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Esclavos de la oscuridad

Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:

Una novela deslumbrante que explora el filo entre la vida y la muerte, lo divino y lo satánico.
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
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Corvelho fue ejecutado en 1542 durante el segundo auto de fe de Lisboa, junto a centenares de judíos acusados de herejía. Se mandó una nota sobre él a la Santa Sede. Ya entonces, el Palacio Apostólico agrupaba a los autores de esos testimonios bajo el nombre de «Sin Luz». También se los llamaba los «pasajeros del limbo».

Miré el reloj: casi las dos del mediodía. Debía darme prisa. Recorrí rápidamente los testimonios de los siglos XVII y XVIII. A partir de entonces, los hombres del Santo Oficio siempre trataban de conocer los actos posteriores del testigo. Siempre se repetía la misma caída. Violaciones, torturas, asesinatos. Carne de horca o de cadalso.

Los pasajeros del limbo.

Un ejército de asesinos a través de la historia.

Me detuve al azar en una cita más larga, que databa del siglo XIX. En el año 1870, Simon Boucherie, un médico forense francés, había reunido los testimonios de numerosos asesinos que estaban en prisión. Esperaba crear un archivo sobre sus desviaciones y descubrir las causas de la pulsión criminal. Boucherie identificó dos causas principales, aparentemente contradictorias. El factor sociaclass="underline" «no se nace criminal; alguien se convierte en criminal por culpa de la sociedad y de la educación», y el factor hereditario: «se nace criminal; una alteración de la sangre conduce a la violencia».

Conocía a ese forense y sus teorías confusas. Lo que ignoraba era que ese hombre, al final de su vida, se había dedicado a una tercera vía: la de la «visita».

Su caso de estudio era Paul Ribes, encarcelado en 1882 en la cárcel de Saint-Paul de Lyon. Asesino reincidente, Ribes había sido detenido por el asesinato de Emilie Nobécourt. Apuñaló a su víctima, la descuartizó y luego la cortó en doce partes. Una vez entre rejas, el hombre confesó otros ocho asesinatos, perpetrados siempre en el barrio de la Villette de Lyon.

Cuando Boucherie le pidió que escribiera sobre su experiencia criminal, Ribes insistió en lo que llamaba «la fuente de su desgracia»: una pérdida prolongada de conocimiento después de un traumatismo craneal a la edad de veinte años. Los investigadores pontificios se habían procurado el original del testimonio. El expediente incluía una copia escaneada del texto manuscrito. Escogí leer el texto escrito por la mano torpe del asesino lionés.

[…] Mientras estaba sin conciencia, he soñado. Los doctores me dicen que es imposible, pero lo juro, he soñado. […] He salido fuera de mi cuerpo. Cuando escribo esto, yo mismo no puedo explicarlo pero ya no estaba en mi cuerpo. Flotaba en la sala del dispensario. Me acercaba al techo y sentía un miedo que me rodeaba como una niebla… Lo recuerdo: escuchaba el siseo de las lámparas de gas, sentía su olor…

[…] Luego he atravesado el techo. Ya no sabía dónde estaba. Todo era negro. Al cabo de cierto tiempo, localicé un orificio, un pozo, precisamente encima de mí. Podía ver las piedras de las paredes. Eran rostros. Gentes que gritaban en silencio. Era horroroso. Al mirar al fondo del pozo he sentido vértigo y he caído…

Quería gritar pero la velocidad me lo impedía; de todas maneras, yo ya no tenía ni rostro, ni boca, ni nada… Y luego, poco a poco, los gemidos me han acunado, los rostros con su sufrimiento me han serenado… Esas cabezas que sangraban (estaban heridas) se convertían en vestiduras cálidas, suaves, reconfortantes…

Entonces lo he visto. Bajo una corteza roja, estaba allí, rodando, girando, muy cerca de la pared… Me ha hablado. No podría decir qué lenguaje ha utilizado pero lo he comprendido. Oh sí, lo he comprendido en el fondo de mí mismo. Mi vida entera desde mi nacimiento se ha vuelto pura, transparente y más aún lo que viviría, lo que haría… No puedo decir nada más pero suplico a los que me leerán que me crean. Sea lo que sea, lo hice porque no tenía elección. Nunca he vuelto a tener elección…

Paul Ribes fue trasladado a Riom en mayo de 1883. De allí, pasó a la cárcel de Saint-Martin-de-Ré, en la isla de Ré, y luego fue enviado al presidio de Cayena. Murió de malaria cinco años más tarde, en agosto de 1888. Según el informe del médico del presidio, Ribes dijo durante su agonía: «No temo la muerte. De ella vengo».

Los investigadores de la Santa Sede habían adjuntado una segunda nota. El doctor Boucherie fue asesinado en 1891, mientras seguía trabajando sobre la «tercera vía», buscando nuevos testimonios a través del mundo. Lo apuñalaron en los alrededores de la cárcel peruana de Piedras Negras, cerca de Lima.

Pensé en Luc. Habría apreciado esos testimonios. Una evidencia empezaba a tomar forma. Un giro crucial para mi investigación. «He encontrado la garganta», le había dicho a Laure. Hablaba de esta experiencia de muerte inminente negativa. También podría haber dicho: «He encontrado el pozo» o «el abismo», uno de los términos utilizados por esas personas salvadas milagrosamente. Sí,

Luc había descubierto el rastro de los Sin Luz. ¿Había estado allí? ¿Había llegado a un acuerdo con Van Dieterling? No. En tal caso, el cardenal no habría tenido interés en mi expediente. ¿Qué camino había tomado? ¿Cómo había descubierto el ejército del limbo?

Miré por encima los expedientes que seguían. Entre ellos había un resumen de la obra inglesa Phantasms of the Living (1906), que reproducía un pasaje del diario del capellán de la cárcel de Birminghan en las West Midlands. El religioso, aterrorizado, evocaba el caso de un poseso preso en esa institución, «un hombre que había viajado fuera de su cuerpo y había conocido al demonio». Solicitaba para el recluso una cama en el Manchester Royal Lunatic Hospital, un importante establecimiento psiquiátrico de la época.

Me detuve en un caso similar, mencionado treinta años más tarde por una pareja de investigadores estadounidenses, Joseph Banks y Louisa Rhine, pioneros de la parapsicología científica. Estos investigadores de la Universidad de Duke, en Carolina del Norte, habían recopilado miles de declaraciones sobre esas experiencias inexplicables. En sus archivos citaban el caso de Martha Battle, declarada muerta y reanimada posteriormente, en 1927, en Mineápolis, Minnesota. Según sus familiares, al despertar, la mujer había perdido el juicio. Pretendía haber viajado por un «valle oscuro» donde «Satán la esperaba para hacerle el amor». Martha fue detenida dos años más tarde después de haber envenenado a siete niños. Finalmente, la colgaron en la horca en el estado de Missouri.

Esperaba que la puerta se abriera de un momento a otro. No obstante, leí otro testimonio. Un fragmento de los apuntes personales de John Goldblum, psiquiatra estadounidense que, en el tribunal militar de Nuremberg, en enero de 1946, había interrogado a los jefes nazis a fin de llevar a cabo exámenes psiquiátricos.

Entre los oficiales interrogados, el médico Karl Lierbermann, que había hecho estragos en los campos de Sachsenhausen y Auschwitz, respondía al típico perfil de los Sin Luz. Los censores del Santo Oficio habían traducido un pasaje del interrogatorio de Goldblum.

– No trabajaba para el Führer, ni para el Tercer Reich.

– ¿Para quién trabajaba, entonces?

– Todo lo que he hecho, ha sido siguiendo sus órdenes.

– ¿A quién se refiere?

– En mi juventud, antes de la guerra, viví una experiencia.

– ¿Qué experiencia?

– Un accidente cerebral. Estuve muerto y resucité.

– ¿Qué relación tiene eso con sus… trabajos?

– Mientras estaba muerto, él entró en contacto conmigo.

– ¿Quién es «él»?

– Satán. La Bestia. El Tentador. El Malo. Llámelo como le plazca. Cada nombre solo será una mentira más. Un intento fallido de caracterizarlo.

(Silencio.)

– ¿Eso es todo lo que ha encontrado como estrategia de defensa?

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