Esclavos de la oscuridad
- Автор: Гранже Жан-Кристоф
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
El cardenal colocó la silla delante del escritorio.
– Siéntese. Le hemos preparado algunos textos significativos.
Antes de que pudiera sentarme, Van Dieterling se puso las gafas y tecleó un código en el ordenador. Vi aparecer las armas de la Santa Sede: la tiara y las dos llaves cruzadas de san Pedro.
– No podemos darle acceso a los documentos originales. Nadie los ha tocado desde hace años.
Cogió el ratón que activa el puntero.
– Lea y memorice -dijo, haciendo clic sobre un icono-. No le permitiremos que se lleve ningún documento. Ni una sola línea puede franquear el umbral de esta sala.
Me senté. El programa ya estaba en marcha.
– Lo dejo con esta legión terrible, Mathieu. La legión de los malditos. Que sean perdonados. Lux aeterna luceat eis, Domine.
68
El primer texto digitalizado databa del siglo VII antes de nuestra era. Según los datos introductorios, era un fragmento de una tablilla de arcilla descubierta entre las ruinas del templo de Nínive, antigua ciudad de Asiría, hoy situada en Irak. Una versión tardía de un episodio de la epopeya de Gilgamesh, héroe sumerio, rey de Uruk. El programa ofrecía una imagen escaneada del fragmento escrito en cuneiforme y una transcripción en italiano moderno.
En dicho episodio, Gilgamesh viajaba fuera de su cuerpo para caer en un abismo oscuro, en el fondo del cual brillaba una luz roja, poblada de rostros y de moscas zumbando. Un demonio lo esperaba en esas tinieblas. El fragmento de arcilla finalizaba en el momento en el que Gilgamesh dialogaba con la criatura.
Hice clic sobre el segundo nombre de la lista. La fotografía de un fresco. Según la leyenda, esa serie de dibujos decoraban la cámara funeraria de una reina de Napata, ciudad sagrada del norte de Sudán, situada en la ribera del Nilo. La civilización kush se había desarrollado a la sombra de los egipcios alrededor del siglo vi antes de nuestra era. El comentario precisaba que esas dinastías de reyes, llamados los «faraones negros», todavía no se conocían bien. Pero el fresco, desde el punto de vista de los Sin Luz, no ofrecía ninguna ambigüedad.
Se observaba a una mujer negra echada, de la cual emergía otra mujer más pequeña. Símbolo evidente: la salida del cuerpo. La segunda silueta se encaminaba por un pasillo oscuro en el que estaban dibujados los rostros con trazos más claros. Al final del pasaje, un remolino rojo, una especie de sifón, daba a un ojo negro.
Pasé al tercer documento, pero ya sabía que los testimonios de los Sin Luz habían aparecido con el arte de la escritura. Quizá un día se encontraría una pintura rupestre evocando la funesta experiencia. El nuevo texto era un palimpsesto; el texto en griego había sido borrado para ser sustituido por un extracto de la epístola de san Pablo a los romanos, redactada en latín. Recuperadas, las líneas iniciales databan del siglo I de nuestra era.
Primero intenté leer el fragmento en la lengua original pero mis conocimientos de griego antiguo eran demasiado limitados. Opté por leer la traducción al italiano moderno. El texto narraba la historia de un hombre que, tomado por muerto, estuvo a punto de ser enterrado en Tiro; sin embargo, despertó en el último momento. El hombre describía su experiencia vivida en la nada:
Ya no veía ninguno de los objetos que estaba acostumbrado a ver, sino un valle de una profundidad prodigiosa. En el fondo, distinguía los rostros y los gritos…
No podía abrir todos los documentos; la lista era larga y el tiempo corría deprisa. Bajé el puntero e hice clic sobre la décima línea, saltándome varios siglos de un plumazo. La reproducción de un fresco sobre madera de la capilla de los Monjes, en Sercis-la-Ville, Saône-et-Loire, que databa del siglo X. Varias imágenes representaban el milagro de san Teófilo. Conocía la leyenda, muy popular durante la Edad Media. La historia de un ecónomo de Asia Menor que había vendido su alma al diablo. Perseguido por el remordimiento, el hombre rezó a la Virgen. Ella le arrancó el contrato a Satán, y se lo devolvió al pecador arrepentido, que luego alcanzaría la santidad.
Sobre ese fresco, la escena del diálogo con Satán no representaba a Teófilo escribiendo la carta con su sangre, como en el relato habitual. Teófilo volaba por los aires con los ojos cerrados, por un pasillo tapizado de rostros. En el fondo, se distinguía una cara desfigurada por una mueca; sus rasgos fugaces afloraban a la superficie de un torbellino. No cabía duda: el artista se había inspirado en una experiencia de muerte inminente negativa, vivida o transmitida por otra persona.
Una vez más, pasé de largo varios fragmentos y me detuve en un poema del siglo XIV, firmado por un tal Villeneuve, discípulo de Guillaume de Machaut. Poeta e intelectual en la corte de Carlos V, y después de Carlos VI -señalaba el comentario-.Villeneuve había estado a punto de ser enterrado vivo después de caer de un caballo. Se había despertado el día de sus funerales y no había querido comentar su experiencia. Sin embargo, en uno de sus poemas, podía leerse el pasaje siguiente, traducido del francés antiguo al italiano antiguo por los escribas del Vaticano:
…sé de lugares tenebrosos
sin claridad ni luz
ni cielo ni limbo ni infierno
mi alma del cuerpo se separa
y vuela sin fin en la oscuridad…
Había una nota adjunta. Los anales jurídicos de Reims daban fe de que en 1356, once años después del accidente, Villeneuve había sido colgado por haber asesinado a tres prostitutas. La confirmación de lo expuesto por Van Dieterling: aquellos que vivían una inversión de la experiencia se convertían en seres violentos y crueles.
Otro ejemplo, sacado de los Archivos del Santo Oficio de Lisboa, daba fe de ello. El fragmento, de 1541, reproducía el interrogatorio de un tal Diogo Corvelho. Yo había estudiado ese período. En el siglo XVI, la Inquisición había vuelto a cobrar fuerza en el imperio de Carlos V. Ya no se trataba de perseguir a los posesos sino a otro tipo de herejes: los judíos convertidos al catolicismo, sospechosos de practicar en secreto su culto de origen.
Sin embargo, el fragmento narraba el interrogatorio de un auténtico poseso: un nativo de Lisboa, acusado de comerciar con el diablo pero también de mutilar y asesinar a niños. Uno de los pasajes estaba traducido al italiano.
Diogo Corvelho recordaba una «herida en el cuerpo… por la que su alma se había escapado». Hablaba de un «pozo de tinieblas animadas» y de un «demonio, prisionero de hielos rojizos». Los inquisidores habían insistido en ese punto. Estaban acostumbrados a confesiones más estereotipadas, del tipo «llamas del infierno» y «bestia con ojos encendidos». Pero Corvelho repitió lo dicho, aunque variando algunos términos; incluía palabras como «hielo», «escarcha», «corteza». También describía, detrás de aquella pared, un «rostro herido, lechoso, atravesado por relámpagos y recubierto por una membrana…».
Mientras leía, advertí que todas esas palabras se encontraban en los textos apócrifos de los primeros siglos cristianos que describían el infierno. ¿Serían también fruto de la influencia de las visiones de los Sin Luz?