Esclavos de la oscuridad
- Автор: Гранже Жан-Кристоф
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
– ¿Has hablado con los maderos estonios? -pregunté.
– Sí y no.
– ¿Y eso?
– Quiero decir que hemos hablado en inglés. Y yo, el inglés…
– ¿Te envían el expediente?
– Lo estoy esperando. Tienen una versión inglesa.
Intuitivamente le pregunté:
– Dime, antes del asesinato, ¿ese estonio había sufrido un accidente o una enfermedad grave?
– ¿Cómo lo sabes?
– Cuéntame.
– Dos meses antes de los hechos, Raïmo Rihiimäki se peleó con su padre. Dos borrachos sin remedio. La pelea tuvo lugar en el barco del viejo. Era pescador. Raïmo se cayó al agua. Cuando lo rescataron se había ahogado. O más bien, congelado. Consiguieron reanimarlo en el principal hospital de Tallinn. Gracias al efecto del agua helada, o algo así. No lo entendí muy bien.
– ¿Y a continuación?
– Cuando despertó, era otra persona.
– ¿En qué sentido?
– Agresivo, cerrado, violento. Antes del accidente era un bajo inofensivo. Tocaba en un grupo de neometal satánico. Dark Age, y…
Ya no escuchaba, había quedado atrapado en las semejanzas con el caso de Agostina. Igual que ella, el estonio había escapado a una tentativa de homicidio. Como ella, había entrado en coma. Como ella, había regresado de la muerte y se había vengado del que había intentado matarlo. No era solo el mismo asesinato. Era el mismo caso, del principio al final. ¿Era también él un «milagro del diablo»?
Di las gracias a Foucault y le pedí que me enviara el informe por e-mail en cuanto lo recibiera. No quise preguntarle sobre los otros frentes de la investigación. Ya había tenido bastante para esa noche.
Cerré el móvil.
Fue como la claqueta de una nueva toma.
Ciertamente, investigaba una serie.
Pero no una serie de asesinatos; una serie de asesinos.
65
No era una piscina sino un gran estanque al aire libre. Su forma era rectangular con los bordes de hormigón. Yo estaba en la cima de la colina que lo dominaba y sentía que la hierba me azotaba los tobillos. Como siempre en los sueños, los detalles eran incoherentes. Yo era el Mathieu de treinta y cinco años, que llevaba puesta una gabardina fina y una 9 mm en la cintura, pero al mismo tiempo era un niño, vestido con un short, calzado con sandalias, con una toalla de baño al hombro.
Estaba entusiasmado con la idea de zambullirme en el estanque pero también experimentaba cierto malestar. El color del agua, bronce o acero, evocaba el frío y también el hundimiento. Los bañistas eran todos niños: endebles, frágiles, enfermos. Sus cuerpos blancos brillaban bajo el sol. Una amenaza rondaba. Dejé la cuesta atraído por la visión del agua, transformada en un imán gigantesco.
En ese momento, observé que todas las toallas extendidas sobre el hormigón eran de color naranja. Era una señal. Una señal de peligro. Tal vez eran enormes compresas empapadas en una solución antiséptica. Ahora percibía las risas de los niños, el murmullo del agua. Todo era alegre, vivo y sin embargo, esos ruidos eran como estallidos en mi piel, como señales de alerta. Solo yo sabía la verdad. Solo yo distinguía a la muerte que rondaba.
En ese instante, volví la cabeza. La toalla en mi hombro también era naranja. La enfermedad ya me había corrompido. Todo estaba escrito. Mi muerte, mi sufrimiento, mi…
El timbre del teléfono me arrancó de los sollozos.
– Dígame.
– Soy Gian-Maria. ¿Estabas durmiendo?
– Sí, más bien…
– Son las siete -rió el sacerdote-. ¿Has olvidado nuestros horarios?
Me enderecé y me atusé los cabellos. Acababa de repetirse un sueño muy antiguo, un sueño recurrente desde mi juventud. ¿Por qué volvía ahora?
– Levántate -dijo el hombre de Iglesia-. Tienes cita dentro de una hora.
– ¿Con el cardenal?
– No. Con el prefecto de la biblioteca vaticana.
– Pero…
– El prefecto es un intermediario. Te acompañará a ver al cardenal.
– ¿Un prefecto intermediario?
Un prefecto del Vaticano era el equivalente de un ministro en el seno de un gobierno laico. Gian-Maria rió nuevamente.
– Tú mismo lo has dicho: es un caso importante. A juzgar por la rapidez de su reacción, debe de serlo mucho, en efecto. El cardenal ha pedido que lleves el expediente de la investigación. Completo. El prefecto te esperará en los jardines de la biblioteca. Se llama Rutherford. Pasa por la porta Angelica. Un diácono te escoltará. Buena suerte. ¡Y no olvides el expediente!
Me quedé atontado unos minutos, todavía con fragmentos del sueño debajo de los párpados. ¿Cuánto hacía que no lo tenía? Durante mi infancia y adolescencia, acechaba todas mis noches.
Me preparé y luego me concedí algunos minutos para tomar café en el comedor de la pensión. Jarras de acero inoxidable, vasos de pyrex, tostadas gruesas. Cada detalle, cada contacto me recordaba el seminario. En esa sala sin ventanas, percibía el aire de Roma.
Apreté el paso hasta la plaza de San Pedro con el expediente bajo el brazo. Aunque no se quiera, aunque no se resida en Roma, siempre se vive el mismo éxtasis. La basílica soberana, las columnas de Bernini, la plaza espejeante, las palomas sobre las fuentes de piedra esperando a los turistas. El mismo cielo luminoso parecía ser cómplice de esa grandeza.
Me eché a reír de mí mismo. ¡Estaba de vuelta al redil! En ese mundo de sotanas de seda y mocasines de charol bajo la vestimenta. El mundo de la autoridad apostólica y romana, de los congresos pontificios, de los seminarios eucarísticos. El mundo de la fe y de la teología, pero también el del poder y el dinero.
Había vivido tres años a la sombra de la ciudad del Papa. Entonces quería la privación absoluta; un eterno voto de pobreza. Rechazaba los francos que vinieran de mis padres. Sin embargo, me gustaba percibir, a unas calles de distancia, el poder financiero del Vaticano. La Santa Sede siempre me había parecido una especie de Mónaco eclesiástico, desprovisto de la futilidad y de los tejemanejes propios del principado. Una increíble concentración de riqueza que acumulaba bienes y privilegios heredados durante siglos. Como la mayor propietaria de bienes inmuebles del mundo, la ciudad pontificia, con su banco, hacía alarde de unos activos brutos superiores al millar de dólares y unos beneficios anuales que superaban los cien millones de dólares.
Esas cifras deberían haberle dado asco a alguien como yo, apóstol de la miseria y de la caridad, pero veía en ellas el símbolo del poder de la Iglesia. De nuestro poder. En un mundo donde lo único que cuenta es el dinero, en una Europa en la que la fe católica agoniza, esas cifras me tranquilizaban. Demostraban que todavía era necesario tener en cuenta al imperio católico.
Pasé al lado de la cola de turistas que esperaban para visitar la basílica de San Pedro. En la plaza habían instalado tarimas y gradas. Probablemente estaba previsto que el día siguiente, 1 de noviembre, el Papa celebrara una misa pública.
Las campanas repicaron y las palomas alzaron el vuelo. Eran las ocho de la mañana. Aceleré el paso y pasé bajo las columnas de Bernini. Subí la via di Porta Angelica. Me crucé con los scrittori (secretarios) y a los minutanti (redactores) de la Curia, con alzacuellos y chaquetas negras, que se apresuraban para llegar a tiempo a sus despachos. A la pregunta de «¿Cuántas personas trabajan en el Vaticano?», el papa Juan XXIII había respondido un día: «No más de un tercio». Estaba de un ánimo alegre. Revivía esa atmósfera de hormiguero católico. El horror de Agostina me parecía lejano y casi no recordaba que era un hombre sentenciado.
En la porta Angelica, enseñé mi pasaporte a la guardia suiza. Inmediatamente, me entregaron un pase. Los agentes, con uniformes del Renacimiento, se apartaron y crucé las altas rejas de hierro forjado negro.
Penetraba en el sanctasanctórum.
Un diácono me guió a través de los laberintos de edificios y jardines. A paso rápido. Eran las ocho y cinco y mi retraso no se ajustaba al gran orden clerical. Quedé abandonado en un patio, al pie de una fachada rosa y amarilla, salpicada de ánforas antiguas. Unos parterres de césped rodeaban una fuente circular. De los surtidores brotaban remolinos con un fresco vapor irisado. Unos macizos de flores, unas plantas tropicales frente a dos planos inclinados que subían hacia pequeñas puertas misteriosas. Aquel lugar olía a sol y a terracota.