Esclavos de la oscuridad
- Автор: Гранже Жан-Кристоф
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
El sol avanzaba en el interior del despacho. Dibujaba en el suelo figuras geométricas, blancas y brillantes. El cardenal mantenía la mirada fija en su anillo pastoral. El rubí palpitaba bajo la luz. Alzó la vista.
– Tiene usted razón -dijo-. Esas experiencias se viven en todo el mundo y el número no cesa de crecer, gracias, particularmente, a las técnicas de reanimación que permiten arrancar de la muerte a miles de personas cada año. ¿Sabe que de cinco víctimas de infarto que provoca un coma momentáneo, por lo menos una experimenta una NDE?
Me acordaba de la cifra. El cardenal movió suavemente la cabeza. Dosificaba el suspense. Por fin, murmuró:
– Creemos que Agostina sufrió una experiencia de ese tipo, exactamente antes de curarse, cuando entró en coma después de regresar de Lourdes.
– ¿Es lo que llaman ustedes una «visita»?
– Creemos que esa experiencia fue de un tipo particular.
– ¿En qué sentido?
– Negativo. Una experiencia de muerte inminente negativa.
Nunca había oído hablar de eso. Van Dieterling se puso nuevamente de pie y recogió su hábito con un gesto nervioso.
– Existen estados de coma, aunque mucho menos habituales, en los que el sujeto experimenta una fuerte angustia. Sus visiones son espantosas, la inminencia de la muerte lo aterroriza y vuelve de su travesía deprimido, atemorizado. Entre esas experiencias, un reducido grupo vive incluso la inversión absoluta de la NDE clásica. El sujeto tiene la impresión de abandonar su cuerpo pero al final del túnel no hay luz. Solo tinieblas rojizas. Los rostros que ve no son los de allegados colmándolo de solicitud sino imágenes de martirizados gimiendo, torturados. En cuanto al amor y la compasión, son sustituidos por la angustia y el odio. Cuando el paciente despierta, su personalidad cambia de forma diametralmente opuesta. Inquieta, agresiva, peligrosa.
El cardenal hablaba bajando el rostro mientras caminaba. Su sotana de lana negra atravesaba las salpicaduras del sol. Cada palabra parecía suscitar en él una cólera sorda.
– No es necesario que le explique el significado metafísico de semejante experiencia -prosiguió-. Los supervivientes no creen haber contemplado la luz de Cristo, sino todo lo contrario.
– Quiere decir que creen haberse encontrado…
– Con el diablo, sí. En el fondo del limbo.
Pasados unos segundos, susurré:
– Es la primera vez que oigo hablar de ese fenómeno.
– Eso significa que hacemos un buen trabajo. La Santa Sede hace todo lo posible, desde hace siglos, por ocultar ese tipo de visiones. Sería dar una nueva credibilidad al demonio.
– ¿A lo largo de los siglos? ¿Quiere decir que existen testimonios antiguos?
Van Dieterling volvió a sonreír con dureza.
– Ya es hora de que conozca usted a los Sin Luz.
– ¿Qué nombre ha dicho?
– Desde la Antigüedad esos reanimados negativos tienen un nombre. Los Sin Luz. Sine Luce, en latín. Los supervivientes del limbo. Hemos reunido sus testimonios aquí, en nuestra biblioteca. Acompáñeme. Le hemos preparado una selección.
No me puse de pie inmediatamente. Murmuré para mí mismo:
– En la escena del crimen donde se encontró el cuerpo de Sylvie Simonis, había una leyenda tallada en la corteza de un árboclass="underline" Yo protejo a los sin luz…
La voz ronca de Van Dieterling se elevó sobre mí.
– Es hora de que comprenda, Mathieu. Esos asesinatos forman todo. Pertenecen al mismo círculo. Un círculo infernal.
Me volví hacia el eclesiástico.
– ¿Agostina ha vivido una experiencia negativa? ¿Es una Sin Luz?
El cardenal hizo una seña al prefecto, que abrió la puerta. Luc me respondió.
– La peor de todas.
67
Otra vez los pasillos.
Otra vez, el prefecto y sus llaves de san Pedro.
Éramos los viajeros clandestinos del Vaticano.
Pero ya no estábamos solos; dos sacerdotes con espalda de culturista nos escoltaban. El cardenal, que superaba en tamaño a sus guardaespaldas, caminaba sujetando su hábito, con paso rápido y enérgico. Su cruz pectoral llevaba un rosario que hasta entonces no había visto y que tintineaba al ritmo de su andar.
Otra escalera. Rutherford abrió una puerta. Ahora avanzábamos por los sótanos. Según mis cálculos, debíamos de caminar bajo el patio de la Piña. Había oído hablar de esos archivos secretos del Vaticano. Los verdaderos, no los que estaban a disposición de los investigadores. El depósito que guardaba la memoria oculta de la Santa Sede.
Ya no había pinturas ni cincelados. Los techos, de hormigón visto, estaban desnudos. La iluminación se limitaba a bombillas protegidas con alambre. Se sucedían las salas donde se alineaban expedientes de color amarillo o beige, apretujados sobre estructuras de acero. Podríamos estar en los archivos de cualquier organismo administrativo. El olor a papel y a polvo era asfixiante. Ni Van Dieterling ni Rutherford se dignaban comentar la visita.
Otra puerta, otra vuelta de llave.
Apareció un espacio a escala humana, hundido en la penumbra. Sobre las paredes, las estanterías albergaban centenares de libros. Se sentía que la calidad del aire estaba protegida, estudiada, que había sido objeto de un riguroso cuidado. Rutherford lo confirmó.
– Aquí la temperatura no supera nunca los dieciocho grados. Y la humedad está controlada; como máximo es del cincuenta por ciento.
Me acerqué a los libros con encuadernaciones grises y lomos en los que había letras doradas grabadas. Todos tenían el mismo título, inferno 1223, inferno 1224, inferno 1225… La voz de Van Dieterling resonó detrás de mí.
– Usted sabe lo que se conoce como «infierno» en ciertas bibliotecas, ¿verdad?
– Por supuesto -dije sin apartar los ojos de los lomos numerados-. Es el lugar donde se guardan los textos prohibidos: libros eróticos, obras violentas, todos los temas sometidos a la censura.
Se acercó y pasó sus dedos sobre la fila de volúmenes apretujados.
– Todos los policías deberían ser intelectuales. Todos los policías deberían haber pasado por el seminario. En el Vaticano, estamos obligados a hacer gala de una mayor especificidad. Aquí poseemos un «infierno en el infierno», donde están catalogados todos los libros que tratan sobre el diablo.
– ¿Todas estas obras hablan del demonio?
– Una materia fecunda, que siempre nos ha interesado.
Señaló una abertura que yo no había observado, al final de la estancia.
– Adelante.
Descubrí otra habitación más pequeña aún. Un escritorio en el centro, con un ordenador; una lámpara de trabajo presidía el espacio: una sala de lectura.
– En este infierno -continuó el dignatario- hemos creado un «subinfierno» consagrado exclusivamente a los Sin Luz.
Los libros grises sobre las estanterías. Las mismas incrustaciones doradas: inferno…
– Hemos reunido aquí todos los testimonios que conciernen a las NDE negativas. Textos pero también pinturas, dibujos, todo tipo de evocaciones. Es una experiencia poco habitual, pero que se ha repetido a través de los siglos; encontramos huellas de ella en las civilizaciones más antiguas. Las palabras cambian, las creencias también, pero siempre es la misma historia. Salir del propio cuerpo, el túnel, la angustia, el demonio…
– ¿Por qué lo ocultan?
– Ya se lo he dicho. No queremos dar ningún crédito al Maligno. Imagine que los medios de comunicación se adueñaran de semejante secreto. Un viaje psíquico que permite entrar en contacto con el diablo. No oiríamos hablar de otra cosa durante meses. El satanismo ya conoce un interés renovado. Solo en Italia, actualmente estimamos en tres mil el número de sectas satánicas. No tenemos necesidad de agravar el problema.