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Noche cerrada en Bergen

Электронная книга - «Noche cerrada en Bergen». Краткое содержание книги:

Durante unas frías navidades, la psicóloga y profiler Inger Johanne Vik se encuentra, junto a su familia, involucrada en la investigación de unos desagradables crímenes. Su marido, el detective Yngvar Stubø, ha sido enviado a Bergen tras el asesinato de la obispo local, Eva Karin Lysgaard. Mientras, en Oslo, se suceden una serie de asesinatos de diversa naturaleza. A pesar de que no hay un vínculo aparente entre ellos, Inger Johanne Vik acabará descubriendo la relación existente.
La cuarta entrega de la serie de Vik/Stubø es una emocionante novela negra que aborda temas actuales. Noche cerrada en Bergen va más allá de la investigación criminal al uso al invitar a la reflexión acerca de temas políticos, religiosos y de derechos humanos. Es, además, una contundente crítica a la intolerancia.
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– ¿Sucede algo con Kristiane? -preguntó rápido.

– No -dijo él-. Más bien… no. Se lo ha pasado muy bien. Es sólo que…

Se balanceó sobre las piernas y se inclinó hacia el otro lado de la puerta.

– Hace mucho frío -dijo Inger Johanne-. Entra. ¡Quédate ahí, Jack! ¡Quédate ahí!

Tanto el perro como Isak obedecieron. Él se colocó de espaldas a la pared. Inger Johanne se sentó en la escalera, delante de él.

– ¿Qué sucede? -preguntó ella en voz baja-. Dilo ya.

– Creo que…

Se interrumpió otra vez.

– ¡Dilo ya! -susurró Inger Johanne.

– Tuve la rara sensación de que alguien me vigilaba. Quiero decir… que alguien vigilaba…

Parecía un muchachito, ahí de pie. La chaqueta le colgaba suelta y no lograba estarse quieto. La mirada erró un poco hasta que finalmente encontró la de ella. Inger Johanne sólo esperaba a qué él comenzase a escarbar con el pie.

– Espera, no te puedes ir así -dijo con calma, y se puso de pie.

Él sacó otra vez las manos de los bolsillos y las golpeó, desvalido.

– Pero no puedo explicarlo bien -dijo débilmente-. Es como si…

– Te quedas -dijo ella-, dejó entrar a Jack y echó la llave a la puerta. -Sacudió el picaporte para verificar que la cerradura estaba echada-. Hablarás con Yngvar.

– Inger Johanne -dijo él tomándola del brazo-, ¿quieres decir que estoy en lo cierto? ¿Sabes de alguien que…?

– No quiere decir nada más que lo que te he dicho -dijo ella sin soltarse-. Le contarás esto a Yngvar, porque a mí no va a creerme.

La soltó. Ella se dio la vuelta y subió las escaleras delante de Isak.

«Tampoco le di la oportunidad», pensó ella, y decidió tratar de llamarlo por séptima vez en tres horas.

Probablemente estaba furioso.

Por su parte, ella estaba tan asustada que le costaba caminar erguida.

El hombre en el oscuro coche de alquiler no había tenido problemas con el mapa. En el fondo se trataba solamente de seguir el mismo camino todo el tiempo, desde Oslo hasta Malmö, para luego mantenerse a la derecha por el estrecho, hacia Dinamarca.

A pesar de que en aquel país oscurecía impíamente temprano, y pese a que la nieve había caído sin parar desde poco después de Navidad, pudo mantener la velocidad sin problemas. No muy rápido, por supuesto; o tres dos kilómetros por encima del límite era lo menos sospechoso. El tráfico había estado saturado a la salida de Oslo, aún a las tres, pero en cuanto hubo conducido unos veinte kilómetros por la E6, se hizo más fluido. El mapa mostraba que, en principio, él seguía la costa, por lo que supuso que las tardes de los viernes, durante la mitad estival del año, esa ruta debía de ser un caos de tráfico. Claramente el mar no era tan tentador bajo el viento y con ocho grados bajo cero.

Se acercaba a Svinesund. Faltaban diez minutos para las cinco.

Su intención era conducir hasta Copenhague y entregar allí el coche en las oficinas de Avis en Kampmannsgade. Luego caminaría unas calles antes de pedirle a un taxista que lo llevara a un lugar razonable para dormir, en las afueras. De todos modos iba demasiado retrasado como para alcanzar el último vuelo a Londres. Había abandonado las ropas oscuras. Le había llevado más de dos horas cortarlas en tiras, que luego dividió en pequeños montoncitos que metió en los bolsillos de la llamativa cazadora roja. Parecía más gordo, lo que le convenía. En el plazo de casi una hora se había desembarazado de un retazo aquí y otro allá, en los contenedores públicos de basura que encontró en su recorrido por Oslo.

La partida había llegado abruptamente.

No hablaba mucho noruego, no más de lo necesario como para enviar simples mensajes de texto. De todos modos, una mirada durante la mañana al escaparate del pequeño mostrador de la entrada le había hecho comprender que las cosas apremiaban. No es que hiciese nada precipitadamente, pero las instrucciones eran claras.

A buen seguro los otros ya estaban también saliendo del país. Él no sabía cómo, pero como un mero pasatiempo durante las noches diseñaba rutas alternativas. Sólo en su cabeza, por supuesto. No había un solo pedazo de papel en Noruega con su caligrafía, a no ser por las firmas distorsionadas en los recibos de su tarjeta Visa, que era de por sí legítima, pero que estaba extendida a un nombre falso. El frío noruego había sido una bendición. Procuraba firmar cuando tenía el abrigo puesto, de manera que no pareciera extraño que llevara puestos los estrechos guantes de piel de jabalí.

Los que debían estar en Bergen (aunque tal vez fuera sólo uno) tenían, por ejemplo, que conducir hasta Stavanger, en su opinión, para tomar desde allí un avión hasta Ámsterdam. Pero especular sobre los viajes de regreso de los otros no era asunto suyo, como tampoco lo era saber quiénes eran los demás.

Había actuado solo, pero sabía que no lo estaba.

Aprendió a dejar huellas falsas y a ocultar las propias. Se mantenía alejado de las cámaras de vigilancia en la medida que le era posible. Cuando en alguna ocasión poco común debía moverse dentro de una zona vigilada, procuraba alterar su modo de andar, abultar un poco los labios, agrandar las fosas nasales. Y mirar hacia abajo.

Además tenía una bienaventurada apariencia común.

Frente a él estaba el puente de Svinesund. Aquí no había barreras, no había controles. Es cierto que había una estación de peaje al otro lado del camino, donde una grúa se estaba llevando un coche, pero a él nadie le pidió la documentación. Cuando en mitad del alto puente cruzó la línea imaginaria que separa Noruega de Suecia, sonrió.

Escandinavos ingenuos. Estúpidos e ingenuos europeos. Le habían asignado aquella tarea porque entre otras cosas había asistido a un curso de idiomas escandinavos en la academia militar, pero nunca había estado allí. Y no tenía ganas de repetir.

Siguió conduciendo durante casi un cuarto de hora. Salió de la ruta en una desviación suave. El camino era estrecho y poco transitado, y no pasó mucho antes de que apareciera un pequeño sendero sobre la derecha. Despacio, dejó que el automóvil avanzara cien metros por entre los troncos de los abetos antes de detenerlo y apagar el motor. A pesar del espeso bosque, la nieve era bastante profunda, y sólo una huella de tractor reciente le había permitido entrar conduciendo por el pequeño sendero.

Salió.

Hacía frío, pero casi no había viento.

Aspiró el aire puro y limpio, y sonrió. Cuando levantó la vista, pudo ver las estrellas y un pedazo de la luna decreciente entre dos copas de árbol que ondeaban suavemente.

Cerró los ojos y apoyó los antebrazos sobre el techo del coche antes de descansar la cabeza sobre las manos entrelazadas.

– Dear Lord -murmuró-. Thank You for all Your blessings.

La calidez conocida le subió por el cuerpo, como una embriaguez, y susurró una plegaria:

– Gracias por haberme dado fuerzas para cumplir tu encargo, dulce Señor. Gracias por haberme dado energía y voluntad para satisfacer tus órdenes. Gracias por dejarme ser un instrumento en la lucha contra la oscuridad de Satán. Gracias por haberme dado entendimiento para separar lo bueno de lo malo, lo positivo de lo pérfido, lo verdadero de lo falso. Gracias porque me castigas como merezco y me recompensas cuando lo merezco. Gracias por… -Dudó un momento. Apretó las manos entrelazadas todavía con más fuerza y cerró de nuevo los ojos apasionadamente-. Gracias porque pude evitar lastimar a esa niña preciosa, ese ángel puro de inocencia. Gracias, oh, Señor, porque me has hecho sentir otra vez la cercanía de Jesús. Porque todo es tuyo, y la pureza es la meta. Amén.

Levantó despacio el rostro hacia el cielo. El poder que lo atravesaba le produjo escalofríos, era casi como si se hiciese etéreo. Un pájaro voló desde una rama nevada que se extendía hacia dentro del sendero emitiendo un graznido desagradable al desaparecer con rumbo al cielo negro. El hombre enderezó la espalda, aspiró el olor del frío y los abetos y extrajo un pequeño trébol rojo de metal esmaltado. Se enfundó las manos en un par de guantes que había encontrado en la estación de Nationaltheatret y frotó bien la insignia antes de tomar impulso y arrojarla entre los árboles. Cuando se sentó de nuevo en el coche, se sentía feliz.

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