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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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– Ah, hijo mío -dijo-. Estás aquí. ¿Tienes un minuto para tu padre en este día espléndido?

Hablaba con claridad, lo cual provocó que Julian mirara con curiosidad el vaso que sostenía. El líquido incoloro sugería ginebra o vodka, pero el vaso era lo bastante ancho para contener un cuarto de litro de bebida, y como estaba vacío en sus tres cuartas partes, y como Jeremy nunca se habría servido una cantidad tan discreta en un vaso cuyo volumen podía albergar más, y como no hablaba arrastrando las palabras, solo podía significar que el vaso no contenía ginebra ni vodka. Lo cual, a su vez, debía significar… Julian se palmeó la cabeza mentalmente. Caray, se estaba perdiendo en divagaciones.

– Claro.

Se esforzó en no mirar el vaso u oler su contenido.

De todos modos, Jeremy se dio cuenta. Sonrió, levantó el vaso y dijo:

– Agua. El viejo y querido H2O. Casi había olvidado su sabor.

Ver a su padre bebiendo agua era como ver la Ascensión a los Cielos mientras caminabas por los páramos.

– ¿Agua?

– Lo mejor que hay. ¿Te has dado cuenta, hijo mío, de que el sabor del agua extraída de nuestras tierras es mejor que el de cualquier botella? Agua embotellada, quiero decir -añadió con una sonrisa-. Evian, Perrier. Ya sabes. -Levantó el vaso y tomó un sorbo. Chasqueó los labios-. ¿Tienes un momento para tu padre? Quiero pedirte consejo.

Julian, perplejo, alarmado y asombrado por el cambio obrado en su padre, sin que nada en apariencia lo hubiera provocado, le siguió hasta el salón. Jeremy tomó asiento en su butaca acostumbrada, después de colocar otra delante. Indicó a Julian que la ocupara. Julian lo hizo, vacilante.

– No te fijaste a la hora de comer, ¿verdad?

– ¿En qué?

– En el agua. Nada más. Eso fue lo que bebí. ¿No lo viste?

– Lo siento. Tenía otras cosas en la cabeza. Pero me alegro, papá. Bien por ti. Fantástico.

Jeremy asintió, complacido consigo mismo.

– La semana pasada estuve pensando, Julie. Voy a someterme a una cura. Lo llevo pensando desde… bueno, no sé desde cuándo. Creo que ha llegado el momento.

– ¿Vas a dejar de beber? ¿De veras vas a hacerlo?

– Ya estoy harto. Vivo borracho desde hace treinta y cinco años. Quiero vivir los siguientes treinta y cinco sobrio como un juez.

Su padre ya había dicho cosas semejantes en anteriores ocasiones, pero por lo general estaba borracho o con resaca. Esta vez parecía sincero.

– ¿Vas a ir a AA? -preguntó Julian. Había grupos en Bakewell, Buxton, Matlock y Chapel-en-le-Frith. Julian había telefoneado más de una vez a cada pueblo para pedir horarios de las reuniones, que eran enviados a la mansión y luego desechados.

– De eso quiero hablar contigo -dijo Jeremy-. Será mejor que esta vez lo deje de una vez por todas. Pienso lo siguiente, Julian. -Esparció los folletos sobre las rodillas de Julian-. Son clínicas de curación -explicó-. Ingresas durante un mes, dos o tres si es necesario, y sigues el tratamiento. Dieta sana, ejercicio sano, sesiones con el psiquiatra. Todo el lote. Por ahí se empieza. Desintoxicación. En cuanto has superado las fases preliminares, vas a AA. Echa un vistazo, hijo mío. Dime lo que opinas.

Julian no tuvo que mirarlos para saber lo que pensaba. Las clínicas eran privadas. Eran caras. No había dinero para pagarlas, a menos que dejara su trabajo en Broughton Manor, vendiera los perros y consiguiera un buen empleo. Si enviaba a su padre a la clínica, significaría el fin de su sueño de resucitar la propiedad.

Jeremy le miraba esperanzado.

– Sé que esta vez podría lograrlo, hijo mío. Lo siento aquí dentro. Ya sabes cómo es. Lo haré, con una ayudita. Venceré al diablo en su propio terreno.

– ¿Crees que AA no es suficiente para ayudarte? -dijo Julian-. Porque comprenderás, papá, que para enviarte a un lugar así… Preguntaré a nuestra aseguradora, por supuesto, pero no creo que paguen… Tenemos suscrita la póliza más barata, ya sabes. A menos que quieras… -No quería hacerlo, y la culpabilidad de su reticencia era como una llaga en su alma, pero se obligó a decirlo. Al fin y al cabo, se trataba de su padre-. Podría dejar de trabajar en la propiedad y buscarme otro trabajo.

Jeremy se apresuró a recuperar los folletos.

– No quiero que lo hagas. Joder, Julie. No lo quiero. Quiero que Broughton Manor recupere su gloria tanto como tú. No te apartaré de tu misión, hijo. Ya me las arreglaré.

– Pero si crees que necesitas una clínica…

– Sí, pero si no hay dinero, no hay dinero, y punto. Tal vez otro día… -Jeremy embutió los folletos en el bolsillo de la chaqueta. Dirigió una mirada triste a la chimenea-. Dinero -murmuró-. Siempre el problema del dinero.

La puerta del salón se abrió y Samantha entró.

Como si le tocara decir su frase.

18

– Lo siento, queridos, solo socios -fue el recibimiento dispensado a Lynley y Nkata en el atril que se alzaba al final de la escalera de Wandsworth. Conducía a una oscura cavidad que parecía la entrada a The Stocks, [9] y estaba custodiada, a primera hora de la tarde, por una matrona que hacía punto. Aparte de su curioso atavío, que consistía en un vestido tubo de cuero negro con la cremallera plateada bajada hasta la cintura, la cual dejaba al descubierto unos pechos colgantes de una desagradable textura que recordaba a piel de pollo, podría haber sido la abuela de cualquiera, y probablemente lo era. Tenía el pelo gris, que parecía recién ondulado para el servicio religioso del domingo, y llevaba unas gafas de media luna apoyadas en el extremo de la nariz. Miró a los detectives de arriba abajo, y añadió-: A menos que queráis inscribiros. ¿Es eso? Tened, echad un vistazo.

Tendió a cada uno un folleto.

The Stocks, leyó Lynley, era un club privado para adultos exigentes propensos a los placeres de la dominación. Por una modesta cuota anual se les ofrecía acceso a un mundo en que sus fantasías más secretas podían convertirse en sus realidades más excitantes. En una atmósfera de comida ligera, bebida y música, rodeados de otros entusiastas, podían experimentar, presenciar o participar en el cumplimiento de los sueños más oscuros de la humanidad. Sus identidades y profesiones serían escrupulosamente protegidas por una administración de absoluta discreción, al tiempo que todos sus deseos serían satisfechos por un personal complaciente y servicial. The Stocks estaba abierto desde mediodía hasta las cuatro de la mañana, de lunes a sábados, festivos incluidos. Los domingos estaban dedicados al culto.

¿Al culto de qué?, se preguntó Lynley. Pero no dijo nada. Guardó el folleto en el bolsillo de la chaqueta y sonrió con afabilidad.

– Gracias -dijo-. Procuraré no olvidarlo. -Sacó sus credenciales-. Policía. Nos gustaría hablar con su barman.

La matrona no era exactamente Cerbero, pero conocía su cometido.

– Éste es un club privado solo para socios, señor -dijo-. No es un burdel, ni mucho menos. Nadie entra sin haberme enseñado su tarjeta de socio, y cuando alguien quiere inscribirse, ha de traer el documento de identidad con la fecha de nacimiento. Solo concedemos la calidad de socios a adultos conscientes de sus actos, y antes de contratar a nuestros empleados comprobamos que carezcan de antecedentes policiales.

Cuando tomó aliento, Lynley habló.

– Señora, si quisiéramos cerrar…

– No pueden. Como ya he dicho, esto es un club privado. Tenemos un abogado de Liberty, de modo que conocemos nuestros derechos.

Lynley hizo acopio de paciencia y contestó.

– Me alegro mucho. Considero que el ciudadano medio está muy desinformado. Pero como usted no se encuentra en esa posición, sabrá que si quisiéramos cerrar el local o intentarlo, no nos presentaríamos en la entrada con nuestras identificaciones. Mi colega y yo somos del Departamento de Investigación Criminal, no de la policía secreta.

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[9] En inglés, «cepo», y de ahí uno de los principales artilugios utilizados en el establecimiento. (N. del T.)

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