El Peso De La Culpa
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:
Ella suspiró. Miró por la ventanilla del coche hacia la oscuridad. Julian vio su reflejo en el cristal.
– Jule, ahora soy una señorita de compañía. ¿Sabes lo que significa eso?
El anuncio y la pregunta llegaron como de la nada, de manera que por un momento pensó ridículamente en guías de turismo, que se ponen de pie en la parte delantera de un autocar y hablan por un micrófono, mientras el vehículo atraviesa la campiña abarrotado de turistas.
– ¿Viajas? -preguntó.
– Recibo a hombres a cambio de dinero -contestó ella-. Paso la velada con ellos. A veces paso toda la noche. Voy a hoteles, los recojo y hacemos lo que ellos quieren. Sea lo que sea. Después me pagan, doscientas libras por hora. Mil quinientas si duermo con ellos.
Julian la miró fijamente. La había oído con absoluta claridad, pero su cerebro se negaba a asimilar la información.
– Entiendo -dijo-. Hay otro en Londres.
– Jule, no me estás escuchando.
– Sí. Has dicho…
– Me oyes pero no me escuchas. Los hombres me pagan por hacerles compañía.
– Por salir con ellos.
– Puedes llamarlo como quieras: cine, teatro, inauguraciones de exposiciones o fiestas de negocios en que alguien quiere exhibir a una mujer bonita del brazo. Me pagan por eso. Y también por mantener relaciones sexuales. Y en función de lo que les hago, me pagan un montón. Más de lo que nunca había imaginado por follarme a un desconocido, si vamos a eso.
Las palabras eran como balas. Y él reaccionó como si Nicola le hubiera dado un balazo. Cayó en estado de shock. No el shock normal, cuando el cuerpo ha padecido un trauma físico, como un accidente de coche o una caída desde el tejado, sino el tipo de shock que destroza la psique, y en el que uno asimila un solo detalle, el menos peligroso para la cordura mental.
Lo que vio fue su pelo, cómo estaba iluminado por detrás, cómo brillaba a través de sus mechones, hasta darle la apariencia de un ángel terrenal. Pero lo que ella le estaba diciendo distaba mucho de ser angelical. Era repugnante y repulsivo. Y si continuaba hablando, él continuaría muriendo.
– Nadie me obligó -dijo Nicola mientras sacaba un caramelo del bolso-. Ni a ser señorita de compañía ni a lo otro. El sexo. Yo tomé la decisión en cuanto comprendí las posibilidades y lo mucho que yo podía ofrecer. Empecé tomando copas con ellos. A veces les acompañaba a cenar, o al teatro. Todo legal, ¿sabes?: unas horas de conversación y alguien a quien escuchar, a quien contestar si quería, poniendo ojos soñadores si no decía nada. Pero siempre preguntaban, sin excepción, si hacía algo más. Al principio, pensé que no. No podía. Al fin y al cabo, no les conocía. Y siempre pensaba… No imaginaba hacerlo con alguien a quien no conocía. Pero un día, alguien me preguntó si podía tocarme. Cincuenta libras por meterme la mano dentro de las bragas y palparme el felpudo. -Una sonrisa-. Entonces, tenía felpudo. Antes de… ya sabes. Asentí, y no fue mal. De hecho, fue bastante divertido. Me dio risa, por dentro, no por fuera, porque me pareció tan… tan estúpido: aquel tío, más viejo que mi padre, sin resuello y con lágrimas en los ojos porque tenía su mano en mi entrepierna. Y cuando me pidió que lo tocara, le dije que serían cincuenta libras más. Dijo: «Oh, Dios, lo que sea.» Cien libras por tocar su picha y dejar que me palpara el felpudo.
– Basta.
Había logrado pronunciar por fin la palabra.
Pero quería que lo comprendiera. Al fin y al cabo, eran amigos. Siempre lo habían sido, desde el momento en que se conocieron en Bakewell. Ella era una colegiala de diecisiete años, con una actitud y una forma de andar que proclamaban su disposición, solo que él no lo había comprendido, y le llevaba casi tres años. Había vuelto de la universidad para pasar las vacaciones y estaba muy preocupado por el alcoholismo de su padre y por una casa que se les caía encima. Pero Nicola había pasado de sus preocupaciones y solo había visto una oportunidad de divertirse, que por cierto había aprovechado alegremente. Julian lo comprendió ahora.
– Lo que intento explicar es que he encontrado una forma de vida que me convence. No será siempre así, por supuesto, pero hoy por hoy sí. Ese es el motivo de que me aferre a ella, Julie. Sería idiota si no lo hiciera.
– Te has vuelto loca -fue la estúpida conclusión de Julian-. Ha sido culpa de Londres. Has de volver a casa, Nick. Has de estar con tus amigos. Necesitas ayuda.
– ¿Ayuda?
Ella le miró como si no entendiera.
– Es evidente, ¿no? Algo va mal. No puedes estar en tu sano juicio si vendes tu cuerpo noche tras noche.
– Varias veces por noche, en realidad.
Julian se llevó las manos a la cabeza.
– Joder, Nick… Has de hablar con alguien. Deja que busque un médico, un psiquiatra. No explicaré a nadie por qué. Será nuestro secreto. Cuando te hayas recuperado…
– Julian. -Apartó las manos de su cabeza-. No me pasa nada. Pasaría algo si pensara que estaba manteniendo relaciones con esos hombres. Pasaría algo si pensara que iba en busca del verdadero amor. Si intentara deshacer un entuerto, hacer daño a alguien o vivir una fantasía. Sería preciso que me llevaran al manicomio ipso facto. Pero no es así. Lo hago porque me gusta, porque me pagan bien, porque mi cuerpo tiene algo que ofrecer a los hombres, y aunque me parezca una estupidez que me paguen por ello, lo hago con gusto…
Entonces la abofeteó. Que Dios le perdonara, pero la abofeteó porque no sabía cómo hacerla callar. Le pegó en la cara con el puño cerrado, y la cabeza de Nicola se golpeó contra la ventanilla.
Se miraron, ella tocándose el punto en que los nudillos de Julian habían hecho impacto en su cara, él con la mano izquierda sujetando aquellos nudillos, y un zumbido en los oídos, como el chirrido de unos neumáticos al derrapar. No había nada que decir. Ni una sola palabra para excusar lo que había hecho, para excusar lo que ella estaba haciendo a los dos por culpa de las opciones que tomaba y la vida que llevaba. Aun así, lo intentó.
– ¿De dónde ha salido esto? -preguntó con voz ronca-. Porque ha tenido que salir de alguna parte, Nick. La gente normal no vive así.
– ¿Te refieres a traumas o represiones psíquicas? -contestó ella con desenvoltura, tocándose todavía la mejilla. Su voz era la misma, pero sus ojos habían cambiado, como si le viera de una forma diferente. Como a un enemigo, pensó Julian. La desesperación le invadió, porque la quería muchísimo-. No, Jule. No tengo a mano ninguna excusa. No hay nadie a quien culpar. Nadie a quien acusar. Solo algunas experiencias que condujeron a otras experiencias. Como ya te he dicho. Primero señorita de compañía, luego un poco de magreo, y después… -sonrió- lo demás.
Julian leyó la verdad de lo que era en aquel instante.
– Debes de despreciar a todos los hombres. Lo que deseamos. Lo que hacemos.
Nicola cogió su mano. Continuaba cerrada en un puño, y ella se la abrió. Se la llevó a los labios y besó los nudillos que la habían golpeado.
– Tú eres como eres -dijo-. Igual que yo, Julian.
Él no podía aceptar la simplicidad de aquella afirmación. Se rebeló contra ella. Y se rebeló contra Nicola. Decidió cambiarla, costara lo que costase. Decidió hacerla entrar en razón, con ayuda si era necesario.
En cambio, Nicola solo había encontrado la muerte. Un trueque justo, dirían algunos, a cambio de lo que ella ofrecía a la vida.
Julian se sentía aturdido por los recuerdos mientras guardaba su equipo de rescate en la mochila. Su mente bullía y deseaba hacer cualquier cosa con tal de silenciar las voces que resonaban en su mente.
La distracción se materializó en la persona de su padre, que se acercaba por el pasillo del primer piso justo cuando Julian estaba guardando la mochila en el viejo arcón. Jeremy Britton sostenía un vaso en una mano, lo cual no era sorprendente, pero sí que en la otra llevara un fajo de folletos.