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Noche cerrada en Bergen

Электронная книга - «Noche cerrada en Bergen». Краткое содержание книги:

Durante unas frías navidades, la psicóloga y profiler Inger Johanne Vik se encuentra, junto a su familia, involucrada en la investigación de unos desagradables crímenes. Su marido, el detective Yngvar Stubø, ha sido enviado a Bergen tras el asesinato de la obispo local, Eva Karin Lysgaard. Mientras, en Oslo, se suceden una serie de asesinatos de diversa naturaleza. A pesar de que no hay un vínculo aparente entre ellos, Inger Johanne Vik acabará descubriendo la relación existente.
La cuarta entrega de la serie de Vik/Stubø es una emocionante novela negra que aborda temas actuales. Noche cerrada en Bergen va más allá de la investigación criminal al uso al invitar a la reflexión acerca de temas políticos, religiosos y de derechos humanos. Es, además, una contundente crítica a la intolerancia.
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– ¿Sí?

– A Sophie Eklund la mataron saboteando un automóvil. Lo que es también un intento de camuflar un asesinato.

– Sí…

– Niclas Winter fue descartado como la víctima de una sobredosis. Algo que aparentemente también era así, pero todo indica que lo que lo mató fue el curacit. En otras palabras, otro intento más de camuflar el asesinato.

– ¿Cómo se puede aplicar una inyección de curacit a un hombre adulto y relativamente saludable? -murmuró Yngvar, e intentó nuevamente entender lo que ella había escrito-. Yo me hubiese resistido de una manera infernal.

– Lo primero que se me ocurre es que se le puede engañar diciéndole que es otra cosa. Heroína, por ejemplo.

– Sí…

– O uno puede cogerlo desprevenido. El curacit surte efecto muy rápidamente. Si se aplica en la boca, donde hay muchos vasos sanguíneos, sólo pasan unos segundos hasta que surte efecto.

– ¿En la boca? Uno no puede hacer que alguien abra la boca para darle un poco de curacit, ¿no?

– Me temo que eso no lo sabremos nunca. Lo incineraron. Pero, escúchame, tesoro. Escucha ahora. El asunto es que se intentó camuflar el asesinato, tal como en el caso que mencioné antes.

Ella recogió las piernas hasta la posición de loto y mordió la pluma.

– Runar Hansen, pobre, es simplemente alguien del que nadie se ocupó mucho. El yonqui al que golpearon y que murió de sus heridas ya casi no llama la atención. Y en lo que respecta a Hawre Ghani, lo arrojaron al mar, y se volvió irreconocible. Para serte sincera, creo que su caso hubiese terminado bastante al fondo de la pila en la Central de Policía si no fuera porque Silje Sørensen sintió algo… especial por el muchacho.

– ¿Adónde vas con todo esto, Inger Johanne?

– Quisiera tener mi propio vino. ¿Te molestaría ponerme una copa?

Él se incorporó sin decir nada.

Inger Johanne miró sus notas. Seis asesinatos. Dos de ellos trataron de camuflarse, dos de ellos fueron minimizados en su importancia. Simplemente porque las víctimas estaban en lo más bajo de la escala social. Inger Johanne trazó de pronto un enérgico círculo en torno a los dos últimos nombres.

– Aquí tienes -dijo Yngvar, y le alcanzó una copa medio llena-. No es precisamente una noche común de viernes, ésta. Aparte del vino, quiero decir.

– Lo que puede casi asegurarse -contestó Inger Johanne, y tomó la copa sin levantar la vista- es que algo imprevisto sucedió cuando mataron a Marianne Kleive. Kristiane, de algún modo, sorprendió al autor. En otras palabras, no podemos saber con certeza si también este asesinato debía de camuflarse, como los otros. Un accidente. Una enfermedad. Algo. Para que la alarma no fuese inmediata, el asesino envió mensajes desde el teléfono de la víctima. Eso le dio una semana entera.

– ¿Significa eso solamente que no querían que los atraparan, que querían comprar tiempo, o que quieren…?

– Pero mira la obispo -dijo Inger Johanne, y descubrió que la hoja sobre la que había escrito tenía un retrato de Eva Karin Lysgaard en la columna derecha.

Giró noventa grados el viejo periódico y trazó un rectángulo enmarcando el pequeño retrato en la referencia de la primera página.

– Este asesinato no se intentó ocultar -dijo, más para sí.

Yngvar permaneció en silencio.

– Al contrario -continuó-. Una cuchillada en plena calle. Es cierto que tuvo lugar en el único momento en que uno puede estar bien seguro de que nadie anda fuera, pero, de todos modos… La idea fue que la encontrasen rápido. Esa era la idea del asesinato en…

Dejó de respirar durante tanto tiempo que Yngvar se preguntó si algo no iba bien.

– Por supuesto -dijo de pronto en voz alta, y lo miró-. Supongamos que mi teoría es correcta. Los otros asesinatos debían de entenderse como otra cosa, de una u otra forma. El sentido con ellos fue simplemente… -lo miró como si acabara de descubrir que él estaba allí- que debían morir -dijo asombrada-. ¡El único sentido es que debían morir! ¡La muerte es el objetivo en sí mismo!

Yngvar pensó que era bastante obvio que uno mataba para que la víctima muriese, pero permaneció en silencio.

– Son pecadores -dijo, ahora casi maravillada-. ¡Y tienen que ser castigados! Para The 25'ers no significa nada si nosotros encontramos alguna conexión o si, en todo caso, entendemos que murieron por un crimen. Lo importante es que mueran, y después que a los asesinos, los verdugos de Dios, por decirlo así, no los alcancen las leyes seculares.

– Sí -probó Yngvar con cuidado.

No se le ocurrió nada más.

– Entre estas víctimas hay sólo una que es públicamente conocida: Eva Karin Lysgaard. Es la única entre ellas que fin-asesinada de una forma que hasta llama la atención. ¿Cuál puede ser la razón, Yngvar?

Encogió las rodillas y se recostó contra él. Se le encendió el rostro. Los ojos le brillaban y tenía la boca entreabierta. Tomó una de las manos de Yngvar y la apretó con tanta fuerza que casi le dolió.

– ¿Por qué, Yngvar?

– ¿Por qué? -repitió él-. Porque…

– ¡Porque quieren que investiguemos su vida! ¡La investigación sobre el asesinato de Eva Karin Lysgaard es una investigación inducida, Yngvar! ¡La intención es que revolvamos en su vida de la misma forma que desmenuzamos las vidas de todas las víctimas de asesinatos con la esperanza de que aparezca algo!

– Con la esperanza de que aparezca algo -repitió de nuevo, en voz baja-. Espera un momento.

Inger Johanne lo siguió con los ojos mientras él cruzaba el piso hacia la entrada. Se sentía agitada y notaba pinchazos en las palmas de las manos cuando él regresó y le entregó una fotografía, antes de sentarse otra vez.

– ¿Quién es? -preguntó ella.

– No sé quién es -respondió él-. Pero es la copia de un retrato importante.

Le contó lo del refugio nocturno de Eva Karin. Lo de la fotografía, que estaba allí al día siguiente del crimen, pero que ya no estaba cuando él regresó un par de días más tarde. Cuando llegó a la aventura de Lukas bajo la lluvia de enero, comenzó a reírse. Finalmente tomó de nuevo el retrato y lo colocó sobre su rodilla.

– Lukas creyó que era su hermana desaparecida -dijo-. Pero puedes ver tanto por la calidad del retrato como por las ropas que lleva que la foto no fue tomada en los ochenta. Tampoco el peinado es de esa época.

– ¿Tú qué crees? -preguntó Inger Johanne sin quitar los ojos del retrato.

– He especulado sobre si, en lugar de ser la hermana de Lukas, pudiera ser una tía desconocida. Una falsa hermana de Eva Karin. Eso aclararía el que se parezca un poco a Lukas.

– ¿Se le parece? A mí me da que se parece a Lili Lindfors.

Yngvar sonrió ampliamente.

– No eres la única que piensa así. En todo caso no llevará mucho tiempo hasta que sepamos quién es. Tanto la Policía de Bergen como Kripos están trabajando en el caso. Si esta mujer vive todavía, sabremos quién es dentro de unos pocos días. Si no antes.

– ¿Y adónde nos conducirá eso?

– ¿Qué? ¿El que sepamos quién es?

– Sí. ¿Cómo puedes saber que ella tiene algo que ver con el caso?

– Eso no lo sé -dijo Yngvar, desconcertado-. Pero has de admitir que es extraño que Erik Lysgaard lo ocultase en cuanto tuvo la oportunidad.

– ¿Le preguntaste?

– No… Quiero mantener la ventaja que me brinda el que ni siquiera sepa que presté atención al retrato.

Abajo, la película ya estaba por Knowing me, knowing you. Finalmente alguien había bajado el volumen, pero los bajos vibraban todavía a través del suelo. Inger Johanne tomó de nuevo la fotografía.

– Un rostro muy interesante -murmuró-. Fuerte.

Él se inclinó hacia delante y tomó un puñado de patatas fritas. Hasta entonces había logrado reprimir la tentación.

– ¿Puedes quitar ese bol? -preguntó mientras masticaba las hojuelas crocantes-. Las patatas fritas son una obra del demonio.

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