La Cabaña Del Tío Tom
- Автор: Stowe Harriet Beecher
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
– St. Clare es un hombre singular -se quejó Marie a la señorita Ophelia-. Solía pensar que si había alguna cosa que amaba sobre la tierra, era a la pequeña Eva; pero parece que la está olvidando con gran facilidad. No consigo hacerle hablar de ella nunca. ¡Realmente creía que tendría más sentimientos!
– La procesión va por dentro, como suelen decir -dijo la señorita Ophelia, hablando como un oráculo.
– Pues yo no me creo esas cosas; sólo son patrañas. Si las personas tienen sentimientos, lo demuestran, no pueden evitarlo; pero es una gran desgracia tener sentimientos. Preferiría ser como St. Clare. ¡Cómo me agobian mis sentimientos!
– Pero, ama, el señorito St. Clare se está quedando en los huesos. Dicen que no prueba bocado dijo Mammy-. Yo sé que no se olvida de la señorita Eva. ¡Nadie podría olvidar a la queridísima y bendita niña! -añadió, secándose los ojos.
– Pues, en todo caso, no me tiene ninguna consideración a mí -dijo Marie-; no me ha dicho ni una palabra de conmiseración y debe de saber que una madre siente muchísimo más que un hombre.
– El corazón conoce su propia amargura -dijo la señorita Ophelia muy seria.
– Es exactamente lo que yo pienso. Yo sé lo que siento y nadie más parece saberlo. Eva lo sabía, pero ¡se ha ido! -y Marie se recostó en el diván y comenzó a llorar desconsoladamente.
Marie era uno de esos desafortunados mortales a cuyos ojos lo que se ha perdido adquiere un valor que nunca tuvo mientras lo poseía. Sólo observaba lo que poseía para encontrarle fallos, pero una vez lo perdía, no había límite al aprecio que le merecía.
Mientras tenía lugar esta conversación en el salón, se celebraba otra en la biblioteca de St. Clare.
Tom, que siempre seguía inquieto a su amo a todas partes, lo había visto entrar en la biblioteca unas horas antes y, tras esperar en vano que volviera a salir, decidió entrar con un pretexto. Entró silenciosamente. St. Clare estaba tumbado en el sofá en el otro extremo de la habitación. Yacía boca abajo con la Biblia de Eva abierta ante él a poca distancia. Tom se acercó y se quedó junto al sofá. Mientras vacilaba, St. Clare se incorporó de pronto. El honrado semblante, tan lleno de dolor y con una expresión tan suplicante de cariño y compasión calaron hondo en su amo. Puso la mano sobre la de Tom y apoyó en ella la cabeza.
– ¡Ay, Tom, muchacho, el mundo entero está tan vacío como una cáscara de huevo!
– Lo sé, amo, lo sé -dijo Tom-; pero, ¡ay, si el amo pudiera ver allá arriba, donde está la señorita Eva, donde está el Señor Jesús!
– Ay, Tom, yo miro, pero el problema es que no veo nada. ¡Ojalá pudiera!
Tom suspiró pesadamente.
– Parece ser un don de los niños y de los tipos pobres y honrados como tú ver lo que no vemos los demás -dijo St. Clare-. ¿Por qué es así?
– Te has ocultado a los sabios y a los prudentes y te has mostrado a los infantes -murmuró Tom-, es así, Padre, porque a tus ojos parecía bueno.
– Tom, no creo, no consigo creer… tengo la costumbre de dudar -dijo St. Clare-. Quiero creer en esta Biblia y no puedo.
– Querido amo, rece al buen Señor. «Señor, yo creo; remedia mi descreimiento.»
– ¿Quién sabe nada sobre nada? -dijo St. Clare para sí con los ojos vagando soñadores-. Todo ese amor y esa fe hermosa ¿eran sólo una de las fases siempre cambiantes del sentimiento humano, sin ninguna base real, que desaparecen al menor soplido? ¿No hay más Eva…? ¿No hay cielo…? ¿No hay Cristo…? ¿No hay nada?
– ¡Ay, querido amo, sí hay, lo sé! -dijo Tom, arrodillándose-. ¡Por favor, por favor, amo, créaselo!
– ¿Cómo sabes que existe Jesucristo, Tom? Tú nunca has visto al Señor.
– Lo he sentido en el alma, amo, cuando me separaron de mi vieja y mis hijos. Estaba casi destrozado del todo. Sentía que no quedaba nada. Y entonces, el buen Señor se puso a mi lado y me dijo: «No tengas miedo, Tom» y trajo luz y alegría a mi alma, y paz; y me siento tan feliz y amo a todo el mundo y estoy dispuesto a pertenecer solamente al Señor y hacer su voluntad y ponerme donde Él quiera. Sé que eso no nace de mí, pues soy un pobre hombre quejumbroso; sale del Señor, y sé que Él está dispuesto a hacer lo mismo por el amo.
Tom habló con una voz ahogada por las lágrimas, que caían a chorro. St. Clare apoyó la cabeza en su hombro y le retorció la negra mano callosa y fiel.
– Tom, tú me quieres -dijo.
– Estaría dispuesto a dar mi vida hoy mismo con tal que el amo se hiciese cristiano.
– ¡Pobre tonto! -dijo St. Clare, incorporándose a medias-. No merezco el amor de un corazón bondadoso y honrado como el tuyo.
Ay, amo, no soy el único que le quiere; el santísimo Señor Jesús le quiere también.
– ¿Cómo sabes eso, Tom? preguntó St. Clare.
– Lo siento dentro del alma. ¡Oh, amo!, «el amor de Cristo que supera el conocimiento».
– Es curioso -dijo St. Clare, dándose la vuelta- que la historia de un hombre que vivió y murió hace mil ochocientos años pueda aún afectar a la gente de esta manera. Pero no era un hombre -añadió de pronto-. ¡Ningún hombre ha tenido tanto poder viviente durante tanto tiempo! ¡Ojalá pudiera creer lo que me enseñaba mi madre, y rezar como cuando era niño!
– Si el amo quiere -dijo Tom-, la señorita Eva leía esto tan maravillosamente, me gustaría que me hiciera el favor de leerlo. No leo casi nada ahora que se ha ido la señorita Eva.
Era el capítulo once de Juan, la historia conmovedora de la resurrección de Lázaro. St. Clare lo leyó en voz alta, deteniéndose a menudo para luchar con los sentimientos que despertaba el patetismo del relato. Tom estaba arrodillado delante de él con las manos unidas y una expresión absorta de cariño, confianza y adoración en su pacífico rostro.
– ¡Tom -dijo su amo-, todo esto es real para ti!
– Casi puedo verlo, amo -dijo Tom.
– Quisiera tener tus ojos, Tom.
– ¡Ojalá los tuviera el amo!
– Pero, Tom, tú sabes que sé mucho más que tú; ¿y si te digo que no creo en esta Biblia?
– ¡Ay, amo! -dijo Tom, alzando las manos en un gesto disculpador.
– ¿No haría tambalear tu fe, Tom?
– Ni un ápice -dijo Tom.
– ¡Pero, Tom, tú sabes que yo sé más que tú!
– Oh, amo, ¿no acaba usted de leer cómo El se oculta a los sabios y los prudentes mientras que se revela a los infantes? Pero el amo no hablaba en seno, ¿verdad? preguntó Tom ansiosamente.
– No, Tom. No es que no crea. Pienso que hay motivos para creer, pero no lo consigo. Es una costumbre molesta que he adquirido, Tom.
– Pero si el amo quisiera rezar…
– ¡.Cómo sabes que no lo hago, Tom?
– ¿Lo hace?
– Lo haría, Tom, si hubiera alguien allí cuando rezo; pero es como hablar con la nada. Pero reza tú, Tom, y enséñame cómo.
El corazón de Tom estaba repleto; lo vació rezando, como si fuera agua que se ha retenido durante mucho tiempo. Una cosa estaba bastante clara: Tom sí creía que había alguien escuchando, fuera verdad o no. De hecho, St. Clare se sintió transportado por la marea de su fe y sus sentimientos casi a las puertas del cielo que parecía ver con tanta claridad. Parecía acercarle más a Eva.