Noche cerrada en Bergen
- Автор: Хольт Анне
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Noche cerrada en Bergen». Краткое содержание книги:
La cuarta entrega de la serie de Vik/Stubø es una emocionante novela negra que aborda temas actuales. Noche cerrada en Bergen va más allá de la investigación criminal al uso al invitar a la reflexión acerca de temas políticos, religiosos y de derechos humanos. Es, además, una contundente crítica a la intolerancia.
Ahora eso tampoco era tan importante.
El asesinato de su madre estaba a punto de aclararse, y no tenía nada que ver con ninguna hermana desaparecida. Yngvar Stubø le había prometido por teléfono que le devolvería la fotografía en cuanto se hicieran copias, y que probablemente no fuera tan central para el caso como él había creído al principio. Liberarían el cuerpo y el entierro podía tener lugar en los próximos cinco días.
Eso los ayudaría a todos.
También a su padre, pensó. Era más importante para él que para ningún otro que se pusiese un punto final.
En cuanto todo esto hubiese pasado, Lukas podría buscar a su hermana, con calma y a su debido tiempo. Independientemente de lo que Astrid pensase. En todo caso, él no precisaría molestar una vez más a su padre con preguntas sobre por qué había quitado el retrato del cuarto de su madre y lo había escondido.
Todavía le dolía la garganta. El té sabía amargo y lo alejó de sí.
Su padre dormía. En todo caso, eso parecía; tenía los ojos cerrados y el pecho magro se alzaba y descendía con ritmo lánguido y acompasado.
Lukas decidió quedarse. Cerró los ojos, se echó encima la vieja manta que su madre usaba para amodorrarse y se durmió.
Largo viaje del día hacia la noche
Cuando sonó el teléfono, sintió como si alguien tratase de cogerlo. Yngvar soltó un sollozo, se dio la vuelta e intentó liberar su pierna de lo que la atrapaba. Dio una patada al aire, se tapó de nuevo con la colcha y gimió una vez más. El ruido del móvil se hizo más fuerte e Inger Johanne se cubrió la cabeza con la almohada.
– Es el tuyo -dijo somnolienta-. Responde. O apágalo.
Yngvar se incorporó con brusquedad e intentó comprender dónde estaba.
Aturdido, buscó sobre la mesita de noche. Su viejo móvil demostró finalmente estar roto, y no reconocía el tono de llamada del nuevo.
– Hola -murmuró, y vio que el reloj marcaba las 5.24.
– ¡Buenos días! ¡Soy Sigmund! ¿Estabas durmiendo? ¿Has visto el VG?
– No leo periódicos en mitad de la noche.
– ¿Sabes qué dicen?
– Obviamente, no -murmuró Yngvar-. Pero me imagino que tienes algún tipo de plan para contármelo.
– ¡Vete! -rogó Inger Johanne.
Yngvar puso los pies en el suelo y se frotó la cara con la mano para despertarse.
– Espera -dijo en voz baja metiendo los pies en un par de Crocs azul oscuro.
Inger Johanne e Yngvar habían estado despiertos hasta las tres.
Cuando finalmente dejaron descansar el caso, se habían calmado con un episodio viejo de NYPD Blue. Las series de detectives lo adormecían siempre.
Ahora estaba casi inconsciente.
Tropezó hasta el baño y el chorro de orina sonó contra la taza cuando se llevó el teléfono a la oreja y dijo:
– Ahora te escucho.
– ¿Estás meando? ¿Estás meando mientras hablamos?
– ¿Qué pasa con el VG?
– Tienen todos los putos nombres. Los de las víctimas.
Yngvar cerró los ojos en una maldición silenciosa e interna.
– No entiendo de dónde los sacan -dijo Sigmund-. ¡Pero ahora los lobos están fuera, ya sabes! ¡Hay reporteros por todas partes, Yngvar! Me llaman por teléfono y llaman a todos los otros, y…
– A mí no me han llamado.
– ¡Espera y verás!
Yngvar arrastró los pies hasta la cocina. Trató de no hacer ruido mientras llenaba el hervidor de agua.
– Entiendo que estamos en deep shit en lo que respecta a fugas de información -dijo bostezando-. Pero ¿es realmente necesario despertarme por eso un sábado a las cinco y media de la mañana?
– Eso no es por lo que te llamo. Te llamo porque…
La jarrita del hervidor estaba llena de borras. Cuando la colocó bajo el grifo para enjuagarla, el agua golpeó el vidrio con tanta energía que no pudo entender del todo lo que Sigmund le decía.
– No te he entendido bien -murmuró con el teléfono apretado entre la cara y el hombro.
Metió la cuchara en el jarro del café.
– Encontramos a la mujer del retrato -dijo Sigmund.
Fue como si el aroma del café hubiese bastado para despertarlo totalmente.
– ¿Cómo?
– La Policía de Bergen encontró a la mujer que aparece en tu fotografía. Probablemente no significa tanto como tú pensabas, pero estabas tan excitado con…
– ¿Cómo la encontraron? -interrumpió Yngvar-. ¿Y cómo tan rápido?
– ¡Uno de los empleados la reconoció, sencillamente! Tenemos bases de datos y colaboración internacional, y el diablo y su abuela, y la vieja forma de…
– ¿Quién sabe esto? -preguntó Yngvar.
– ¿Quién sabe qué?
– ¡Que la encontramos, hostia!
– Un par de tipos de la Policía de Bergen, me imagino. Y yo, claro. Y ahora tú.
– Déjalo así como está -estalló Yngvar-. Por el amor de Dios: ¡no dejes que nadie en la Central de Policía se entere! Tampoco en Kripos. ¡Llama a tu hombre en Bergen y dile que se quede callado!
– De hecho, es una mujer. Eres tan prejuicioso que yo…
– ¡Vete a la mierda! Simplemente no quiero esto en los periódicos, ¿vale?
El agua hirvió. Yngvar midió cuatro cucharillas de café, dudó y agregó una quinta. Vertió el agua caliente encima y comenzó a ir hacia el baño.
– ¿Quién es la mujer? -preguntó en voz baja.
– Se llama…
Yngvar podía oír el ruido de papeles.
– Martine Brække -dijo Sigmund-. Se llama Martine Brække y vive. En Bergen.
Yngvar se detuvo en medio de la sala. La botella de vino de la noche anterior estaba todavía casi vacía sobre la mesa. El periódico con los garabatos de Inger Johanne había caído al suelo, al lado del bol con patatas fritas, que estaba tumbado.
– ¿Qué edad tiene? -preguntó, y sintió que le aumentaba el pulso.
– No lo sé -dijo Sigmund-. ¡Sí, claro! Nacida en 1947, dice aquí. Vive en…
– Sesenta y dos años. Inger Johanne tenía razón. Puedes estar seguro de que Inger Johanne tiene razón.
– ¿Sobre qué?
– Tengo que ir a Bergen -dijo Yngvar-. ¿Vienes conmigo?
– ¿Ahora? ¿Hoy?
– Cuanto antes, mejor. Ven y me recoges, Sigmund. Ahora, en este instante. Tenemos que ir a Bergen.
Antes de que Sigmund pudiese contestar, él cortó la comunicación. Logró ducharse, vestirse y beber una taza de café fortísimo sin despertar ni a Inger Johanne ni a las niñas. Cuando casi media hora más tarde el automóvil de Sigmund bajó ruidosamente por la calle Hauges y aparcó frente a la casa, Yngvar esperaba en la puerta.
Era el sábado 17 de enero, y ahí estaba él, sin ningún equipaje.
El hombre que hacía veintinueve días había salvado a una niñita de ser arrollada por un tranvía en Stortingsgaten en Oslo, bebió agua de marca de una copa de caña alta y se preguntó si la maleta habría aparecido junto con el avión. Él había llegado con retraso. Ahora estaba sentado en el vuelo BA0117 de British Airways, en ruta desde Heathrow hacia el aeropuerto JFK en Nueva York, y era uno de los únicos tres pasajeros que viajaban en primera clase. Mientras los otros dos ya iban por la tercera copa de champán, él le dio las gracias, cortésmente, a la azafata cuando le ofreció más agua.
Disfrutaba del lugar espacioso y de la paz del sector delantero de la cabina. La cortina que lo separaba del resto de los pasajeros bloqueaba el ruido que provenía de detrás hasta convertirlo en un murmullo de baja frecuencia, que junto con el rumor de los motores le provocaba sueño.
En este último tramo hacia casa viajaba con su propio nombre. Las medidas de seguridad extremas en el tráfico aéreo norteamericano y el control de fronteras a partir de los hechos del 11-S hacían arriesgado viajar al país con papeles falsos. Como no había hecho las reservas de antemano y todo estaba vendido, salvo la primera clase, tuvo que pagar más de siete mil dólares por un billete de ida. No importaba. Ahora estaba de camino a casa. Debía ir a casa, y viajaba con su nombre reaclass="underline" Richard Anthony Forrester.