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Esclavos de la oscuridad

Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:

Una novela deslumbrante que explora el filo entre la vida y la muerte, lo divino y lo satánico.
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
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– He recabado información sobre usted, Mathieu. Se hace usted el humilde pero apunta al acto supremo: el sacrificio. Se ha violentado a sí mismo. Ha ido usted hasta las antípodas de lo que realmente es. Y con ello ha experimentado una secreta satisfacción. -Cortó los rayos de luz con sus largos dedos-. ¡Ese papel de mártir es un pecado de orgullo!

La entrevista empezaba a parecer un juicio. No estaba dispuesto a ceder.

– Hago mi trabajo de madero lo mejor que puedo, eso es todo.

El cardenal hizo un gesto que significaba «dejémoslo correr». Se volvió hacia mí. Llevaba la cruz pectoral como todos los dignatarios de la Santa Sede: suspendida de una cadena, pero fijada a uno de los botones de terciopelo, trazando sobre el hábito negro dos asas flexibles. Solo ese crucifijo ya era toda una ceremonia en sí.

– En su carta, habla usted de un expediente…

Le pasé mi carpeta. Sin decir una palabra, la hojeó. Se tomó tiempo para leer ciertos pasajes, para estudiar las fotos. Ninguna expresión en su rostro. Solo el caso Simonis pareció interesarle. Al fin, colocando los documentos sobre el escritorio, dijo:

– Tenga usted la bondad de sentarse.

Una orden más que una invitación. Obedecí mientras que él mismo se instalaba detrás del escritorio. Juntó las manos.

– Ha hecho un excelente trabajo, Mathieu. Aquí carecemos de inspectores de su talento. Estamos demasiado ocupados investigándonos los unos a los otros.

Cogió la carpeta y se la pasó al prefecto, apostado a mi lado. Le pidió, en italiano, que fotocopiara los documentos. Agregó que había de hacerlo allí mismo. «Nadie debe ver esto.» Sus ojos claros volvieron a posarse sobre mí.

– He sabido que ayer por la mañana conoció usted a Agostina Gedda.

Pensé en los tres sacerdotes demacrados que observé en el desierto y en la vigilancia clerical de la que me había hablado Agostina.

– ¿Cuál es su opinión? -preguntó el cardenal.

– Me pareció muy… perturbada.

– ¿Qué le parece su historia? El milagro y luego el asesinato.

– No estoy seguro de creer ni en lo uno ni en lo otro.

– La curación inexplicable de Agostina Gedda fue reconocida oficialmente por la Santa Sede.

Debía sopesar cada una de mis palabras.

– No pongo en tela de juicio la recuperación física, eminencia. Pero su espíritu no es el de una persona que ha sido salvada por un milagro…

– … de Dios. Por supuesto. Sin embargo, existe otra hipótesis.

– Me la han mencionado. Pero no creo en el diablo.

El cardenal sonrió con suficiencia, descubriendo unos dientes irregulares, biselados. Detrás de nosotros la fotocopiadora se había puesto en marcha.

– Es usted un cristiano moderno.

– Creo que lo que Agostina necesita es un psiquiatra.

– Los expertos hicieron una primera evaluación y posteriormente se realizó una contraevaluación. Desde el punto de vista de los especialistas, no padece ninguna enfermedad mental. Hábleme del crimen. ¿Cuáles son sus reservas?

– Eminencia, trabajo en la Brigada Criminal de París. Los asesinatos son el pan de cada día. Mi especialidad. Agostina no tenía ni los medios técnicos ni los conocimientos necesarios para cometer un crimen tan… retorcido.

– ¿Cuál es su opinión?

– Un solo asesino. Tanto para Salvatore como para Sylvie Simonis. Mi caso en el Jura.

El hombre de Iglesia arqueó las cejas.

– ¿Por qué Agostina Gedda habría confesado un asesinato que no cometió?

– Es lo que trato de descubrir.

– Según la policía de Catania, ella confesó detalles que solo el culpable podía conocer.

– Mi intuición es difícil de explicar, eminencia, pero creo que esta mujer conoce al asesino. Él le proporcionó esos detalles y ella lo cubre, por una razón que desconozco. Esa es mi hipótesis. Pero no tengo absolutamente nada que la pruebe.

El cardenal se puso de pie. Hice ademán de imitarlo pero con un gesto me ordenó que siguiera sentado. Dio unos pasos en torno al escritorio y luego declaró:

– Puede usted ir lejos con esta investigación. Y sernos muy, muy útil. -Levantó el índice, levemente curvado-. Puede usted ir muy lejos, siempre que esté orientado…

El prefecto había terminado de hacer las fotocopias. Las colocó sobre el escritorio y me devolvió el expediente. Con una señal de la cabeza, Van Dieterling le dio las gracias. El prefecto retrocedió, sin hacer el menor ruido. Las pupilas turquesa cayeron de nuevo sobre mí.

– En el fondo, usted y yo estamos de acuerdo -murmuró el cardenal-. Agostina no es quien asesinó a Salvatore. Nosotros conocemos la identidad del asesino.

– Ustedes…

– Un momento. Primero debo explicarle algunas cosas. Y usted, a su vez, debe abandonar sus certezas… racionales. No son dignas de su inteligencia. Es usted cristiano, Mathieu. Por lo tanto, sabe que la razón nunca ha tenido nada que ver con la fe. Incluso es uno de sus peores enemigos.

No comprendía adónde quería llegar, pero tenía una certeza: estaba a punto de escuchar revelaciones de capital importancia. Van Dieterling volvió a apostarse frente a la ventana.

– En primer lugar, debe olvidar la curación de Agostina. Me refiero a su recuperación física. Ni usted ni yo tenemos los medios para juzgar su carácter milagroso. En cambio, podemos interesarnos en su alma. ¡Es nuestra especialidad! Nuestro territorio.

– Eminencia, le pido disculpas, pero no sigo muy bien…

– Ataquemos directamente el problema fundamental. Quiero hablar en nombre de la autoridad que represento, la Santa Congregación para la Doctrina de la Fe. Tenemos la profunda convicción de que el espíritu de Agostina ha sido el escenario de un fenómeno sobrenatural. Una visita.

– ¿Una visita?

– ¿Sabe qué es una experiencia de muerte inminente? En inglés, la expresión consagrada es NDE: Near Death Experience. A veces, también se habla de «muerte temporal».

Un recuerdo acudió a mi memoria. Las informaciones que había recogido en internet con respecto a esa cuestión cuando buscaba datos sobre el coma. Recapitulé:

– Sé que encontrándose cerca de la muerte, algunas personas sufren una alucinación. Siempre la misma.

– ¿Conoce usted las etapas de esa «alucinación»?

– Primero, la persona inanimada tiene la sensación de abandonar su cuerpo. Por ejemplo, puede ver al equipo de sanitarios atareado en torno a su cadáver.

– ¿Y a continuación?

– La persona experimenta la sensación de penetrar en un túnel oscuro. A veces, vislumbra en el interior a familiares o allegados fallecidos. Al final del túnel, una luz crece y se apodera del sujeto, sin cegarlo.

– Sus recuerdos son bastante precisos.

– He leído sobre ello hace poco tiempo. Pero no veo lo que eso…

– Prosiga.

– Según los testimonios, esa luz posee un poder. La persona se siente colmada de un sentimiento indecible de amor y de compasión. A veces, ese sentimiento es tan agradable, tan embriagador, que el sujeto acepta morir. Por lo general, es en ese momento cuando una voz le advierte que aún no es el momento de marcharse. Entonces, el paciente recupera la conciencia.

Van Dieterling había vuelto a sentarse. Su gesto era huraño, pero le brillaban los ojos.

– ¿Qué más sabe?

– Al despertar, el superviviente recuerda perfectamente el viaje. Su concepción del mundo se modifica. Primero, ya no tiene miedo a la muerte. Luego, percibe su entorno con más amor, generosidad, profundidad.

– Excelente. Veo que domina usted la cuestión. Pero no debe dejar a un lado la dimensión mística de esa experiencia.

Tenía la sensación de estar pasando un importante examen oral. Aunque no conseguía entender qué estaba en juego.

– Los componentes son los mismos en todos los testimonios -proseguí-, pero las connotaciones religiosas difieren según el origen y la cultura del individuo. En Occidente, esa luz se suele relacionar con Jesucristo, el ser luminoso y compasivo por excelencia. Pero esta experiencia también está descrita en El libro tibetano de los muertos. Del mismo modo, existe, creo, una evocación de la vida después de la muerte en la República de Platón, que recupera las características de ese viaje.

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