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Noche cerrada en Bergen

Электронная книга - «Noche cerrada en Bergen». Краткое содержание книги:

Durante unas frías navidades, la psicóloga y profiler Inger Johanne Vik se encuentra, junto a su familia, involucrada en la investigación de unos desagradables crímenes. Su marido, el detective Yngvar Stubø, ha sido enviado a Bergen tras el asesinato de la obispo local, Eva Karin Lysgaard. Mientras, en Oslo, se suceden una serie de asesinatos de diversa naturaleza. A pesar de que no hay un vínculo aparente entre ellos, Inger Johanne Vik acabará descubriendo la relación existente.
La cuarta entrega de la serie de Vik/Stubø es una emocionante novela negra que aborda temas actuales. Noche cerrada en Bergen va más allá de la investigación criminal al uso al invitar a la reflexión acerca de temas políticos, religiosos y de derechos humanos. Es, además, una contundente crítica a la intolerancia.
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En lugar de hacer lo que él pedía, ella se puso de pie y comenzó a recorrer el cuarto con la fotografía en la mano izquierda.

– Yngvar -dijo sin inflexión, casi como ausente-, la muerte de Eva Karin es diferente a las demás en lo que respecta al método. ¿Qué otra cosa tiene de distinto?

– ¿En qué?

– La obispo era la única persona pública entre las víctimas. La mataron de una forma más espectacular que a los demás. ¿Qué otra cosa separa este caso de los otros?

– Yo…, yo no lo sé muy bien.

– Hay razones para creer que los demás eran homosexuales. Que tenían una vinculación directa con el modo de vida homosexual, en todo caso.

Yngvar dejó de masticar. De pronto las patatas fritas fueron una desagradable y pastosa bomba de calorías en la boca. Tomó de la mesa una servilleta ya utilizada, escupió en ella la repulsiva masa amarilla y trató de envolverla. Algo de ella cayó al suelo y se inclinó, avergonzado, a recogerla.

Inger Johanne ni se dejó inmutar por aquella escena. Se había detenido frente a la ventana. Estuvo parada de espaldas a él durante un buen rato antes de volverse y dejar caer la mano que sostenía el retrato.

– Eva Karin es la única víctima heterosexual -dijo-. En todo caso, la única «aparentemente» heterosexual.

– ¿Qué quieres decir… con «aparentemente»?

– Esto -dijo Inger Johanne sosteniendo el retrato frente a él-. Ésta no es la hermana ni de Lukas ni de Eva Karin. Es la amante de la obispo.

La casa se quedó en silencio. Nadie veía más películas en el piso de abajo. El viento se había calmado. Las tablas del suelo crujieron otra vez cuando ella caminó nuevamente hasta el sofá y se sentó al lado de él con cuidado, como sin querer abandonar un razonamiento complejo.

– No es posible -dijo Yngvar finalmente-. No hemos oído ni un solo rumor. Este tipo de cosas circula, Inger Johanne. De estas cosas se habla. No es posible que…

Se apoderó del retrato, un poco más bruscamente de lo que era su intención.

– ¿Por qué se parece entonces tanto a Lukas?

– Casualidad, simplemente. Además, tú, y probablemente también Lukas, habéis observado este retrato con tanta intensidad buscando una u otra clave que hasta un parecido lejano os hubiese impresionado. Cosas así suceden. La gente se parece entre sí de vez en cuando. Tú, por ejemplo, te pareces mucho a…

– Pero ni siquiera hemos pensado en que Eva Karin llevase una doble vida, ¿cómo podrían saber esto los de The 25'ers? En caso de que tuvieses razón en esta absurda…, en caso de que de veras tuvieses razón en… -Tragó saliva y se pasó los dedos por el cabello en un gesto inseguro de capitulación-. ¡En todo caso no hay nadie que lo haya sabido! ¿Cómo saben The 25'ers… de una… amante lesbiana… -escupió las palabras, como si supieran amargas- cuando nadie más lo sabe?

– Alguien lo sabía. Una persona sí lo sabía.

– ¿Quién?

– Erik Lysgaard. El marido. Tiene que haberlo sabido. Uno no convive durante cuarenta años sin saber algo así. Deben de tener…, de haber tenido alguna especie de arreglo.

– Entonces él puede haber… contado…, si él hubiese tenido…, en caso de que él hubiese supuesto que…

Casi parecía como si aquel hombre tan grande estuviese a punto de romper a llorar. Inger Johanne seguía imperturbable.

– Él debe de habérselo contado a alguien -dijo ella-. No a The 25'ers, desde luego, pero sí a alguien que está cerca de ellos. Por eso desean que se investigue totalmente el caso, Yngvar. Quieren que descubramos el… pecado de Eva Karin. Y es justamente lo que acabamos de hacer.

Yngvar sumergió la cara en las manos. Respiraba a golpecitos cortos. Inger Johanne no había reparado nunca en que la alianza de su marido estaba tan ajustada en el anular de la mano izquierda que probablemente no le fuese posible sacársela.

– Tienes que encontrar a esta mujer -susurró ella, que se sentó tan cerca de él que sus labios le rozaron la oreja-, y luego has de hacer que Erik te confiese a quién le contó ese gran secreto.

– Lo primero será fácil -dijo él, casi ahogado detrás de las manos-. Lo segundo creo que será imposible.

– Pero debes intentarlo -insistió Inger Johanne-. En todo caso, tienes que hacer un esfuerzo para hablar con Erik Lysgaard.

El marido de la obispo estaba sentado en su sillón de costumbre y miraba sin ver hacia el salón casi oscurecido. Sólo uno pequeña lámpara al lado del televisor y una vela encendida sobre la mesita para el café arrojaban un resplandor moderado y amarillo sobre el suelo. Lukas se había sentado en el sillón de su madre. Era como si sintiese el calor de ella en la espalda; el contorno de la madre que añoraba tan intensamente como apenas podría haber imaginado que lo haría antes de que ella muriese.

– Entonces, por lo menos, sabemos la razón -dijo en voz baja-. Mamá murió porque mantuvo una posición. Murió por su generosidad, papá. Por su fe en Jesús.

Erik continuó sin contestar. Casi no había pronunciado palabra desde que su hijo había llegado, hacía tres horas, y se negó a probar la comida que Lukas le había traído. Lo único para lo que se dejó convencer fue para tomar una taza de té.

Como mínimo, había accedido a leer el periódico.

Lukas pensaba que eso era, de algún modo, un signo vital.

– ¿Por qué nadie me llamó? -dijo el padre, tan de improviso que Lukas se manchó un poco con su té-. Debiera eximírseme de leer estas cosas en los periódicos, me parece.

– Me llamaron a mí. El inspector Stubø me llamó esta mañana desde Flesland. Tenía que regresar cuanto antes a Oslo, y yo pensé que no sería una buena idea mandar a otro que no fuese él para que hablase contigo. Estás… acostumbrado a él. Yo sabía que no escuchas ni la radio ni la televisión. Tampoco respondes al teléfono, por lo que venir personalmente me pareció lo mejor. Vine en cuanto pude, papá.

Erik lo miró fijamente. Tenía la piel roja en torno a los ojos, y desde cada lado de la boca una arruga profunda y oscura le bajaba hacia el cuello. Se le había afinado la nariz, que parecía más grande. Bajo la luz vacilante de la vela, parecía un muerto en vida.

– Pareces enfermo -dijo él-. Resfriado.

– Sí. -Lukas sonrió débilmente-. No estoy en forma. Pero es bueno saber esto, papá, que existió una razón específica por la que mataron a mamá. Tenemos que estar orgullosos de que ella…

Su padre soltó un sollozo. Un ronquido, un bufido fuerte, y se pasó el dorso de la mano por encima de los ojos.

– No quiero hablar de esto -dijo en voz alta.

– Pero, papá, ahora será más fácil. Stubø piensa que éste es un adelanto concreto, y están casi seguros de que podrán solucionar el caso. Será más fácil para nosotros dos seguir viviendo una vez que sepamos lo que…

– ¿Me has oído? ¿Has oído lo que he dicho?

Su padre intentó gritar, pero la voz le falló.

– ¡No quiero hablar de esto! No ahora. Nunca.

Lukas tomó aliento para decir algo, pero cambió de opinión.

No había nada más que decir.

En algún momento, su padre llegaría a un punto de inflexión en su pena. Lukas estaba seguro de eso. Del mismo modo en que él había sentido un alivio notable cuando Stubø lo llamó en medio del proceso matinal de levantar a William; con el tiempo su padre también hallaría consuelo en que su esposa hubiese muerto por algo en lo que ella creía.

Ya no tenía sentido seguir molestándolo por la fotografía.

Cuando tarde, la noche anterior, Astrid le contó que le había entregado la foto a Yngvar Stubø, él gritó, se enfureció y lanzó juramentos. En medio del arrebato había estrellado un vaso de cristal contra el suelo. Explotó en mil pedazos, y enseguida se calmó, cuando vio la cara de espanto que su esposa tenía y comprendió su miedo a que la emprendiese contra ella.

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