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Noche cerrada en Bergen

Электронная книга - «Noche cerrada en Bergen». Краткое содержание книги:

Durante unas frías navidades, la psicóloga y profiler Inger Johanne Vik se encuentra, junto a su familia, involucrada en la investigación de unos desagradables crímenes. Su marido, el detective Yngvar Stubø, ha sido enviado a Bergen tras el asesinato de la obispo local, Eva Karin Lysgaard. Mientras, en Oslo, se suceden una serie de asesinatos de diversa naturaleza. A pesar de que no hay un vínculo aparente entre ellos, Inger Johanne Vik acabará descubriendo la relación existente.
La cuarta entrega de la serie de Vik/Stubø es una emocionante novela negra que aborda temas actuales. Noche cerrada en Bergen va más allá de la investigación criminal al uso al invitar a la reflexión acerca de temas políticos, religiosos y de derechos humanos. Es, además, una contundente crítica a la intolerancia.
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Por lo que respectaba al testamento encontrado en el armario grande de roble del archivo, no era precisamente para divertirse por lo que había hecho una copia y la había guardado en su cartera. Al contrario, su marido se puso muy serio cuando ella le refirió el caso durante la cena de ayer. El no conocía al malogrado Niclas Winter, pero había oído algo respecto del autor del testamento. Le habría gustado tanto dar una mirada al documento que durante la mañana ella hizo dos copias. Solamente una quedó guardada en el archivo del abogado Faber.

No era posible que hubiese algún peligro en que su marido echase una ojeada.

Ahora grapó la carta explicativa al testamento original y puso ambos documentos en un sobre. Le había llevado sólo dos minutos averiguar que el juzgado de sucesiones era el destino correspondiente para ese tipo de documento; de hecho, para asegurarse de que nada saliese mal, estaba por ir hasta la oficina de correos y mandarlo por correo certificado. Mejor estar sobre seguro cuando se trataba de estas cosas. Una vez, la corte mantuvo que el abogado Faber había excedido la fecha término para una apelación, a pesar de que ella estaba completamente segura de haberla remitido a tiempo.

No es que el testamento fuese tan importante como una apelación, pero la filípica que su jefe le soltó aquella vez había causado su efecto. En todo caso no podían quedar dudas de que la carta había sido enviada. Se puso el abrigo, metió el sobre en la cartera y tarareó una cancioncilla cuando cerró la puerta con llave y salió al mediodía brillante y lleno de sol.

Sensatez y sentimientos

Carpeta hallada esta mañana. La tomó prestada el maestro para niños especiales y se equivocó. Lamento las molestias Live Smith.

Inger Johanne leyó el SMS dos veces sin saber si sentir alivio o fastidio. Por un lado, era, por supuesto, bueno que hubiesen encontrado el archivo de Kristiane. De todas maneras, le asustaba que la escuela manejase datos sensibles de un modo tan relajado. En cuanto cerró la puerta de su oficina, se le ocurrió que tendría que haberse sentido muy contenta. Que la carpeta de Kristiane no se hubiese perdido amortiguaba la sensación de que alguien vigilaba a su hija.

Se metió el móvil en el bolso y se escabulló del edificio sin que la viesen. Eran sólo las dos y no lograba concentrarse en otra cosa que no fuera en hablar con Yngvar. No había dado señales de vida todavía y no respondía el teléfono cuando lo llamaba.

No podía contar las veces que lo había intentado.

La secretaria del abogado Faber decidió llamar y hacer el encargo, para estar segura. La tienda de especialidades Laksen, en Bjølsen, era el mejor lugar para conseguir hígado de ternera, y a su marido le gustaba comer un buen guiso de hígado en la cena del domingo. Debía ser ternera, porque si no sabía a rancio. Quizá la tienda todavía tuviese también bacalao en soda, pese a que ya había pasado la temporada. Así prepararía pescado el sábado y carne el domingo, pensó satisfecha. Estaba a punto de llamar por teléfono cuando éste sonó. Lo levantó rápido y dejó escapar la frase acostumbrada:

– Oficina del abogado Faber, ¿en qué puedo ayudarle?

Kristen había intentado que desterrara la formalidad del usted, que según él daba un tono arcaico a la oficina. Pero ella se mantuvo firme, no le parecía natural tutear a personas a las que no conocía.

– ¡Hola, querida!

– Hola -respondió ella de buen humor-. Estaba a punto de llamar a Laksen para encargar bacalao e hígado de ternera. Así los disfrutamos el fin de semana.

– Excelente -dijo su marido al otro extremo-. Estoy ansioso. ¿Tienes por allí al abogado Faber?

– ¿Kristen? ¿Quieres hablar con Kristen?

No se hubiese sorprendido más si él se le hubiese aparecido de repente delante. Su marido no había puesto jamás los pies en la oficina, y tampoco había visto nunca a Kristen Faber. La oficina era su dominio. Cuando la vista de su marido comenzó a debilitarse y se jubiló anticipadamente, sugirió un par de veces ir al centro para ver cómo pasaba ella los días. «Ni hablar de eso», dijo ella. La casa era la casa, la oficina era la oficina. Era cierto que ella hablaba sin tapujos sobre lo que hacía y que se divertían a costa de los documentos que de vez en cuando se permitía dejarle ver, pero no estaba dispuesta a aceptar ningún contacto entre su marido y su jefe descortés y gritón.

– ¿Para qué?

– Sí, ya sabes… Hay algo sospechoso en este testamento que trajiste ayer a casa.

– ¿Sospechoso? ¿A qué te refieres?

Se lo había leído en voz alta anoche. Su marido todavía podía leer, pero la visión en túnel hacía que le pidiese cada vez más frecuentemente que le leyera. En realidad era agradable. Le leía en voz alta los periódicos después del telediario, interrumpiendo la lectura con discusiones breves o extensas sobre los acontecimientos del día.

– Hay algo…

El abogado Faber entró como un torbellino.

– Tengo que comer algo -dijo atropelladamente-, la pausa para el almuerzo termina dentro de sólo media hora y me lie con unos documentos. Una baguette o algo así, ¿vale?

La secretaria asintió con una mano sobre el teléfono.

– Voy enseguida -dijo.

En cuanto la puerta del despacho del abogado se cerró, ella volvió a su marido.

– Es absolutamente innecesario hablar con Kristen, querido.

– Pero tengo que…

– Hablaremos de esto cuando regrese a casa, ¿te parece? Tengo que irme. Hay muchísimo que hacer hoy. Hablemos por la tarde, ¿sí?

Sin esperar respuesta, colgó.

Mientras se ponía el abrigo lo más rápidamente posible, sintió un inusual ataque de mala conciencia. Probablemente no era muy correcto llevarse papeles confidenciales a casa. Nunca había pensado el asunto en serio; ella tenía acceso a todos esos documentos, y su marido era, al cabo de todos estos años, lo más próximo a una parte suya que se le podía ocurrir.

De todos modos no era completamente correcto, pensó, y cogió su cartera antes de salir rumbo a Baker Hansen. En todo caso no quería que se produjera ningún contacto entre su marido y Kristen Faber.

Bjarne se iba de la boca con mucha facilidad.

– ¿Has venido corriendo, mi vida? ¡Estás sudando!

Inger Johanne abrazó a su hija, que la rodeó con sus brazos y se negó a soltarla.

– Todo el camino desde las Galerías Tasen -dijo ella-. Y me lo he pasado muy bien en casa de papá. ¿Te pudiste arreglar bien sin mí?

– Más o menos -contestó Inger Johanne, y la besó en el cabello-. ¿Y tú?

Lo último estaba dirigido a Isak. Había dejado la bolsa de Kristiane sobre el suelo de la entrada y estaba parado con las manos en los bolsillos de la chaqueta. Parecía cansado. La sonrisa no se correspondía del todo con los ojos, y parecía que no podía decidirse entre quedarse o irse inmediatamente.

– Todo bien -dijo vacilante.

– ¿Quieres entrar un rato?

– Gracias, pero… -Sacó las manos de los bolsillos y le dio un beso a Kristiane-. ¿Puedes ir con Ragnhild, tesoro, así puedo hablar un poquito con mamá? Te quiero. Gracias.

Kristiane sonrió, tomó su bolso y subió con él la empinada escalera.

– Iré a la montaña este fin de semana -dijo Isak-. ¿Te parece bien si me llevo a Jack?

– Claro.

El perrazo amarillo estaba sentado en la escalera y ladeaba la cabeza.

– Pero ¿qué sucede? -preguntó Inger Johanne-. ¿Hay algún problema?

– No, pero… -Él tomó aliento y empezó de nuevo-. En serio que no pretendo preocuparte, pero…

Inger Johanne lo tomó de la mano. Estaba helada.

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