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La Cabaña Del Tío Tom

Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:

De la autora abolicionista estadounidense Harriet Beecher Stowe, La Cabaña del tío Tom es una novela cuyo tema central es la esclavitud. Fue publicada en 1852, y causó gran polémica por la división de posturas que existían en el país en vísperas de la Guerra Civil. Fue la novela más vendida en el siglo XIX.
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
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– Cumplir con mi deber, espero, para con los pobres y humildes, en cuanto me entere de cuál es -dijo St. Clare-, empezando por mis propios criados, por los que aún no he hecho nada; y quizás, en algún momento futuro, puede que sea capaz de hacer algo por toda una raza; algo que salve a mi país de la vergüenza de la engañosa posición que ocupa a los ojos de todas las naciones civilizadas.

– ¿Crees que es posible que una nación los emancipe voluntariamente? -preguntó la señorita Ophelia.

– No lo sé -dijo St. Clare-. Ésta es la época de las grandes hazañas. El heroísmo y la magnanimidad brotan aquí y allá por toda la Tierra. Los aristócratas húngaros están liberando a millones de siervos, con una pérdida económica tremenda y quizás se encuentren entre nosotros unos espíritus generosos que no calculan el honor y la justicia en dólares y centavos [47].

– Lo dudo -dijo la señorita Ophelia.

– Pero supón que mañana nos ponemos a emancipar, ¿quién educaría a estos millones y les enseñaría a utilizar su libertad? Nunca harán nada importante entre nosotros. El caso es que nosotros mismos somos demasiado perezosos e inútiles para poder darles una idea de la diligencia y la energía que necesitan para ser hombres. Tendrán que irse al norte, donde el trabajo está a la orden del día, la costumbre universal; y dime también, ¿hay suficiente filantropía cristiana en vuestros estados norteños para hacerse cargo del proceso de su educación y formación? Mandáis miles de dólares a las misiones en el extranjero; pero ¿podríais soportar que enviaran a los paganos a vuestros pueblos y aldeas para dedicar vuestro tiempo y esfuerzo y dinero a educarlos según el ideal cristiano? Eso es lo que yo quisiera saber. Si los emancipamos nosotros, ¿vosotros estaréis dispuestos a educarlos? ¿Cuántas familias de tu pueblo querrían acoger a un hombre y a una mujer negros para educarlos, mantenerlos y procurar convertirlos en cristianos? ¿Cuántos comerciantes estarían dispuestos a acoger a Adolph si yo quisiera que se hiciera oficinista, o cuántos mecánicos, si yo quisiera que aprendiera un oficio? Si quisiera enviar a Rosa y a jane al colegio, ¿cuántos colegios hay en los estados del norte que las aceptarían? ¿Cuántas familias las alojarían? Y sin embargo son tan blancas de piel como muchas mujeres del norte o del sur. ¿Ves, prima? Quiero que se nos haga justicia. Estamos en una posición difícil. Somos los opresores más obvios de los negros; pero los prejuicios poco cristianos del norte son opresores casi igualmente severos.

– Bien, primo, sé que es así -dijo la señorita Ophelia--; sé que ése era mi caso hasta que vi que era mi deber superarlo, pero estoy segura de haberlo superado; y sé que hay muchísimas buenas personas en el norte a las que sólo hay que enseñar cuál es su deber para que lo cumplan. Desde luego sería un sacrificio mayor aceptar a los paganos entre nosotros que enviarles misioneros, pero creo que lo haríamos.

– Sé que tú lo harías -dilo St. Clare-. ¡Me gustaría saber qué es lo que no harías si creyeras que es tu deber!

– Bien, no soy especialmente buena -dijo la señorita Ophelia-. Otros harían lo mismo si vieran las cosas como yo las veo. Tengo la intención de llevarme a Topsy a casa cuando me vaya. Supongo que sorprenderá a nuestra gente al principio, pero creo que se les puede enseñar a pensar como yo. Además, sé que hay muchas personas en el norte que hacen exactamente lo que tú has dicho.

– Sí, pero son una minoría; y si nosotros empezáramos a emancipar en grandes números, no tardarían en protestar.

La señorita Ophelia no respondió. Hubo una pausa de varios minutos, durante la cual una expresión triste y soñadora oscureció el semblante de St. Clare.

– No sé qué es lo que me hace pensar tanto en mi madre esta noche -dijo-. Tengo una sensación extraña, como si estuviera cerca de mí. Pienso todo el rato en las cosas que solía decir. ¡Es raro que estas cosas del pasado se nos presenten con tanta nitidez a veces!

St. Clare paseó de un lado de la habitación al otro durante unos minutos más y después dijo:

– Creo que iré a pasear por la calle unos momentos, para enterarme de las novedades de esta noche.

Cogió el sombrero y salió.

Tom lo siguió por el corredor hasta el patio y le preguntó si quería que lo acompañara.

– No, muchacho -dijo St. Clare-. Estaré de vuelta dentro de una hora.

Tom se sentó en el porche. Era una hermosa noche iluminada por la luna y permaneció contemplando las subidas y bajadas del agua de la fuente y escuchando su murmullo. Tom pensaba en su casa y en que pronto sería un hombre libre y que podría volver allí cuando quisiera. Pensaba que trabajaría para comprar a su mujer y sus hijos. Sentía los músculos de sus fuertes brazos con una especie de júbilo, ya que pronto le pertenecerían a él y podría trabajar mucho para conseguir la libertad de su familia. Luego pensó en su joven amo tan noble y a continuación, como siempre que pensaba en él, rezó la oración acostumbrada que siempre le dedicaba; después, sus pensamientos pasaron a la bella Eva, a quien imaginaba rodeada de ángeles, y siguió pensando hasta que casi le pareció que su cara radiante y su cabello dorado asomaban entre las aguas de la fuente. Y con estas meditaciones se quedó dormido y soñó que la veía corretear hacia él tal como solía hacerlo, con una corona de jazmines en el pelo, las mejillas sonrosadas y los ojos relucientes de gozo; pero mientras la miraba, pareció levantarse del suelo, sus mejillas adoptaron un tinte más pálido, los ojos un brillo profundo y divino, un halo dorado se ciñó en torno a su cabeza y desapareció de su vista; y a Tom le despertaron unos fuertes golpes a la puerta y el sonido de muchas voces.

Se acercó apresurado a abrirla; con voces ahogadas y pisadas lentas llegaban varios hombres portando un cuerpo envuelto en una capa, tumbado sobre una contraventana. La luz de la farola caía de lleno sobre el rostro, y Tom soltó un grito desolado de asombro y desesperación que resonó por todas las habitaciones mientras avanzaban los hombres con su carga hacia la puerta abierta del salón, donde aún se encontraba tejiendo la señorita Ophelia.

St. Clare había entrado en una cafetería para echar una ojeada a un periódico de la tarde. Mientras lo leía, se inició una riña entre dos caballeros presentes que estaban algo bebidos. St. Clare y uno o dos hombres más hicieron un intento de separarlos, y St. Clare recibió una puñalada mortal en el costado con el cuchillo de caza que estaba intentando arrebatarle a uno de ellos.

La casa se llenó de llanto, lamentaciones, quejidos y gritos, de sirvientes mesándose los pelos, tirándose al suelo o corriendo alocados de un sitio a otro, llorando. Sólo Tom y la señorita Ophelia parecían tener algo de serenidad, ya que a Marie le había dado un fuerte ataque de histeria. Bajo las instrucciones de la señorita Ophelia, se preparó rápidamente uno de los sofás del salón y colocaron allí la figura sangrante. St. Clare se había desmayado por culpa del dolor y la pérdida de sangre; pero mientras la señorita Ophelia le atendía, volvió en sí, abrió los ojos, los miró fijamente, miró intensamente el resto de la habitación, los ojos descansando nostálgicos en cada objeto, hasta detenerse por fin en el retrato de su madre.

Llegó el médico y lo reconoció. Era evidente por la expresión de su cara que no había esperanzas, pero se puso a curarle la herida y, con la señorita Ophelia y Tom, prosiguió con entereza en esta tarea entre los lamentos, sollozos y gemidos de los afligidos criados, que se habían congregado alrededor de las puertas y las ventanas del porche.

Ahora -dijo el médico- debemos echar a todas estas criaturas; todo depende de que se mantenga en silencio.

St. Clare abrió los ojos y miró fijamente a los pobres seres apenados a los que la señorita Ophelia y el médico procuraban echar de la habitación.

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[47] Nueva referencia a la revolución húngara comentada en el CAPÍTULO XIX.

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