La Cabaña Del Tío Tom
- Автор: Stowe Harriet Beecher
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
– ¡Ay, señorita Eva, ya lo intento! -dijo Topsy muy seria-, pero ¡Señor, es tan difícil ser buena! ¡Desde luego yo no estoy acostumbrada a serlo!
– Jesús lo sabe, Topsy; Él se apiada de ti y te ayudará.
Topsy, con los ojos ocultos por el delantal, fue conducida en silencio fuera de la habitación; al salir, guardó el apreciado rizo en su seno.
Después de marcharse todos, cerró la puerta la señorita Ophelia. Esta estimable señora también se había enjugado muchas lágrimas durante la escena; pero su preocupación por las consecuencias de tanta emoción en su joven protegida era su sentimiento predominante.
St. Clare había estado sentado todo el rato en la misma postura, con la mano ocultando los ojos. Después de marcharse todos, se quedó igual.
– ¡Papá! -dijo Eva, colocando su mano suavemente sobre la de él.
Él se sobresaltó y se estremeció; pero no respondió. -¡Querido papá! -dijo Eva.
– ¡No puedo! -dijo St. Clare levantándose-. ¡No puedo soportarlo!¡El Todopoderoso me ha tratado con mucha crueldad! y St. Clare pronunció estas palabras con cruel énfasis.
– Augustine, ¿Dios no tiene derecho a hacer lo que quiera con los suyos? -preguntó la señorita Ophelia.
– Quizás, pero no por eso es más fácil de soportar -dijo él con un acento seco, duro e implacable.
– ¡Papá, me rompes el corazón! -dijo Eva, incorporándose para lanzarse a sus brazos-; ¡no debes sentirte así! y la niña lloró y sollozó con una violencia que alarmó a todos, consiguiendo cambiar el rumbo de los pensamientos de su padre.
– ¡Vamos, Eva, querida, calla, calla! Me he equivocado; he sido malo. Sentiré lo que tú quieras, haré lo que tú quieras, pero no te angusties así, no llores así. Me resignaré; he hecho mal hablando como lo he hecho.
Pronto Eva se quedó como una paloma fatigada en brazos de su padre y él se inclinaba hacia ella y la tranquilizaba con todas las palabras afectuosas que se le ocurrían.
Marie se levantó y se precipitó fuera de la habitación en dirección a la suya propia, donde se abandonó a un violento ataque de histeria.
– No me has dado un rizo, Eva -dijo su padre con una sonrisa triste.
– Son todos tuyos, papá -dijo ella sonriente-, tuyos y de mamá; y debes dar a la tía todos los que quiera. Sólo se los he dado a nuestros pobres criados yo misma porque puede que nadie se acuerde de hacerlo cuando me haya ido y porque espero que les ayude a recordar… Tú eres cristiano, ¿verdad, papá? -preguntó Eva titubeante.
– ¿Por qué me lo preguntas?
– No lo sé. Eres tan bueno que no creo que tengas más remedio que serlo.
– ¿Qué significa ser cristiano, Eva?
– Querer a Cristo sobre todas las cosas -dijo Eva.
– ¿Y tú lo haces, Eva?
– Desde luego que sí.
– Nunca lo has visto -dijo St. Clare.
– Eso no importa -dijo Eva-. Creo en Él y dentro de unos días lo veré y su joven rostro se iluminó con ferviente euforia.
St. Clare no dijo nada más. Era un sentimiento que ya había visto en su madre; pero no hacía vibrar ninguna cuerda dentro de él.
Después de esto, Eva empeoró muy deprisa; yo no había duda sobre el desenlace; la esperanza más sublime no podía negarlo. Su hermoso cuarto se convirtió en una enfermería manifiesta y la señorita Ophelia cumplía las obligaciones de una enfermera día y noche; sus amigos nunca habían apreciado tanto su valía como en esta faceta. Con una mano y un ojo tan bien entrenados, con tan perfecta eficiencia y práctica en todos los artes que pudieran aumentar el orden y el confort y mantener oculto todo signo desagradable de la enfermedad, con un sentido perfecto de la oportunidad, una cabeza tan despejada y clara, una exactitud total para recordar cada receta e indicación del médico, ella lo era todo. Los que se encogían de hombros por sus pequeñas idiosincrasias y manías, tan diferentes de la laxitud despreocupada de los sureños, reconocieron ahora que era la persona idónea para ese momento.
El tío Tom pasaba mucho tiempo en el cuarto de Eva. La niña padecía una inquietud nerviosa y le aliviaba mucho que la llevaran en brazos; para Tom, su mayor placer era llevar su frágil cuerpecillo sobre una almohada en sus brazos, a veces paseando por su habitación y a veces por el porche; y cuando soplaban las frescas brisas del lago y ella se sentía con más fuerzas por la mañana, a veces paseaba con ella entre los naranjos de la huerta o se sentaba con ella en alguno de sus antiguos bancos para cantarle sus viejos himnos preferidos.
Muchas veces su padre hacía lo mismo; pero era de constitución más delicada y, cuando se cansaba, Eva solía decirle: -¡Oh, papá, deja que me lleve Tom! ¡El pobre! A él le gusta y sabes que es lo único que puede hacer ahora y quiere hacer algo.
– ¡Yo también, Eva! -dijo su padre.
– Pero papá, tú lo puedes hacer todo y lo eres todo para mí. Me lees, te quedas levantado conmigo por las noches; y Tom sólo tiene esto y sus cantos; y también sé que es más fácil para él que para ti. ¡Me lleva con tanta fuerza!
Tom no era el único que sentía el deseo de hacer algo. Cada sirviente de la casa compartía el mismo sentimiento y, a su manera, hacía lo que podía.
El corazón de la pobre Mammy suspiraba por estar con su adorada niña, pero no encontraba ocasión para ello, noche o día, porque Marie declaró que su estado mental era tal que le era imposible descansar y, por supuesto, iba contra sus principios dejar descansar a los demás. Despertaba a Mammy veinte veces durante la noche para que le frotara los pies, refrescara la cabeza, buscara su pañuelo, fuera a ver qué era el ruido del cuarto de Eva, a bajar una cortina porque había demasiada luz o a levantarla porque había poca; y, durante el día, cuando hubiera querido ayudar a cuidar a su favorita, Marie demostraba un ingenio fuera de lo común para mantenerla ocupada en otros lugares de la casa o cerca de ella misma, por lo que lo único que conseguía eran entrevistas clandestinas y visitas fugaces.
– Considero que es mi deber cuidar especialmente de mí misma en estos momentos -decía Marie-, pues estoy muy débil y recaen sobre mí todos los cuidados de la querida niña.
– Vaya, querida -decía St. Clare-, creía que nuestra prima te relevaba de ese deber.
– Hablas como un hombre, St. Clare, como si fuera posible relevarle a una madre de cuidar de un hijo en semejante estado; pero siempre es igual, ¡nadie sabe nunca lo que padezco! ¡Yo no puedo olvidarme de las cosas, como tú!
St. Clare sonrió. Tenéis que perdonarle, porque no pudo evitarlo; St. Clare aún tenía la capacidad de sonreír. El viaje de despedida de la pequeña era tan luminoso y apacible, unas brisas tan dulces y fragantes impulsaban la barca a la orilla celestial, que era imposible darse cuenta de que se aproximaba la muerte. La niña no sufría dolores, sólo una debilidad tranquila y suave, que aumentaba diariamente casi sin que se dieran cuenta; y ella estaba tan bella, tan cariñosa, tan confiada y tan feliz que nadie podía resistirse a la influencia apaciguadora del aire de inocencia y paz que parecía envolverla. St. Clare notó cómo lo envolvía un extraño sosiego. No era esperanza: eso era imposible; no era resignación; sólo era un tranquilo descanso en el presente, que le parecía tan bello que no quería pensar en el futuro. Era como el silencio espiritual que experimentamos en los luminosos y benignos bosques en el otoño, cuando los árboles se tiñen de un rubor brillante y febril y se ven las últimas flores rezagadas junto al arroyo; y lo disfrutamos todo mucho más sabiendo que pronto desaparecerá.
El amigo que más sabía de los pensamientos y presagios de Eva era su fiel portador, Tom. A él le decía cosas que no quería que preocuparan a su padre. Con él compartía las intimaciones misteriosas que experimenta el alma cuando las cuerdas empiezan a aflojarse antes de abandonar la tierra para siempre.