de la libertad condicional?

Miles dijo con amargura:

– Está cargado de casos… por lo que me ha dicho… ¡ciento setenta y cinco libertades condicionales! Tiene que ver a todos una vez al mes y, ¿qué puede hacer por cada uno? No hay trabajo. Lo único que puede dar son consejos.

Por experiencia Wainwright sabía cuáles eran los consejos: no mezclarse con otros criminales que Eastin hubiera podido conocer en la cárcel; no frecuentar lugares conocidos donde iban los criminales. Hacer cualquiera de las dos cosas, y ser observado oficialmente, representaba un pronto regreso a la cárcel. Pero, en la práctica, las reglas eran tan poco realistas como arcaicas. Un preso sin medios financieros tenía los dados en contra de manera que la asociación con otros en las mismas circunstancias era con frecuencia el único medio de sobrevivir. Éste era también el motivo por el cual el promedio de reincidencia era tan elevado entre los expresidiarios.

Wainwright preguntó:

– ¿De verdad ha buscado trabajo?

– En todas partes donde se me ocurrió. Y tampoco he pedido demasiado…

Lo más cerca que Miles había estado de conseguir empleo en tres semanas de búsqueda había sido como ayudante de cocina en un repleto restaurante italiano de tercera clase. El puesto estaba vacante y el dueño, un hombre triste y castigado, había tenido ganas de cogerle. Pero cuando Miles reveló sus antecedentes carcelarios, como tenía que hacerlo, vio que el otro lanzaba una mirada a la caja registradora. Incluso en ese momento el patrón del restaurante había dudado, pero su mujer, una especie de sargento con faldas, gritó:

– ¡No! ¡No podemos arriesgarnos! -Y suplicarles no hubiera servido de nada.

En otras partes su situación de libertad condicional había eliminado las posibilidades con mayor rapidez.

– Si pudiera hacer algo por usted, lo haría.

El tono de Wainwright se había dulcificado, ya no era el que tenía al principio de la entrevista.

– Pero no puedo. Aquí no hay nada. Créame.

Miles asintió, sombrío.

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