Noche cerrada en Bergen
- Автор: Хольт Анне
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Noche cerrada en Bergen». Краткое содержание книги:
La cuarta entrega de la serie de Vik/Stubø es una emocionante novela negra que aborda temas actuales. Noche cerrada en Bergen va más allá de la investigación criminal al uso al invitar a la reflexión acerca de temas políticos, religiosos y de derechos humanos. Es, además, una contundente crítica a la intolerancia.
– ¡Me importa tres carajos!
Caminó hacia el baño dando pisotones. Sigmund se sentó en la silla del escritorio y encendió el aparato de televisión. Sintonizó TV2 mientras escuchaba a Yngvar trajinar tras la puerta cerrada. Salió medio minuto más tarde, agarró ropa limpia de la maleta y se vistió con una velocidad que Sigmund nunca hubiese creído posible en un tipo de semejante tamaño.
– Hay un telediario dentro de cinco minutos -dijo-. Lo veremos antes de salir.
– «Pandilla de los Estados Unidos» -dijo Yngvar con ironía mientras intentaba anudarse la corbata-. Es verdaderamente lo más idiota que he oído.
– No pandilla -corrigió Sigmund-. Grupo. Grupo de odio.
– Peor. ¿Quién mierda llegó a una conclusión tan increíblemente… estúpida?
Agarró del suelo una bolsa para ropa sucia y la metió en la maleta una vez que hubo desistido de la corbata.
– Inger Johanne -dijo Sigmund Berli, y rio con ganas-. ¡La teoría es de Inger Johanne!
– ¿Qué? ¿Qué dices?
Yngvar se abalanzó sobre el periódico que yacía semidestruido sobre la cama. Otra vez los ojos corrieron sobre las letras.
– Aquí no dice nada de ella -dijo sin levantar la vista del artículo, que estaba ilustrado con los retratos de Marianne Kleive y la obispo Lysgaard-. No mencionan para nada a Inger Johanne.
Suspiró y dejó caer el periódico al suelo.
– He hablado con una…, con Silje Sørensen -dijo Sigmund-. De la Central de Policía de Oslo. Me llamó a las seis. Había tratado sin éxito de encontrarte.
– ¿Es imbécil esta gente? ¡Vivo en un hotel, qué coño…! Esto… -Yngvar se acercó hasta el anticuado teléfono blanco con tres zancadas. Tomó el tubo del aparato en una mano y el resto en la otra y lo acercó a cinco centímetros de la cara de Sigmund-. ¡Esto es un teléfono!
– Cálmate, Yngvar. Ya…
– ¿Calmarme? ¡No quiero calmarme! Quiero saber de qué va toda esta payasada, y por qué…
– ¡Que me oigas, entonces! ¡Escucha lo que tengo que decir, en vez de dar vueltas como un orate! ¡Pronto vendrán los del hotel y nos echarán, a menos que te calmes!
Yngvar tomó aliento, asintió y se sentó pesadamente sobre la cama.
– Habla -murmuró.
Sigmund aplaudió casi sin ruido.
– Bien. No es mucho lo que sé. Silje Sørensen estaba más o menos tan indignada como tú por el hecho de que el VG se enterase del asunto y toda la Central va de cabeza tratando de ubicar la fuente. Lo que ella pudo contarme es que de veras se trota de seis asesinatos. Un artista que murió por Navidad, aparentemente a raíz de una sobredosis de heroína, parece que tenía rastros mínimos de curacit en la sangre. Tuvimos suerte. El curacit, un derivado del curare se degrada muy rápido y el tipo fue al horno temprano, y como rutinariamente se asume que se trata de una muerte sospechosa, habían congelado un poco de la sangre en el laboratorio, y el curacit…
– ¿Eh?
– Curacit. Un veneno, ¿sabes?, que afecta la respiración y…
– ¡Sé bien lo que es el curacit! Lo que me pregunto es…
– ¡Espera un segundo, Yngvar! ¡Escúchame! El tal artista también fue asesinado. Y también es…, también era homosexual. Y también hubo un gandul al que mataron en noviembre en el parque Sofienberg, y todos nosotros sabemos qué hacen en ese parque por las noches, ¿no? -Sin dejar que Yngvar le interrumpiera con una respuesta, Sigmund continuó-: Y había una mujer que todos creían que había muerto en un accidente de coche, pero que tras una investigación más profunda se descubrió que alguien había manipulado los frenos de su coche. ¡Y si quieres puedes adivinar qué clase de gustos tenía en la cama!
Yngvar sólo lo miró, rendido.
– Esta Silje Sørensen estaba realmente paranoica -continuó Sigmund, impertérrito-. Me llamó desde su casa, por el móvil de su hijo. Pero sin importar que los periodistas tengan buenas fuentes, o intervengan los teléfonos de la policía, o hagan lo que sea que hacen, por ahora el VG sólo tiene los nombres de tres de las víctimas. La obispo, Marianne Kleive y el muchacho de la bahía. Nunca me acuerdo de esos nombres de monos.
Yngvar se sentía tan acabado que ni siquiera protestó por aquel comentario.
– En todo caso, Silje Sørensen me dijo que Inger Johanne la había visitado con unas preguntas, y una teoría que tenía que ver con su investigación. Este asunto del odio. U otra cosa que…, no sé, simplemente. De todos modos, la teoría se correspondía tan bien con la evidencia que tiene Oslo que ya se ha establecido un equipo para realizar una investigación más profunda en colaboración con la Policía de Oslo y Kripos. Allí es donde vamos. Eso es más o menos lo que sé. ¡Chist! ¡Las noticias, mira!
– «¡Chist!» -repitió Yngvar de mal humor-. ¡Yo no he dicho nada!
Sigmund aumentó el volumen.
TV2 inició su transmisión con el caso del VG.
Era evidente que habían tenido un problema para llegar a tiempo, puesto que el reportaje empleaba imágenes de archivo. Ni siquiera habían logrado encontrar fotografías invernales; el gran edificio de la Central de Policía aparecía bañado en la luz del sol y personas vestidas con ropas ligeras entraban y salían a través de la puerta principal. La voz en off no podía decir más que lo que aparecía en el periódico.
– ¡Chis! -repitió Sigmund cuando la cámara mostró a una mujer delgada, vestida con un uniforme con bordes dorados y dos estrellas en las hombreras.
– No podemos hacer ningún comentario ahora sobre el caso -dijo decidida, y se alejó del micrófono.
– ¿Puede usted confirmar la información que el VG publicó hoy? -insistió el reportero.
– Como ya dije, no tengo nada que agregar sobre esto.
– ¿Cuándo se informará a la opinión pública sobre este caso, que parece muy importante y enrevesado?
– Como he dicho, no puedo decir absolutamente nada sobre…
Sigmund apagó el televisor.
– Nos vamos -dijo, y se puso de pie-. Empiezo a sentir bastante curiosidad por saber de qué va todo esto. Voy a buscar mi maleta y nos vemos abajo dentro de un par de minutos. ¿Qué es eso, por cierto?
Indicó con la cabeza la mesita de noche sobre la que Yngvar había dejado el retrato de la mujer desconocida.
– Es el retrato del que te hablé -dijo Yngvar.
– ¿Qué retrato?
– El que estaba en la habitación de Eva Karin. Tenemos que pasar por la comisaría con él. Quiero saber quién es. Probablemente sea la mejor forma de averiguarlo.
– ¿Cómo diste con él? -preguntó Sigmund.
– Es una larga historia.
– Ahórramela. ¿Nos vemos abajo?
Yngvar asintió. Estaba todavía sentado sobre la cama. Le costaba digerir todo lo que había pasado en la última media hora y se sentía mareado. No podía recordar haberse sentido nunca tan cogido por sorpresa como ahora. Cuando por fin se puso de pie, la debilidad lo forzó a dar un paso de lado para mantener el equilibrio.
El que el VG supiese mucho más que él en un caso que investigaba en persona era una derrota. Mucho peor era que Inger Johanne hubiese ido a la Policía de Oslo con algo que él ni siquiera sabía qué era.
Agarró la pequeña maleta, cogió el abrigo y caminó hacia la puerta. Cuando la cerró, supo que la sensación que tenía en el diafragma no se debía al hambre.
Se sentía humillado por su propia esposa, y ni siquiera lograba indignarse. Sólo tenía dolor de estómago.
Casi como cuando era pequeño y se avergonzaba.
La secretaria de Kristen Faber no sentía la menor vergüenza por hacer copias de algunos documentos de vez en cuando para llevárselos a casa. A su marido le gustaba que ella le contase los casos que veía, y en ocasiones se divertían mucho con el interrogatorio policial de algún pecador que trataba de escabullirse de una culpa evidente, o con el pleito lamentable de uno de esos infelices que no tenían como para pagarse un abogado. No conservaba los documentos durante mucho tiempo; en cuanto dejaban de resultar entretenidos, terminaban en la chimenea.