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Noche cerrada en Bergen

Электронная книга - «Noche cerrada en Bergen». Краткое содержание книги:

Durante unas frías navidades, la psicóloga y profiler Inger Johanne Vik se encuentra, junto a su familia, involucrada en la investigación de unos desagradables crímenes. Su marido, el detective Yngvar Stubø, ha sido enviado a Bergen tras el asesinato de la obispo local, Eva Karin Lysgaard. Mientras, en Oslo, se suceden una serie de asesinatos de diversa naturaleza. A pesar de que no hay un vínculo aparente entre ellos, Inger Johanne Vik acabará descubriendo la relación existente.
La cuarta entrega de la serie de Vik/Stubø es una emocionante novela negra que aborda temas actuales. Noche cerrada en Bergen va más allá de la investigación criminal al uso al invitar a la reflexión acerca de temas políticos, religiosos y de derechos humanos. Es, además, una contundente crítica a la intolerancia.
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– Ven aquí -dijo Inger Johanne-. Ven con mamá.

Kristiane avanzó dudando.

– Me gritó -dijo trepando al sofá entre los dos-. No sabía cómo me llamaba, porque no me conocía. Sólo gritó: «Ven», y sonrió.

– Y entonces… -dijo Inger Johanne sonriendo.

– Yngvar -dijo Kristiane con seriedad-. Tú seguramente pesas… -pensó rápido-. Cerca de un doscientos treinta por ciento más que yo.

– Creo que ése es bastante precisamente mi peso -contestó él echando una mirada avergonzada a Inger Johanne-. Pero me gustaría que fuera mi propio secreto.

– Yo peso treinta y un kilos, mamá. Así que simplemente puedes calcularlo.

– Prefiero escuchar lo que pasó, mi vida.

– La señora llamó y yo subí otra vez. Tenía las manos muy cálidas. Pero yo había perdido una pantufla.

– ¿Pantufla? -dijo Yngvar, inquisitivo-. ¿Entonces no habías…?

– ¿La señora fue a buscarla? -le interrumpió Inger Johanne.

– Sí.

– Y ¿dónde estabas tú, mientras?

– Da-di-rum-ram. ¿Dónde está Sulamitt?

– Sulamitt se murió, mi vida. Eso lo sabes.

– La señora también estaba muerta. Da-di-rum-ram.

Yngvar la estrechó contra sí y apoyó su cara en la cabeza de la niña.

– Estoy tan triste por haber atropellado a Sulamitt -susurró-. Pero ya hace tanto tiempo.

– Da-di-rum-ram.

La niña había retraído las rodillas hasta el mentón y abrazaba sus piernas balanceándose despacio de un lado a otro. Se tumbaba hacia Inger Johanne, esperaba un momento, se tumbaba hacia Yngvar. Una y otra vez.

– Ahora te acompañaré hasta la cama -dijo finalmente Inger Johanne.

– Dam-di-rum-ram.

– Ven.

Se puso de pie y tomó la mano de su hija. Kristiane la siguió, animada. Yngvar estiró el brazo hacia ella, pero ella no lo vio. Se quedó sentado escuchando la charla casual y paciente de Inger Johanne y el extraño balbuceo de Kristiane.

Se le ocurrió que la certeza de que Inger Johanne había tenido razón era casi peor que el que Kristiane hubiese sido testigo de algo traumático. Vencido, se desplomó de nuevo sobre los almohadones.

Había creído en lo que Inger Johanne le decía, pero no en lo que ella creía que significaba. Cínicamente, había sido su capacidad de juicio, precisamente, lo que lo había atraído una vez. Porque la necesitaba. La había convencido para participar en una investigación de la que ella no quería formar parte, y la había forzado a relacionarse con la pesadilla de todos los padres. Niños que estaban siendo secuestrados y asesinados, y él estaba totalmente atascado. Fueron la experiencia única de Inger Johanne con el FBI y su aguda forma de observar la conducta de las personas los que resolvieron el caso y salvaron la vida de una chiquilla. Se había enamorado de Inger Johanne por muchas razones, pero cuando recordaba a veces los tiempos de la dramática búsqueda de esa criatura desaparecida, se daba cuenta de que era principalmente su capacidad para combinar intelecto e intuición, razonamiento y emoción, lo que lo había atraído hacia ella con una fuerza que no había experimentado nunca antes.

Inger Johanne era la mezcla perfecta de sensatez y sentimientos.

Pero esta vez, después de tantos años trabajosos, simplemente no la había creído.

Sentía tanta vergüenza que tuvo que cerrar los ojos.

– ¿Me crees ahora?

Su tono no era agresivo. Ni siquiera le censuraba. Por el contrario, su voz sonaba aliviada. Eso lo hizo sentirse aún más pequeño.

– Te he creído todo el tiempo -murmuró-. Sólo pensé que…

– Olvídalo -dijo Inger Johanne, y se sentó otra vez-. ¿Qué hacemos con esto?

– No sé. Simplemente no lo sé. Quizá lo mejor sea esperar. Ella habló contigo el lunes, y ahora con ambos. Probablemente deberíamos esperar a que decida por sí sola cuándo quiere decirnos algo más.

– No es seguro que lo haga.

– No. Pero ¿la expondrías a una declaración ante un juez?

Ella apoyó una mano en el muslo de Yngvar y con la otra levantó la copa de la que él bebía.

– No todavía. No si no es absoluta y totalmente necesario.

– Entonces estamos de acuerdo.

Ella sintió una ráfaga de ternura por él; una profunda gratitud porque él, sin reparos, protegería a su hija adoptiva en un caso donde era evidente que la cría podía tener información vital sobre un asesinato sin resolver.

– Gracias -dijo simplemente.

– ¿Por qué están aquí? -preguntó Yngvar tan bajo que ella casi no lo entendió.

– ¿Qué?

– ¿Por qué están aquí? -repitió él-. The 25'ers. Aquí. En Noruega.

Ella dejó que el vino rotase dentro de la copa. El ritmo de Money, money, money golpeaba desde abajo, en el suelo. Por un momento, consideró golpear en respuesta. Si Kristiane no dormía bien ahora, se enfrentarían a una larga noche en vela.

– No lo sé -dijo-. Pero es posible que estén también en otros lugares.

– No.

El tomó la copa que ella sostenía y bebió un trago.

– La Interpol no tiene ninguna información de que haya casos similares en el resto de Europa. En los Estados Unidos, en cambio, el FBI trabaja con un caso allí…

– Seis hombres homosexuales fueron asesinados, y parece que hay una especie de conexión entre todos -completó ella-. Y el caso es un rompecabezas.

Él sonrió.

– ¿Es que sabes absolutamente todo lo que sucede en ese puto país?

– Estados Unidos no es ningún puto país. Bello, bello país, los Estados Unidos.

La risa de él subió de volumen; efusiva. La atrajo hacia sí. Ella sonrió. Hacía tiempo que no lo escuchaba reír de ese modo.

– Eso puede ser puramente casual, por supuesto.

Cuando él no contestó, agregó:

– Pero yo no lo creo.

– ¿Por qué no? -preguntó Yngvar-. Si están decididos a… exportar su odio, somos tan buen lugar como cualquier otro país. Bien mirado… -Trató de sentarse más cómodamente-. Quizá seamos hasta mejores que otros países. Tenemos las leyes más liberales del mundo en lo que respecta a los derechos de los homosexuales, tenemos…

– Junto con otros -lo interrumpió ella-. Además de algunos estados en los Estados Unidos. No hay ninguna razón para que vengan aquí, de veras. Simplemente no creo que…

Yngvar estaba tan inquieto que ella se enderezó y le aflojó el cinturón.

– Te amo y no me importa cuánto peses -le dijo-. Pero es un poco cómico que te ajustes de ese modo la cintura. ¿No puedes comprarte ropa un poco más holgada, querido?

Podría haber jurado que lo vio sonrojarse.

Pero él dejó el cinturón suelto.

– Creo que están aquí con un propósito definido.

– ¿Cuál?

– ¡Si lo supiéramos! Pero ha de ser por algo.

– ¡Joder! -dijo Yngvar, y se puso de pie con pesadez.

– ¿Qué harás?

Él murmuró algo que ella no entendió y se dirigió a la puerta. Desde el primer piso, Inger Johanne escuchó Super Trouper y empezó a tararear siguiendo la música. Para expulsar aquella enervante melodía de su cabeza, tomó una pluma de la mesa y un periódico de la cesta que estaba sobre el suelo. Garabateó unas notas en el margen de la primera plana del Aftenposten. Cuando terminó, se quedó sentada pensando con tanta intensidad que no se percató de la presencia de Yngvar hasta que él se deslizó a su lado. Ahora llevaba puestos unos amplios pantalones de pijama y una enorme camiseta de fútbol americano.

– Mira -dijo golpeando la pluma contra el periódico.

– No entiendo nada de lo que dice ahí -dijo él arrugando la nariz ante la caligrafía ilegible.

– Modus -aclaró ella.

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