Esclavos de la oscuridad
- Автор: Гранже Жан-Кристоф
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
¿Satán, considerado como una fuerza física y sobrenatural?
– ¿Cómo puede usted decir algo así? ¡Ya no estamos en la Edad Media!
El hombre cogió una hoja de papel con el membrete del arzobispado. Garabateó un nombre, una dirección y luego concluyó en voz baja:
– Sus cinco minutos han pasado. Si quiere saber más, vaya a ver a los especialistas de la Santa Sede. Tal vez el cardenal Van Dieterling acceda a recibirlo. -Empujó la hoja hacia mí-. Estas son sus señas.
– ¿Es un exorcista?
Corsi sacudió su morro de bulldog. Sonreía abiertamente en las tinieblas:
– ¿Un exorcista? Esta vez es usted quien está en la Edad Media.
63
Fuera, era noche cerrada.
El fenómeno era prodigioso: las cenizas revoloteaban por el aire, dibujando grandes formas que se desvanecían inmediatamente, como los estorninos en el momento de las migraciones. A dos pasos, el Duomo, la catedral de Catania, apenas se veía. Los habitantes habían abierto sus paraguas, los automóviles hacían funcionar los parabrisas, pero no había ninguna señal de pánico a la vista.
Subí por la via Etnea y encontré el coche antes de que quedara sepultado completamente. Alcé los ojos maquinalmente hacia la avenida. En la acera de enfrente, a unos cincuenta metros, una silueta, borrosa a causa de la escoria, me recordó algo. Un hombre delgado, envuelto en un largo abrigo de cuero. No alcanzaba a ver su rostro, pero destacaba la blancura de su calva. De pronto, lo supe: uno de los dos asesinos de los Alpes. Había divisado su silueta en aquel terreno en obras nevado; el mismo abrigo, la misma delgadez, la misma rigidez en la actitud.
Sin pensar, atravesé la avenida cruzando la tromba de arena. Los granos se me metían en los ojos, en las fosas nasales, en la boca. Me sentía fuerte. La multitud estaba conmigo, la tempestad estaba conmigo. El asesino no podía intentar nada. Además, algo sordo, duro, se me había quedado atravesado en la garganta: la humillación de la persecución, dos noches atrás. Todavía me veía acurrucado contra las piedras, como una bestia acorralada. Tenía una deuda de honor. Hacia mí mismo.
El hombre retrocedió y luego dio media vuelta. Aceleré el paso. Esquivé los paraguas, las escobas, las masas de hollín que caían de golpe para luego remontar hacia el cielo. Zigzagueaba entre los peatones, a ratos corría y luego me alzaba sobre la punta de los pies para localizar a mi presa.
La lluvia de cenizas no cesaba. Las fachadas, los escaparates, las aceras: el menor elemento de la avenida bombardeado, ennegrecido como la tinta fresca de un periódico. Imperceptible, todo parecía desprenderse, desmaterializarse ante mis ojos agredidos.
La sombra había desaparecido. Puse mis dos manos formando una visera, para protegerme los ojos. Nadie. Entonces eché a correr desesperado, sin rumbo fijo, tragando cada vez más escorias volcánicas. Respiración abrasadora, pulmones a punto de explotar. Una callejuela a la derecha. La tomé instintivamente, dándome cuenta en algún lugar en el fondo de mi conciencia, de que me alejaba de la multitud y no iba armado.
Cincuenta metros hasta darme cuenta de que estaba en un callejón sin salida. Cien metros para saber que estaba cayendo en una trampa. Nadie en la callejuela, ningún comerciante a la vista. Los cubos de basura y los coches aparcados eran los únicos testigos. Me detuve, con todos los sentidos alerta.
En cuanto retrocedí, el asesino salió de un portal. Los faldones de su abrigo de piel dibujaban dos líneas oblicuas con respecto al suelo. Me volví. Frente a mí, el segundo asesino me cortaba el paso. Tan grande, tan ancho que sus brazos abiertos parecían tocar los muros de los dos lados del callejón. Llevaba el mismo abrigo negro que el otro, pero de tamaño gigante. Ninguno de los dos tenía rostro. Eran dos manchas informes grises y pigmentadas, cubiertas de polvo. Acudían a mi mente semblantes atormentados, monstruosas muecas de arcilla, máscaras hormigueantes de gusanos. Y lejos, muy lejos, en algún lugar de mi mente, una voz me decía: «Conozco a estos dos hombres. Los he visto, en algún sitio, alguna vez».
Miré nuevamente hacia atrás. En la mano enguantada del asesino calvo había aparecido una automática mitad de hierro, mitad de acero, provista de un silenciador. Antes de que intentara reaccionar, el hombre apretó el gatillo. No pasó nada. Ni una chispa, ni una detonación, ni desplazamiento de la corredera, nada.
Las cenizas. ¡Habían encasquillado el arma! Me giré y golpeé a ciegas con los dos puños. El obeso también había desenfundado el arma. El golpe la hizo saltar. Lo empujé dándole un golpe en el hombro y corrí hacia el contorno indeciso de la avenida.
Estaba aterrorizado, pero no tanto como para perder el sentido de la orientación. En pocos segundos había llegado a mi coche. Mando a distancia; sin resultado. El polvo también había obturado el receptor de la señal. Una blasfemia ahogada; boca terrosa. Probé con la llave; no hubo manera de meterla. Otra vez el hollín. Los segundos volaban. Encontrando en mí un poco de sangre fría, me arrodillé y soplé la cerradura suavemente, muy suavemente.
La llave se introdujo en ella. Subí al Fiat Punto. Contacto. Derrapé y luego me lancé de lleno a la circulación. Dos virajes y ya estaba lejos.
En realidad no estaba en ningún sitio concreto, pero estaba vivo.
Una vez más.
El aeropuerto de Catania estaba cerrado desde el día anterior. Para volar a Roma tenía que salir de otra gran ciudad. Ojeada al mapa. Podía llegar a Palermo en dos horas. Con un poco de suerte, de allí despegaría algún vuelo.
Orientándome hacia la salida de la ciudad, llamé al aeropuerto de Palermo; a las siete menos veinte salía un vuelo a Roma. Eran las tres y media. Reservé una plaza; luego colgué, limpiándome los ojos, expectorando por la nariz y la boca. Tenía la impresión de estar tapizado de partículas incluso dentro de mi cuerpo.
Conduje. Y conduje. Sin parar. Dejé atrás Enna a las cuatro y media; luego Catanissetta, Resuttano, Caltavuturo. A las cinco, bordeé el mar Tirreno y atravesé Bagheria. A las seis llegué al aeropuerto Palermo Punta Raisi. Respetar las normas. Devolví el coche a la agencia y corrí hacia el mostrador de facturación. A las seis y media, le entregaba la tarjeta de embarque a la azafata. Parecía un espantapájaros; cada pliegue de mi abrigo encerraba ríos de polvo, pero seguía en circulación, con la bolsa en la mano y el expediente pegado al corazón.
Solo entonces, sentado en primera mientras el auxiliar de vuelo me ofrecía una copa de champán, me relajé. Consideré, objetivamente, una evidencia: por alguna razón desconocida, era un hombre sentenciado. Investigaba un expediente por el que se me debía eliminar, para impedirme progresar. ¿De qué expediente se trataba? ¿El de Sylvie Simonis o el Agostina Gedda? ¿Eran uno solo? ¿No habría en juego algo de mayor envergadura detrás de esos asesinatos?
Pensé en mi visita a Malaspina. Ya me había hecho una opinión sobre el estado mental de Agostina. Una esquizofrénica, candidata al manicomio. Yo no era ni psiquiatra ni demonólogo, pero la joven sufría un desdoblamiento de personalidad y necesitaba tratamiento urgentemente. ¿Por qué no estaba hospitalizada? ¿Los abogados de la Curia preferían mantenerla en observación en Malaspina?
Los expertos eclesiásticos no tenían interés en su salud mental. Tampoco intentaban defenderla ante la justicia italiana. Nadie en el Vaticano se preocupaba de la ley secular. Simplemente, querían comprender cómo una persona salvada por un milagro de Dios podía acabar bajo las garras del Maligno. O, para hablar claro, determinar si podía existir un milagro de ese tipo realizado por el diablo. Lo que significaba probar, físicamente, la existencia de Satán.
Era cierto que durante mi visita habían ocurrido hechos inexplicables. El olor fétido, el frío repentino. Había sentido la presencia del Otro… Pero también podía haberse tratado de una jugarreta de mi imaginación.