Esclavos de la oscuridad
- Автор: Гранже Жан-Кристоф
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
Después de todo, el olor podía proceder de la misma Agostina. Su funcionamiento fisiológico, gobernado por una mente tan retorcida, podía estar seriamente perturbado. En cuanto al frío, me había sentido tan vulnerable en ese locutorio que no debía sorprenderme que hubiera perdido mi capacidad para entrar en calor.
Sacudí la cabeza. No, no había existido ninguna presencia exterior en la celda de arena. El Príncipe de las Tinieblas no se había presentado en el interrogatorio. Tenía un solo enemigo, siempre el mismo: la superstición. Debía luchar contra esas creencias enterradas que, a mi pesar, remontaban a la superficie. Satán no pertenecía al dogma y yo no creía en él. Punto y aparte.
Dejé vagar la mirada sobre las nubes. Una frase resonaba en mis oídos, lex est quod facimus. La ley es lo que hacemos. ¿Qué había querido decir Agostina? ¿Qué era ese «nosotros» que ella se permitía? ¿La legión de los posesos? Y, ¿en qué consistía esa «ley»? Podría ser una evocación de la norma del diablo, que conduce justamente a la libertad absoluta, la ley es lo que hacemos.
Me repetía esas sílabas sin cesar, como si de un sura se tratase, para que la letanía me librara su secreto. En realidad, perdí la conciencia; ni siquiera escuché cómo el tren de aterrizaje se metía bajo el fuselaje.
64
Roma.
Por fin un territorio conocido.
Las ocho de la tarde. Le di al taxista la dirección de mi hotel y le indiqué un itinerario preciso. Quería que pasara por el Coliseo, que luego subiera por la via dei Fori Imperiali hasta la piazza Venezia. A continuación, venía el laberinto de callejuelas y de iglesias hasta el Panteón, donde estaba el hotel, cerca del seminario francés de Roma. Con ese trayecto no tenía la intención de ganar tiempo; solo quería encontrar mis puntos de referencia.
Roma, mis mejores años.
Los únicos que transcurrieran bajo un relativo sosiego.
Roma era mi ciudad, tal vez más aún que París. Una ciudad en la que el espacio y el tiempo se superponían hasta tal punto que cambiando de calle se cambiaba de siglo, y volviendo la mirada se invertía el curso del tiempo. Ruinas antiguas, esculturas renacentistas, frescos barrocos, monumentos musolinianos.
– Es aquí.
Salté del taxi casi sorprendido de que la sotana no obstaculizara mis pasos. Ese hábito que solo había vestido unos meses en mi vida. Ahora, yo era un experto en vicios humanos y podía dar en el blanco a cien metros de distancia, en posición de ataque y de contraataque. Otra escuela.
Mi hotel era una pensión muy sencilla. Había estado allí varias veces, durante mis primeras investigaciones en la biblioteca vaticana, antes del seminario. Había escogido ese lugar para poder moverme discretamente. Los asesinos no me habían seguido hasta Catania; me habían precedido. Por alguna razón desconocida, lograban anticipar mis desplazamientos. Quizá ya estaban en Roma.
Un mostrador de madera barnizada, un paragüero lacado, unas luces anémicas; el vestíbulo de la pensión ya daba una idea de lo que podía esperarse. Era el lenguaje universal de la comodidad burguesa y de la simplicidad bienintencionada. Subí a mi habitación.
Tenía varios conocidos en la Curia romana. Uno de ellos era un amigo del seminario. Todavía manteníamos una relación esporádica con e-mails y SMS. Gian-Maria Sandrini, un prodigio que se había graduado primero de la clase en la Academia Pontificia. Ocupaba un cargo importante en la Secretaría de Estado, sección Asuntos Generales. Marqué su número.
– Soy Mathieu -dije en francés-. Mathieu Durey.
El sacerdote respondió en el mismo idioma.
– ¿Mathieu? ¿Te apetecía escuchar mi voz?
– Estoy en Roma por una investigación. Tengo que ver a un cardenal.
– ¿A quién?
– Casimir Van Dieterling.
Breve silencio. Van Dieterling no parecía ser un ilustre desconocido.
– ¿De qué investigación se trata?
– Es demasiado largo para explicártelo. ¿Puedes ayudarme?
– Es un pez gordo. No sé si tendrá tiempo para…
– Cuando sepa el motivo de mi investigación me recibirá, puedes estar seguro. ¿Podrías entregarle una carta?
– No hay ningún inconveniente.
– ¿Esta tarde?
Otro silencio. Debía representar con contundencia mi papel de pájaro de mal agüero.
– Si te llamo con tanta urgencia es porque se trata de algo importante.
– ¿Sigues en la Brigada Criminal?
– Sí.
– No veo lo que la Curia puede…
– Van Dieterling lo verá, seguro.
– Te mando un diácono. Me apetecería pasar personalmente, pero esta tarde tengo una reunión y…
– Olvídalo. Nos veremos con tranquilidad en otro momento.
Le di las señas de mi hotel y luego me puse a trabajar, después de conseguir papel y sobres en la recepción. Escribí en italiano. Empecé relatando el caso de Agostina, para luego describir el caso Simonis con todo detalle, poniendo en evidencia los puntos comunes entre ambos asesinatos. Exageré un poco al mencionar mi condición de madero internacional enviado por la Interpol, con la misión de establecer los vínculos existentes entre esos dos casos específicos.
A modo de conclusión, le agradecía de antemano que me concediera una entrevista inmediatamente y adjuntaba las señas de la pensión y mi número de móvil. Releí el texto, esperando haber insistido lo suficiente en la urgencia de mi solicitud.
Traté de relajarme bajo la ducha, una cabina de plástico que parecía una cámara de desinfección, y luego pasé el secador de pelo por la ropa para eliminar toda la ceniza. Estaba terminando de asearme cuando sonó el teléfono. Me esperaban abajo.
El diácono iba y venía por el vestíbulo. Su sotana hacía juego con las alfombras raídas y los grandes llaveros de latón de la recepción. La escena habría podido desarrollarse en el siglo XIX, o incluso en el XVIII. El hombre deslizó la carta dentro de su sotana y se fue inmediatamente.
Las nueve de la noche. Seguía sin tener hambre. No sentía mi estómago ni mi cuerpo. Mi cansancio era tal que se transformaba en una especie de ebriedad que anulaba cualquier otra sensación. Una vez en mi habitación miré los mensajes del móvil. Un SMS firmado Foucault: llámame, urgente. Su número en la memoria. Mi adjunto no me dio tiempo para hablar.
– Tengo otro.
– ¿Qué?
– Otro asesinato en el que se han utilizado ácidos, inyecciones de insectos y toda la parafernalia.
Me desplomé en la cama.
– ¿Dónde?
– En Tallinn, Estonia. El crimen data de 1999.
– ¿Estás seguro de los puntos comunes?
– Completamente.
– ¿Cómo lo encontraste?
– Svendsen. Ha llamado a todos los forenses europeos que conoce. Hay uno en Tallinn que ha recordado una historia similar. Lo he comprobado personalmente. Dentro del marco de cooperación europea, los servicios de policía han mandado algunos de los expedientes más candentes a la oficina central de Bruselas, a fin de constituir el SALVAC. Hay un caso en Estonia que se parece al de tu cadáver del Jura. De hecho, es exactamente el mismo crimen.
– Dame los detalles. Los hechos. El contexto.
– El culpable está identificado: un hombre llamado Raïmo Rihiimäki. Intérprete de un grupo de música gótica, veintitrés años. La víctima es su padre. Sucedió en el mes de mayo de 1999. La investigación no presentó dificultades. Las huellas de Raïmo estaban en el cuerpo y en la caseta de pescador donde el viejo fue torturado.
– ¿Y el tal Raïmo confesó?
– No tuvo tiempo. Después de matar a su padre, hizo una especie de gira asesina por todo el país. Los maderos lo encontraron en noviembre. Raïmo iba armado. Fue abatido durante la operación.
Tres asesinatos similares repartidos por Europa. 1999, Estonia; 2000, Italia; 2002, Francia. La pesadilla se extendía por el mapa de la Comunidad Europea. Y sabía que eso era solo el principio.