La Cabaña Del Tío Tom
- Автор: Stowe Harriet Beecher
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
Era una tarde cálida y dorada y, al caminar hacia el otro extremo del porche, vio a Tom muy atareado con su Biblia, señalando con el dedo cada palabra y susurrándolas para sí con un aire muy serio.
– ¿Quieres que te lea, Tom? -ofreció St. Clare, sentándose con desenfado junto a él.
– Si el amo quiere -dijo Tom, agradecido-. El amo lo hace parecer mucho más claro.
St. Clare cogió el libro, miró el lugar y comenzó a leer uno de los pasajes que Tom había señalado con unas pesadas marcas a su alrededor. Decía así:
– «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria. Serán congregadas delante de Él todas las naciones, y Él separará a los unos de los otros, como el pastor separa a las ovejas de los cabritos» -St. Clare continuó leyendo con voz animada hasta que llegó al último versículo-: «Y el Rey dirá a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno: porque tuve hambre y no me disteis de comer: tuve sed y no me disteis de beber; era forastero y no me acogisteis; estaba desnudo y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis. Entonces dirán también esto: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, o sediento, o forastero, o desnudo, o enfermo, o en la cárcel, y no te asistimos? Y Él entonces les responderá diciendo: En verdad os digo que cuando dejasteis de hacer eso con uno de estos más pequeños de mis hermanos, también conmigo dejasteis de hacerlo» [45].
A St. Clare pareció impresionarle este último pasaje, porque lo leyó dos veces, la segunda vez despacio, como si estuviera dando vueltas a las palabras en su mente.
– Tom -dijo-, estas personas a las que castiga tan duramente parecen haber hecho exactamente lo mismo que yo: vivir unas buenas vidas fáciles y respetables, no preocupándose de enterarse de cuántos hermanos pequeños tienen hambre o sed o están enfermos o en la cárcel.
Tom no contestó.
St. Clare se levantó y paseó pensativo de un extremo del porche al otro, con apariencia de haberse olvidado de todo, absorto por sus propios pensamientos; estaba tan absorto que Tom le tuvo que avisar dos veces que había sonado la campana para el té antes de captar su atención.
St. Clare estuvo ausente y pensativo durante toda la hora del té. Después del té, él, Marie y la señorita Ophelia tomaron posesión del salón casi en silencio.
Marie se colocó en un sofá bajo un sedoso mosquitero y pronto estuvo profundamente dormida. La señorita Ophelia se ocupó en silencio de su calceta. St. Clare se sentó al piano y comenzó a tocar un movimiento dulce y melancólico con el acompañamiento del viento. Parecía hallarse en profunda meditación y estar monologando consigo mismo a través de la música. Después de un rato, abrió uno de los cajones, sacó un viejo libro de música cuyas páginas estaban amarillentas por el tiempo y empezó a pasar las hojas.
– Ahí tienes -dilo a la señorita Ophelia-, éste era uno de los libros de mi madre, y ésta es su letra, ven a mirarla. Copió y arregló esto del Réquiem de Mozart.
La señorita Ophelia le obedeció.
– Era algo que cantaba ella con frecuencia -dijo St. Clare-. Es como si la estuviera oyendo ahora.
Tocó unos acordes majestuosos y empezó a cantar la magnífica pieza en latín, el Dies Irae.
A Tom, que escuchaba desde el porche exterior, la música le hizo acercarse a la misma puerta, donde permaneció muy serio. No comprendía la letra, por supuesto; pero la música y la forma de cantar parecían afectarle muchísimo, sobre todo cuando St. Clare cantaba las partes más tristes. A Tom le habría emocionado más si hubiera comprendido el significado de las hermosas palabras:
St. Clare dio a las palabras una expresión profunda y triste; parecía que se hubiera retirado el tupido velo de los años y pudiera oír la voz de su madre acompañando la suya. Tanto la voz como el instrumento parecían estar vivos y emitían con vívida compasión la melodía que el etéreo Mozart concibiera inicialmente como su propio réquiem fúnebre.
Cuando St. Clare dejó de tocar, permaneció unos momentos con la cabeza apoyada en las manos y después empezó a caminar arriba y abajo.
– ¡Qué sublime concepción la del juicio final -dijo-: subsanar los males de los siglos, solucionar todos los problemas morales con una sabiduría irrefutable! Desde luego es una imagen maravillosa.
– A nosotros nos da miedo -dijo la señorita Ophelia. A mí también debería dármelo, supongo -dijo St. Clare, deteniéndose pensativo-. Esta tarde le he leído a Tom el CAPÍTULO de san Mateo que lo describe, y me ha impresionado mucho. Habría esperado unas acusaciones de tremendos crímenes como motivo para excluir del Cielo a las personas; pero no; se les condena por no hacer el bien activamente, como si ese hecho incluyera todos los males posibles.
– Quizás -dijo la señorita Ophelia- sea imposible que una persona que no haga el bien evite hacer el mal.
– ¿Y qué -dijo St. Clare, abstraído pero con sentimiento-, qué se puede decir de aquél cuya educación y las necesidades de cuya sociedad han llamado en vano para que cumpla algún noble propósito, que ha ido a la deriva como espectador neutral de las luchas, sufrimientos y crímenes de la humanidad, cuando hubiera debido ser un trabajador?
– Yo creo -dijo la señorita Ophelia- que debe arrepentirse y empezar ahora.
– ¡Siempre tan práctica y directa al grano! -dijo St. Clare, con una sonrisa iluminándole la cara-. Nunca me dejas tiempo para hacer reflexiones generales, prima; siempre me presentas de frente el momento actual; tienes una especie de ahora eterno siempre en la mente.
– Ahora es el único momento que me interesa -dijo la señorita Ophelia.
– ¡Querida Eva, pobre niña! -dijo St. Clare- su sencilla alma se ha propuesto que yo realice una buena obra.
Era la primera vez desde la muerte de Eva que le dedicaba tantas palabras, y era evidente que reprimía fuertes sentimientos al hablar.
– Mi visión del cristianismo es tal -añadió- que no creo que ningún hombre pueda profesarlo consistentemente sin lanzar todo el peso de su ser contra este monstruoso sistema de injusticia que constituye los cimientos de toda nuestra sociedad, sacrificándose a sí mismo en la batalla, si es menester. Quiero decir que yo no podría ser cristiano de otra manera, aunque desde luego he tratado a muchas personas instruidas y cristianas que no han hecho nada por el estilo; y reconozco que la apatía de personas religiosas en este respecto, su falta de percepción de las injusticias, me han llenado de horror y han engendrado dentro de mí más escepticismo que otra cosa.
– Si sabías todo eso -dijo la señorita Ophelia- ¡por qué no lo has hecho?
– Oh, porque sólo he tenido el tipo de benevolencia que consiste en tumbarse en un sofá y maldecir a la iglesia y a los clérigos por no ser mártires y confesores. Es muy fácil ver que los demás deben ser mártires, ¿sabes?
– Pero ¿vas a actuar de forma diferente ahora? -preguntó la señorita Ophelia.
– Sólo Dios conoce el futuro -dijo St. Clare-. Soy más valiente que antes, porque lo he perdido todo, y el que no tiene nada que perder puede permitirse correr cualquier riesgo.
– ¿Y qué vas a hacer?
[45] Mateo 25, 31-32, 40-45.
[46] Piensa, O Jesús, por qué motivo soportaste la inquina de la tierra, no me pierdas, en ese tiempo nefasto. Buscándome, corrieron tus cansados pies, En la cruz tu alma saboreó la muerte, ¡que no se desperdicien tantos sufiimientos!