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La Cabaña Del Tío Tom

Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:

De la autora abolicionista estadounidense Harriet Beecher Stowe, La Cabaña del tío Tom es una novela cuyo tema central es la esclavitud. Fue publicada en 1852, y causó gran polémica por la división de posturas que existían en el país en vísperas de la Guerra Civil. Fue la novela más vendida en el siglo XIX.
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
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– Gracias, muchacho -dijo St. Clare, cuando Tom se levantó-. Me gusta escucharte, Tom, pero márchate ahora y déjame solo; en otra ocasión te hablaré más.

Tom salió de la habitación en silencio.

CAPÍTULO XXVIII

REENCUENTRO

Fueron pasando las semanas en la mansión de los St. Clare y las olas de la vida volvieron a su ritmo acostumbrado tras el hundimiento de la pequeña nave. Porque el curso duro, frío y aburrido de las realidades cotidianas sigue imperiosamente adelante haciendo caso omiso de nuestros sentimientos. Aún debemos comer, beber, dormir y despertar; aún debemos regatear, comprar, vender, preguntar y responder, en otras palabras, perseguir mil sombras aunque haya desaparecido todo nuestro interés por ellas; el frío y mecánico hábito de vivir permanece aunque hayamos perdido el incentivo vital.

Todos los incentivos y esperanzas de la vida de St. Clare se habían concentrado de manera inconsciente en torno a su hija. Por Eva dirigía su hacienda; por Eva organizaba su horario; y llevaba tanto tiempo haciendo esto y aquello por Eva -comprando, mejorando, modificando, preparando o disponiendo alguna cosa por ella-, que ahora que se había ido, parecía no tener nada que pensar y nada que hacer.

Era verdad que había otra vida, una vida que, una vez que creemos en ella, representa una figura solemne y significativa entre las cifras del tiempo que sin ella no tienen sentido, elevándolas a sistemas de valores misteriosos y desconocidos. St. Clare sabía bien esto; y, con frecuencia, en momentos de fatiga, oía la tenue voz infantil que lo llamaba desde el cielo y veía la pequeña mano que le señalaba el camino de la vida; pero pesaba sobre él un letargo doloroso que no le permitía levantarse. Tenía una de las naturalezas que conciben mejor las cuestiones religiosas desde sus propias percepciones e instintos que muchos cristianos prácticos y practicantes. El don para apreciar los matices más sutiles de las cuestiones morales y la sensibilidad para sentirlos a menudo son el atributo de aquellas personas cuya vida entera muestra una despreocupada negligencia hacia ellos. De ahí que Moore, Byron y Goethe a menudo utilicen palabras que describen con más sabiduría el verdadero sentimiento religioso que otro cuya vida es regida por él. Para tales mentalidades, la negligencia hacia la religión es una traición más terrible, un pecado más mortal.

St. Clare nunca había fingido someterse a ninguna obligación religiosa; y cierta nobleza de espíritu le hacía ver de forma instintiva el alcance tan tremendo de las exigencias del cristianismo que rehuía de antemano lo que consideraba serían los imperativos de su propia conciencia si se decidía a adoptarlas. Porque la naturaleza humana es tan inconsistente que considera que es mejor no emprender una cosa que emprenderla y fracasar.

Sin embargo, en muchos aspectos St. Clare era un hombre diferente. Leía la Biblia de su pequeña Eva seria y sinceramente; pensaba más serena y prácticamente en sus relaciones con los criados, de modo que se sintió extremadamente insatisfecho con su comportamiento pasado y actual; e hizo una cosa, poco después de su regreso a Nueva Orleáns, que fue emprender los pasos legales necesarios para la emancipación de Tom, que se completaría en cuanto se cumplieran las formalidades exigidas. Mientras tanto, se iba encariñando cada día más con Tom. No había otra cosa en el mundo entero que le recordase tanto a Eva; y se empeñaba en tenerlo siempre cerca y, a pesar de lo quisquilloso y esquivo que era en cuanto a sus sentimientos íntimos, con Tom casi pensaba en voz alta. Y esto no podría sorprender a nadie que hubiera visto la expresión de cariño y devoción con la que Tom seguía a su joven amo.

– Bien, Tom -dijo St. Clare el día después de iniciar las gestiones legales para su manumisión-, voy a convertirte en un hombre libre, así que haz tu baúl y prepárate para salir hacia Kentucky.

El súbito brillo de alegría del semblante de Tom al alzar las manos hacia el cielo y sus enfáticas palabras: «¡Bendito sea el Señor!» más bien perturbaron a St. Clare; no le gustaba que Tom estuviese tan dispuesto a dejarlo.

– No lo has pasado tan mal aquí para que des semejantes muestras de éxtasis, Tom -dijo secamente.

– ¡No, no, amo, no es eso! ¡Es ser un hombre libre! Por eso me alegro.

– Pero, Tom, ¿no crees que, en lo que a ti concierne, has estado mejor que si hubieras estado libre?

– ¡Desde luego que no, señorito St. Clare! -dijo Tom con un arranque de energía-. ¡Desde luego que no!

– Pero, Tom, no hubieras podido ganar, con tu trabajo, la ropa y la vida que yo te he proporcionado.

– Sé todo eso, señorito St. Clare; el amo ha sido demasiado bueno; pero, amo, prefiero tener ropas pobres, una casa pobre y todo pobre pero mío, que tener lo mejor y que sea de otro hombre. Lo prefiero, amo, y creo que es natural.

– Supongo que sí, Tom, y vas a dejarme como si nada dentro de un mes -añadió, algo descontento-, aunque ningún mortal podría decir nada en contra -dijo con un tono más alegre; después se levantó y se puso a pasear de un lado a otro.

– No me iré mientras el amo tenga problemas -dijo Tom-. Me quedaré con el amo todo el tiempo que quiera, si puedo serle útil.

– ¿No mientras tenga problemas, Tom? -dijo St. Clare-. ¿Y cuándo se acabarán mis problemas?

– Cuando el señorito St. Clare se haga cristiano -dijo Tom.

– ¿Y tú de verdad te vas a quedar hasta ese día? -preguntó St. Clare con media sonrisa, volviéndose desde la ventana y apoyando la mano en el hombro de Tom-. ¡Ay, Tom, muchacho tonto y sentimental! No te retendré hasta ese día. Vete a casa con tu esposa y tus hijos y dales recuerdos de mi parte.

Tengo fe en que ese día vendrá -dijo Tom, serio y con lágrimas en los ojos-; el Señor tiene una misión para el amo.

– Conque una misión, ¿eh? -dijo St. Clare-, vamos, Tom, dame tu opinión sobre qué clase de misión es, cuéntamelo.

– Pues, incluso un pobre hombre como yo tiene una misión del Señor, y el señorito St. Clare, que tiene educación y riqueza y amigos, ¡cuántas cosas podría hacer por el Señor!

– Tom, pareces pensar que el Señor necesita que le hagan muchísimas cosas -dijo St. Clare con una sonrisa.

– Hacemos por el Señor lo que hacemos por sus criaturas -dijo Tom.

– Buena teología, Tom, mejor de lo que predica el Reverendo B., me atrevo a afirmar -dijo St. Clare.

El anuncio de una visita interrumpió su conversación en este punto.

Marie St. Clare sentía la pérdida de Eva tanto como era capaz de sentir cualquier cosa; y, como era una mujer que tenía la facultad de contagiar su infelicidad a todos los demás, sus asistentes más directos tenían aun más motivos para lamentar la muerte de su joven ama, cuyas maneras cautivadoras y amables intercesiones habían servido tantas veces de escudo entre ellos y las exigencias tiránicas y egoístas de su madre. La pobre Mammy, sobre todo, cuyo corazón, apartado de todos sus lazos domésticos naturales, había encontrado consuelo en ese hermoso ser, estaba desconsolada. Lloraba día y noche y el exceso de pena la hacía menos diestra y alerta que de costumbre en sus cuidados de su ama, lo que atraía un tormento constante de insultos sobre su cabeza indefensa.

La señorita Ophelia sentía su falta, pero su pena dio frutos en su corazón bondadoso y honrado preparándola para la vida eterna. Estaba más suave, más afectuosa y, aunque era igual de perseverante en sus obligaciones, las realizaba con un aire purificado y sereno, como alguien que saca buen provecho de lo que le dicta el corazón. Ponía más esmero en la instrucción de Topsy, enseñándole principalmente con la Biblia. Ya no rehuía el contacto con ella ni manifestaba una repugnancia mal reprimida, puesto que no la sentía. La miraba ahora a través del filtro suavizante que la mano de Eva puso ante sus ojos por primera vez, y ahora sólo la veía como una criatura inmortal que Dios le había enviado para que la guiara hasta la gloria y la virtud. Topsy no se convirtió en santa inmediatamente; pero la vida y la muerte de Eva obraron un profundo cambio en ella. Había desaparecido su tenaz indiferencia, dando lugar a la sensibilidad, la esperanza, el deseo y la búsqueda del bien, una búsqueda irregular, interrumpida y a menuda suspendida, pero luego renovada.

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