Noche cerrada en Bergen
- Автор: Хольт Анне
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Noche cerrada en Bergen». Краткое содержание книги:
La cuarta entrega de la serie de Vik/Stubø es una emocionante novela negra que aborda temas actuales. Noche cerrada en Bergen va más allá de la investigación criminal al uso al invitar a la reflexión acerca de temas políticos, religiosos y de derechos humanos. Es, además, una contundente crítica a la intolerancia.
Purificado.
Hubo de retroceder los cien metros hasta el camino rural, pero no tuvo problemas. Quince minutos más tarde estaba otra vez en la E6, en dirección a Gotemburgo. Al cabo de dos días estaría de regreso en los Estados Unidos, y no habría quedado una sola huella de él en Noruega.
De eso estaba seguro.
– Ésta es la pista más segura que tenemos.
Yngvar se recostó en el sofá y sostuvo el retrato del salvador de Kristiane frente a sí.
– Pero no es poco.
Inger Johanne se acurrucó más contra su marido. Él olía a largo día de trabajo, y ella apretó la nariz contra su brazo y aspiró profundamente.
– Gracias por no estar ya tan enfadado -murmuró.
Él no respondió.
– ¿O lo estás?
Ella sonrió débilmente y levantó la vista hacia él.
– No, sólo estoy… decepcionado. Más que nada, decepcionado.
– Ahora parece que estuvieras reprendiendo a una cría.
– De alguna manera, es lo que estoy haciendo.
Ella se enderezó con brusquedad.
– ¡Desde luego, Yngvar! Ya te he dicho que lo siento. Debí haber acudido antes a ti. ¡Es solo que tú… eres siempre tan… escéptico! Pensé que pondrías en duda toda mi teoría, y…
– ¡Déjalo ya! -la interrumpió él con un movimiento impaciente de la mano-. Lo hecho, hecho está. Por lo que parece, fue una suerte que contactases con Silje Sørensen.
Ella sonrió, con la esperanza de que él le devolviese el gesto.
No sucedió. Yngvar se rascó la cabeza con ambas manos y resopló desanimado. Luego recogió otra vez el retrato del hombre calvo con ropas oscuras. Lo inspeccionó un rato largo antes de decir súbitamente:
– Sabes que tengo una buena relación con Isak. Por supuesto que puede quedarse aquí. Sin embargo, no entiendo que lo utilices como un escudo contra mí, y que lo tengas aquí sentado esperando a que yo regrese al cabo de varios días de trabajo fuera de la ciudad, cuando no nos hemos hablado desde hace más de treinta horas y tenemos, por decirlo suavemente, mucho… de qué hablar. Esto no debe suceder otra vez.
– ¡Pero no me ibas a creer! ¡Tengo esta mala sensación desde el 19 de diciembre y no me he animado a contarlo, ni a ti ni a Isak! La conversación que tuve el lunes con Kristiane, cuando entendí que ella era una testigo central, fue tan vaga, tan poco… verbal que yo… Cuando Isak me contó que él también… ¡No me hubieses creído, Yngvar!
– No es cuestión de creer o no creer, Inger Johanne. Por supuesto que no tengo problemas en creer que tú, y luego Isak, habéis tenido la sensación de que alguien observa a Kristiane. O en que tú creas que Kristiane vio algo que es significativo para el o los que mataron a Marianne Kleive. ¡Pero que tengáis esa impresión no es lo mismo que decir que eso es realmente así! Y más aún, ya que ninguno de los dos puede hablar más que de una «sensación».
Se había enderezado y dibujaba círculos con los dedos frente a las mejillas de Inger Johanne.
– La carpeta había desaparecido, y el hombre de…
– La carpeta apareció, eso lo dijiste tú misma. Hablaste de que sólo había sido un descuido.
– Pero…
– Escucha, ahora dejemos esto, ¿vale? Para estar seguros he pedido que una patrulla pase por aquí de vez en cuando durante las veinticuatro horas. Aparte de eso, es poco lo que podemos hacer. A menos que quieras que expongamos a Kristiane a un interrogatorio judicial como corresponde, con la carga que eso supondría para la niña. Olvídate. En todo caso por ahora. Please!
Su mano se cerró en torno a la copa de vino.
– No -dijo ella-. No puedo. Entiendo que te sientas ofendido. Entiendo que enseguida debí de acudir a ti con todo esto. Pera, aun así, Yngvar, se me han ocurrido algunas ideas sobre…
– No -la interrumpió él con dureza-. ¡Ahora me has de escuchar! Si de veras es cierto que Kristiane fue testigo de algo en relación con el asesinato de Marianne Kleive, ¿por qué cuernos no la mataron, sin más?
Lo último lo dijo en un tono tan alto que ambos se sobresaltaron. Se quedaron sentados reflexionando e intentando percibir alguna señal de que Kristiane se pudiese haber despertado. Todo lo que oyeron fue que el vecino estaba viendo un DVD de Mamma Mia. Por enésima vez desde Navidad, le pareció a Inger Johanne.
– Porque creen -dijo Inger Johanne-. Porque creen en Dios.
– ¿Qué?
– O en Alá.
– Porque creen. ¿Y?
Ahora parecía más interesado. O quizá confundido.
– Porque creen -dijo Inger Johanne-, por eso no matan a ciegas. Creen con una pasión que sería desconocida para el resto. Son fanáticos, profundamente creyentes. Arrebatar la vida de personas adultas que, según su opinión, son pecadores que deben ser castigados con la muerte, de acuerdo con un imperativo que proviene de Dios, es totalmente distinto a matar a una criatura inocente.
Hablaba con lentitud, como si aquello no se le hubiese ocurrido hasta entonces, y parecía estar eligiendo las palabras con gran esmero. La mirada de Yngvar ya no expresaba tanto rechazo cuando preguntó:
– Pero estas personas, estos grupos, ¿son realmente… religiosos? ¿No son sólo pervertidos que utilizan a Dios o a Alá como una especie de… pretexto?
– No -dijo Inger Johanne sacudiendo la cabeza-. Nunca desestimes el poder de la fe. Y de alguna forma mi teoría se hace más creíble si… -retrajo los pies hasta apoyarlos en el sofá y se agarró uno, como si tuviese frío-, si Kristiane, de hecho, vio algo. El que mató a Marianne Kleive posiblemente comprendió ahí y entonces que ella no es como todos los demás. Si es cierto que el hombre que salvó a Kristiane del tranvía es el asesino, en todo caso él ya sabía entonces de su… diferencia. Y si hay algo que impresiona en mi hija más que cualquier otra cosa, es precisamente…
Sus ojos casi se desbordaron de lágrimas cuando miró a Yngvar.
– El candor -completó él-. Es la encarnación de la inocencia. El propio niño ángel de Dios.
– La señora me ayudó -dijo Kristiane en voz baja desde la puerta.
Yngvar se quedó rígido. Inger Johanne volvió despacio la cabeza y la miró.
– Ajá -dijo en un susurro.
– Albertine dormía -dijo Kristiane-. Y yo quería encontrarte, mamá.
Yngvar casi no se animaba a respirar.
– Tenía que esconderme de todas las personas, porque no quería irme a dormir sin ti. Y entonces encontré, de pronto, una puerta que estaba abierta. Había una escalera. La bajé, porque quizá tú estabas ahí, y en todo caso no había nadie más. Estaba rodo en silencio allí abajo. Era el sótano, en realidad, y no era bonito. Entonces apareció la señora en la puerta de la escalera y me saludó.
Kristiane tenía un pijama nuevo. Era demasiado grande, y las mangas le ocultaban las manos. Comenzó a tironearlas.
– Ahora tengo que dormir -dijo.
– ¿Qué hiciste cuando la señora te saludó? -sonrió Inger Johanne.
– Ahora tengo que dormir. Dam-di-rum-ram.
– Ven aquí, mi niña.
Finalmente Yngvar se había vuelto hacia Kristiane y la saludaba agitando la mano suavemente.
– Soy la niña de mi papá -dijo ella-. Aparte, ya no soy ninguna niña. Soy una jovencita. Eso dice papá.
– Puedes ser mi niña y la niña de tu papá -dijo Yngvar, y rio por lo bajo-. Eso lo serás siempre. No importa cuánto crezcas. ¿No has escuchado cómo el papá de mamá llama «mi niña» a la abuela?
– Mi abuelo llama «mi niña» a todas las mujeres. De hecho, es una mala costumbre que tiene. Eso dice la abuela.