Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Классическая проза » La Cabaña Del Tío Tom
La Cabaña Del Tío Tom - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La Cabaña Del Tío Tom

Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:

De la autora abolicionista estadounidense Harriet Beecher Stowe, La Cabaña del tío Tom es una novela cuyo tema central es la esclavitud. Fue publicada en 1852, y causó gran polémica por la división de posturas que existían en el país en vísperas de la Guerra Civil. Fue la novela más vendida en el siglo XIX.
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
1 ... 87 88 89 90 91 92 93 94 95 ... 132
Перейти на страницу:

Un día, cuando la señorita Ophelia mandó llamar a Topsy, acudió guardando algo apresuradamente en su seno.

– ¿Qué haces, sinvergüenza? Has robado algo, estoy segura -dijo la imperiosa Rosa, que había ido a buscarla, cogiéndole rudamente del brazo.

– ¡Márchate, señorita Rosa! -dijo Topsy, librándose-; no es asunto tuyo.

– ¡No me contestes! -dijo Rosa-. Te he visto ocultar algo; conozco tus tretas -y Rosa le agarró del brazo e intentó meter la mano en su corpiño, mientras Topsy, enfurecida, pataleaba y luchaba valientemente por lo que consideraba eran sus derechos. El estruendo y la confusión de la batalla atrajeron a la señorita Ophelia y a St. Clare al lugar.

– ¡Ha robado! -dijo Rosa.

– ¡No es cierto! -vociferó Topsy, sollozando con pasión.

– ¡Dame eso, sea lo que sea! -dijo la señorita Ophelia con decisión.

Topsy vaciló; pero, a la segunda orden, sacó del corpiño un pequeño paquete envuelto en el pie de una vieja media. La señorita Ophelia lo abrió. Era un libro pequeño que Eva había regalado a Topsy, que contenía un solo versículo de las Sagradas Escrituras para cada día del año, y, envuelto en un papel, el rizo que le había entregado el día inolvidable en el que se había despedido para siempre.

A St. Clare le afectó mucho verlo; el libro estaba envuelto en una larga tira de crespón negro, arrancada del crespón de luto del funeral.

– ¿Por qué has envuelto el libro con esto? -preguntó St. Clare, levantando el crespón.

– Porque… porque… porque era de la señorita Eva. ¡Ay, no me los quiten, por favor! dijo y, cayéndose sentada en el suelo, se cubrió la cabeza con el delantal y rompió a llorar con vehemencia.

Era una extraña mezcla de patetismo y ridículo: la media vieja, el crespón negro, el libro de texto, el rubio y suave rizo y la absoluta congoja de Topsy.

St. Clare sonrió; pero tenía lágrimas en los ojos cuando dijo:

– Vamos, vamos, no llores; te los puedes quedar-y, juntando las cosas, las echó en su regazo y llevó a la señorita al salón con él.

– Realmente creo que podrás conseguir algo en esta empresa dijo, señalando con el pulgar por encima del hombro-. Cualquier persona capaz de sentir verdadera pena es capaz de hacer el bien. Debes intentar hacer algo con ella.

– La niña ha mejorado mucho -dijo la señorita Ophelia-. Tengo grandes esperanzas para ella; pero, Augustine -dijo, apoyando la mano en su brazo-, quiero preguntarte una cosa: ¿de quién será esta niña, tuya o mía?

– Pero si yo te la di a ti -dijo Augustine.

– Pero no legalmente; quiero que sea mía según la ley -dijo la señorita Ophelia.

– ¡Vaya, prima! -dijo Augustine-. ¿Qué pensará la Sociedad Abolicionista? ¡Tendrán que pasar un día de ayuno por este resbalón, si tú te conviertes en dueña de una esclava!

– ¡Tonterías! Quiero que sea mía, para poder tener el derecho de llevarla a los estados libres y concederle la libertad, para que no se pierda todo lo que intento hacer por ella.

– ¡Ay, prima, ¡qué forma de «hacer el mal para conseguir el bien»! No puedo consentirlo.

– No quiero que bromees, sino que razones -dijo la señorita Ophelia-. Es inútil intentar convertir a esta niña en cristiana si no la salvo de todos los riesgos y escollos de la esclavitud; y si estás realmente dispuesto a que me la quede, quiero que me hagas una escritura de donación u otro documento legal.

– Bueno -dijo St. Clare-, lo haré -y se sentó y desdobló un periódico para leerlo.

– Pero quiero que lo hagas ahora -dijo la señorita Ophelia.

– ¿Qué prisa tienes?

– Porque no hay ningún momento como el presente para hacer las cosas -dijo la señorita Ophelia-. Vamos. Aquí tienes papel, pluma y tinta; escribe el documento.

St. Clare, como la mayoría de los hombres de su clase y mentalidad, odiaba cordialmente el tiempo presente de las acciones, por regla general; por lo tanto, se sintió bastante molesto por la franqueza de la señorita Ophelia.

– ¿Por qué? ¿Qué pasa? -preguntó-. ¿No crees en mi palabra? ¡Se diría que te han dado lecciones los judíos por tu forma de atacar a un hombre!

– Quiero asegurarme de ello -dijo la señorita Ophelia-. Tú puedes morirte, o arruinarte, y a Topsy la llevarían a subasta a pesar de todos mis esfuerzos.

– Eres realmente bastante prudente. Bien, ya que estoy en las manos de una yanqui, no tengo otra opción que consentir y St. Clare redactó rápidamente una escritura de donación, que, puesto que era muy ducho en cuestiones jurídicas, pudo hacer sin dificultad, y la firmó con irregulares mayúsculas, rematándola con una enorme rúbrica.

– Ahí lo tienes por escrito, señorita Vermont -dijo al entregársela.

– Buen chico -dijo la señorita Ophelia sonriendo-. ¿Pero no hace falta un testigo?

– ¡Maldita sea, es verdad! Ven -dijo, abriendo la puerta del cuarto de Marie-. Marie, la prima quiere un autógrafo tuyo; escribe tu nombre aquí.

– ¿Qué es esto? -preguntó Marie, escudriñando el documento-. ¡Ridículo! Creía que la prima era demasiado beata para unas cosas tan horrendas -añadió al escribir displicente su nombre-; pero si se ha encaprichado de este artículo, se lo concedo encantada.

– Ahí tienes, ya es tuya, en cuerpo y alma dijo St. Clare, dándole el papel.

– No es más mía ahora que antes -dijo la señorita Ophelia-. Sólo Dios tiene derecho a dármela; pero ahora puedo protegerla.

– Pues entonces es tuya por una ficción de la ley -dijo St. Clare, volviendo al salón, donde se sentó con su periódico.

La señorita Ophelia, que pocas veces se sentaba en compañía de Marie, lo siguió al salón, después de guardar cuidadosamente el documento.

– Augustine -dijo de pronto, mientras hacía calceta-, ¿has tomado alguna medida para asegurar el porvenir de tus criados en caso de que murieses?

– No -dijo St. Clare, y siguió leyendo.

– Entonces toda tu indulgencia con ellos puede resultar de una gran crueldad en el futuro.

St. Clare había pensado lo mismo muchas veces, pero dijo con apatía:

– Pienso tomar medidas más adelante.

– ¿Cuándo? -preguntó la señorita Ophelia.

– Oh, pues, un día de éstos.

– ¿Y si te mueres antes?

– ¿Qué pasa, prima? -dijo St. Clare, dejando el periódico y mirándola-. ¿Es que crees que tengo síntomas de fiebre amarilla o cólera, que pones tanto empeño en hacer las disposiciones post mortem?

– «En medio de la vida tenemos la muerte» -dijo la señorita Ophelia.

St. Clare se levantó, soltó descuidadamente el periódico y se acercó a la puerta abierta que daba al porche para dar fin a una conversación que no era de su agrado. Repitió mecánicamente la última palabra: «¡muerte!» y, mientras se apoyaba en la barandilla y contemplaba subir y bajar el agua reluciente de la fuente, repitió de nuevo esa palabra: «¡MUERTE!».

– Es raro que exista tal palabra -dijo- y tal realidad, y que la podamos olvidar; que se pueda estar vivo, caliente y hermoso, lleno de esperanzas, deseos y apetencias un día y haber desaparecido totalmente al día siguiente, ¡y para siempre!

1 ... 87 88 89 90 91 92 93 94 95 ... 132
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)