La Cabaña Del Tío Tom
- Автор: Stowe Harriet Beecher
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
– Mamá -dijo Eva-, quiero cortarme un poco de pelo, bastante.
– ¿Para qué?
– Mamá, quiero dar un poco a mis amigos mientras aún pueda dárselo personalmente. ¿Quieres llamar a la tía para que venga a cortármelo?
Marie elevó la voz y llamó a la señorita Ophelia, que estaba en la habitación de al lado.
La niña se apartó a medias de las almohadas cuando entró y, sacudiendo sus largos rizos dorados, dijo juguetona:
– ¡Vamos, tía, esquila la oveja!
– ¿Qué pasa? -preguntó St. Clare, que entraba en ese momento con alguna fruta que había ido a cogerle.
– Papá, sólo quiero que la tía me corte un poco el pelo; tengo demasiado y me da calor en la cabeza. Además, quiero regalarlo.
La señorita Ophelia se acercó con las tijeras.
– Ten cuidado que no le estropees el aspecto -dijo su padre-; corta por abajo, de donde no se note. Los rizos de Eva son mi orgullo.
– ¡Ay, papá! -dijo Eva con tristeza.
– Sí, y quiero que se mantengan espléndidos hasta que te lleve a la plantación de tu tío para ver al primo Henrique -dijo St. Clare con tono alegre.
– Nunca iré allí, papá; voy a un país mejor. ¡Tienes que creerme! ¿No ves, papá, que cada día estoy más débil?
– ¿Por qué te empeñas en que crea una cosa tan cruel, Eva? -preguntó su padre.
– Sólo porque es verdad, papá; si te lo crees ahora, puede que llegues a sentir sobre ello lo mismo que yo.
St. Clare apretó los labios y se quedó contemplando tristemente los largos y hermosos rizos que, según se iban cortando, eran depositados uno tras otro en su regazo. Ella los cogía, los miraba muy seria y los enroscaba en sus delgados dedos, mirando ansiosamente a su padre de cuando en cuando.
– ¡Es exactamente lo que presentía! -dijo Marie- es exactamente lo que me está minando la salud, día a día, y llevándome a la tumba, aunque nadie hace caso. Hace mucho que me he dado cuenta. St. Clare, verás dentro de poco que tengo razón.
– ¡Lo que te proporciona un gran consuelo, sin duda! -dijo St. Clare con un tono seco y amargo.
Marie se recostó en el canapé y se cubrió la cara con un pañuelo de batista.
Los claros ojos de Eva pasaron intensamente de uno al otro. Era la mirada serena y comprensiva de un alma liberada a medias de sus ligaduras terrenales; era evidente que veía, sentía y apreciaba la diferencia que había entre ambos.
Hizo un gesto para llamar a su padre. Éste se acercó y se sentó junto a ella.
– Papá, mis fuerzas flaquean día a día y sé que me tengo que marchar. Hay algunas cosas que quiero decir y hacer… que debo hacer; y tú te opones a que diga una palabra sobre el tema. Pero ha de suceder y no se puede aplazar. Por favor, ¡deja que hable ahora!
– ¡Hija mía, claro que te dejo! -dijo St. Clare, cubriéndose los ojos con una mano y cogiendo la mano de Eva con la otra.
– Pues, entonces, quiero ver a toda nuestra gente reunida. Hay algunas cosas que debo decirles.
– Bien -dijo St. Clare, con un tono de seco sufrimiento. La señorita Ophelia mandó a un mensajero y poco después se hallaban reunidos todos los criados en la habitación. Eva se recostó sobre las almohadas; el cabello le caía alrededor de la cara y las mejillas sonrosadas contrastaban dolorosamente con la blancura intensa de su cutis y las finas líneas de su cuerpo y sus facciones; fijó los grandes ojos espirituales con intensidad en cada uno de ellos.
A los sirvientes les embargó de pronto la emoción. El rostro espiritual, los largos mechones de cabello que yacían junto a ella sobre la cama, la cara oculta de su padre y los sollozos de Marie tocaron inmediatamente una fibra de la raza sensible e impresionable; y, al entrar, se miraban entre ellos y meneaban la cabeza. Había un profundo silencio, como en un funeral.
Eva se incorporó y miró larga e intensamente a cada uno. Todos estaban tristes y compungidos. Muchas de las mujeres tenían la cara hundida en el delantal.
– Os he hecho llamar, queridos amigos -dijo Eva- porque os quiero. Os quiero a todos, y tengo algo que deciros, que quiero que recordéis siempre… Voy a dejaros. Dentro de unas semanas, ya no me veréis…
Aquí un estallido de gemidos, sollozos y lamentos procedentes de todos los presentes interrumpió a la niña, ahogando completamente su débil voz. Esperó un momento y luego, hablando con un tono que frenó el llanto de todos, dijo:
– Si me queréis, no debéis interrumpirme así. Escuchad lo que digo. Quiero hablaros de vuestras almas… Me temo que muchos de vosotros sois muy descuidados. Sólo pensáis en este mundo. Quiero que recordéis que existe un mundo bello donde está jesús. Voy allí y vosotros podéis ir allí también. Es tanto para vosotros como para mí. Pero si queréis ir allí, no debéis vivir una vida ociosa, despreocupada y vacía. Debéis ser cristianos. Debéis recordar que cada uno de vosotros puede convertirse en ángel y podéis ser ángeles para siempre… Si queréis ser cristianos, Jesús os ayudará. Debéis rezarle a El, debéis leer…
La niña se detuvo, los miró con tristeza y dijo pesarosa:
– ¡Pero, ay, si no sabéis leer, pobres criaturas! -y hundió el rostro en la almohada y lloró, y su llanto era acompañado por los sollozos reprimidos de sus oyentes, que estaban arrodillados en el suelo.
– No importa -dijo, levantando la cara y sonriendo animosa a través de las lágrimas-. He rezado por vosotros y sé que Jesús os ayudará aunque no sepáis leer. Hacedlo todo lo mejor que sepáis; rezad todos los días; rogad a Él para que os ayude, haced que os lean la Biblia siempre que podáis, y creo que os veré a todos en el cielo.
– Amén -respondieron Tom y Mammy y algunos de los mayores, que pertenecían a la iglesia metodista. Los jóvenes, más inconscientes y totalmente embargados por la emoción, sollozaban con la cabeza inclinada.
– Yo sé -dijo Eva- que todos me queréis.
– ¡Sí, ay, sí, claro que la queremos, que Dios la bendiga! -contestaron involuntariamente todos.
– Sí, ya lo sé. No hay ni uno entre vosotros que no se haya portado siempre bien conmigo, y quiero daros algo que os haga pensar en mí cuando lo miréis: os voy a dar un rizo de mi cabello. Cuando lo miréis, recordad que os quería y que me he ido al cielo y que quiero veros a todos allí.
Es imposible describir la escena que tuvo lugar mientras rodearon a la niña entre lágrimas y sollozos y cogieron de su mano lo que les parecía una última muestra de su amor. Se hincaron de rodillas; sollozaron, rezaron, besaron la orilla de su vestido; y los mayores pronunciaban palabras de cariño, entremezcladas con oraciones y bendiciones, según la costumbre de su raza sensible.
Al coger cada uno su regalo, la señorita Ophelia, inquieta por el efecto de tanta emoción sobre su pequeña paciente, indicaba a cada uno que saliera de la habitación.
Finalmente, todos se habían marchado menos Tom y Mammy.
– Toma, tío Tom dijo Eva-, uno precioso para ti. Ay, estoy muy contenta, tío Tom, de pensar que te veré en el cielo, pues estoy segura de que así será; ¡y a Mammy, mi queridísima Mammy! -dijo, rodeando amorosamente a su antigua niñera con los brazos-; sé que tú también estarás allí.
– ¡Ay, señorita Eva, no podré vivir sin usted! -dijo la fiel criatura-. ¡Es como si se fuera todo de aquí a la vez! -y Mammy se abandonó a un arrebato de pena.
La señorita Ophelia empujó a Mammy y a Tom con suavidad hacia la salida, creyendo que se habían marchado ya todos; pero, al volverse, Topsy aún se encontraba allí.
– ¿De dónde has salido tú? -preguntó bruscamente.
– Ya estaba aquí -dijo Topsy, apartando las lágrimas de sus ojos-. Ay, señorita Eva, he sido una mala chica, pero ¿no me dará uno a mí también?
– Sí, pobre Topsy, por supuesto que sí. Toma… cada vez que mires eso, recuerda que te quiero y que quería que fueras una buena chica.