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La Cabaña Del Tío Tom

Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:

De la autora abolicionista estadounidense Harriet Beecher Stowe, La Cabaña del tío Tom es una novela cuyo tema central es la esclavitud. Fue publicada en 1852, y causó gran polémica por la división de posturas que existían en el país en vísperas de la Guerra Civil. Fue la novela más vendida en el siglo XIX.
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
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Al final, Tom no dormía en su propio cuarto sino que pasaba toda la noche en el porche exterior, preparado para levantarse en cuanto lo llamaran.

– Tío Tom, ¿por qué demonios te ha dado por dormir en cualquier lado como un perro? -preguntaba la señorita Ophelia-. Yo creía que eras una persona disciplinada, y que te gustaba dormir en la cama como un buen cristiano.

– Sí me gusta, señorita Feely -decía Tom con tono misterioso-, sí me gusta, pero ahora…

– Ahora, ¿qué?

– No debemos hablar fuerte para que no nos oiga el señorito St. Clare; pero, señorita Feely, usted sabe que alguien tiene que esperar la llegada del novio.

– ¿Qué quieres decir, Tom?

– Sabe usted lo que pone en las Sagradas Escrituras: «A medianoche hubo un gran alboroto. Mirad, se acerca el novio.» Eso es lo que yo espero ahora, noche tras noche, señorita Feely; y no puedo dormir donde no lo pueda oírlo.

– ¿Qué te hace creerlo, tío Tom?

– Es por lo que me cuenta la señorita Eva. El Señor envía su mensajero al alma. Debo estar allí, señorita Feely, porque cuando esa niña bendita entre al reino, abrirán tanto la puerta que podremos asomarnos a ver la gloria, señorita Feely.

– Tío Tom, ¿ha dicho la señorita Eva que se sentía peor que de costumbre esta noche?

– No, pero me dijo esta mañana que se acercaba; ellos se lo dicen a la niña, señorita Feely. Son los ángeles; «es el sonido de la trompeta antes del alba» -dijo Tom, citando uno de sus himnos preferidos.

Este diálogo tuvo lugar entre la señorita Ophelia y Tom una noche entre las diez y las once, cuando, después de disponer todas las cosas para la noche, ella iba a echar el cerrojo de la puerta y se encontró con Tom, que yacía junto a la puerta en el porche exterior.

No era nerviosa ni impresionable, pero los modales solemnes y sinceros de Tom le llamaron la atención. Eva había estado más contenta y alegre de lo normal aquella tarde cuando, incorporada en su cama, repasaba todas sus queridas baratijas y tesoros y designaba a qué amigos quería que se entregasen; estaba más animada y su voz más natural de lo que habían presenciado durante semanas. Después de visitarla por la noche, su padre dijo que parecía más la de antes que desde el inicio de su enfermedad; y cuando le dio el beso de buenas noches, le dijo a la señorita Ophelia:

– Prima, puede que se quede con nosotros después de todo; está mucho mejor.

Y se retiró a dormir con el corazón más ligero que en muchas semanas.

Pero a medianoche, hora extraña y mística, cuando se aclara el velo entre el frágil presente y el eterno futuro, ¡llegó el mensajero!

Se oyó en el dormitorio primero el sonido de las pisadas de alguien caminando deprisa. Era la señorita Ophelia, que había decidido velar a su pequeña paciente toda la noche y, al filo de la medianoche, observó lo que las enfermeras experimentadas suelen llamar intencionadamente «un cambio». La puerta exterior se abrió enseguida y en un momento estaba alerta Tom, que vigilaba fuera.

– ¡Ve a por el médico, Tom, sin perder un momento! -dijo la señorita Ophelia, y cruzó la habitación para llamar a la puerta de St. Clare.

– Primo -dijo-, quiero que vengas.

Estas palabras cayeron sobre su corazón como paladas de tierra sobre un ataúd. ¿Por qué? En un instante se levantó, acudió al dormitorio y se inclinó sobre Eva, que aún dormía.

¿Qué fue lo que vio que le paralizó el corazón? ¿Por qué no medió palabra entre ellos? Tú lo sabrás, que has visto la misma expresión en una cara querida, esa mirada indescriptible, desesperanzada e inconfundible que te dice que tu ser querido ya no es tuyo.

Sin embargo, en el semblante de la niña no había ninguna marca espantosa; sólo una expresión noble y casi sublime, la presencia dominante de naturalezas espirituales, los albores de la vida inmortal en el alma infantil.

Se quedaron tan inmóviles mirándola que incluso el tictac del reloj parecía demasiado fuerte. Unos momentos más tarde, regresó Tom con el médico. Éste entro, le dirigió una mirada y se quedó tan callado como los demás.

– ¿Cuándo tuvo lugar este cambio? -preguntó a la señorita Ophelia en un leve susurro.

– Al filo de la medianoche -fue la respuesta.

Marie, despertada por la llegada del médico, apareció de repente desde la habitación de al lado.

– ¡Augustine!, ¡prima! ¿Qué ocurre? -empezó bruscamente a decir.

– ¡Calla! -dijo St. Clare con voz ronca-. ¡Se muere!

Mammy oyó sus palabras y corrió a despertar a los criados. Pronto toda la casa estaba levantada; se encendieron luces, se oyeron pisadas, el porche se llenó de caras ansiosas, que miraban entre lágrimas a través de las ventanas; pero St. Clare no oía ni veía nada. Sólo veía aquella mirada en el semblante de la pequeña durmiente.

– ¡Ojalá se despierte y hable una vez más! -dijo; e inclinándose sobre ella, le dijo al oído:

– ¡Eva, cariño!

Se abrieron los grandes ojos azules; una sonrisa iluminó su rostro; intentó incorporarse para hablar.

– ¿Me conoces, Eva?

– Querido papá -dijo la niña con un último esfuerzo, rodeándole el cuello con los brazos. Un momento después, se aflojaron y cayeron, cuando St. Clare levantó la mirada, vio un espasmo de agonía mortal cruzar su rostro; ella jadeó y alzó las pequeñas manos.

– ¡Ay, Dios, esto es terrible! -dijo él, volviéndole la espalda y retorciéndole la mano a Tom, casi sin darse cuenta de lo que hacía-. ¡Ay, Tom, muchacho, esto me está matando!

Tom tenía cogida la mano de su amo entre las suyas, y, con las lágrimas cayéndole a chorro por las mejillas negras, buscó ayuda allá arriba donde solía buscarla.

– ¡Reza porque sea lo más corto posible! -dijo St. Clare-. ¡Me destroza el corazón!

– ¡Ay, Dios santo, ya ha acabado; ha acabado, querido amo! -dijo Tom-. ¡Mírela!

La niña yacía jadeante y como agotada en la cama, con los grandes ojos claros mirando fijamente hacia arriba. ¡Ay, lo que expresaban aquellos ojos, que decían tanto del cielo! La tierra y los dolores terrenales ya se habían quedado atrás, pero el misterio y el triunfante resplandor de su semblante eran tales que sofocaban incluso los sollozos de dolor. Todos se congregaron en tomo a ella conteniendo el aliento.

– Eva -dijo St. Clare con ternura.

Ella no lo oyó.

– ¡Ay, Eva, dinos qué ves! ¿Qué es? -preguntó su padre. Una sonrisa gloriosa iluminó su rostro y dijo, con voz quebrada:

– ¡Oh, amor… felicidad… paz! -y con un suspiro pasó de la muerte a la vida.

«¡Adiós, querida niña! Las brillantes puertas eternas se han cerrado a tus espaldas; no veremos más tu dulce rostro. ¡Ay de los que hemos visto tu entrada en el cielo, cuando despertemos para encontramos a solas con las nubes grises de la vida cotidiana, pues tú te has marchado para siempre!»

CAPÍTULO XXVII

«ESTO ES LO ÚLTIMO DE LA TIERRA» [44]

En el cuarto de Eva se envolvieron con paños blancos las estatuillas y los cuadros, no se oía nada más que respiración contenida y pisadas apagadas y la luz se filtraba con solemnidad a través de las ventanas parcialmente cegadas por las persianas.

La cama fue tapizada de blanco y allí, bajo la figura inclinada del ángel, yacía un pequeño cuerpo, dormido para no despertarse más.

Ahí yacía, vestida con uno de los sencillos vestidos blancos que solía llevar en vida; la luz rosácea que se irradiaba a través de las cortinas daba un tinte cálido al frío glacial de la muerte. Las pesadas pestañas se apoyaban suavemente sobre las inocentes mejillas; la cabeza estaba vuelta, como en un sueño natural, pero cada línea de su cara estaba marcada por esa elevada expresión sobrenatural, mezcla de éxtasis y serenidad, que demostraba que no era un sueño terrenal pasajero sino el largo reposo celestial que «Él da a sus amados».

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[44] Últimas palabras del político estadounidense y sexto presidente de la nación John Quincy Adams (1767-1848), pronunciadas el 21 de febrero de 1848.

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