Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » Esclavos de la oscuridad
Esclavos de la oscuridad - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Esclavos de la oscuridad

Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:

Una novela deslumbrante que explora el filo entre la vida y la muerte, lo divino y lo satánico.
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
1 ... 86 87 88 89 90 91 92 93 94 ... 162
Перейти на страницу:

– No tengo nada de que defenderme.

(Silencio.)

– Ese diablo, ¿cómo era?

– No tiene aspecto. No lo necesita. Está en nosotros.

– ¿Qué le ha dicho ese diablo?

– No se ha expresado. No en el sentido en el que usted lo entiende.

– ¿Qué quería? ¿Cómo describiría lo que quería?

– ¿Quiere conocer su voluntad? Mire lo que he hecho en los campos. Mire lo que mis manos han inyectado. Antes de mi muerte cerebral, mi vida era un interrogante. Después, mi vida ha sido la respuesta.

La conclusión del expediente precisaba:

Karl Lierbermann fue condenado a muerte y ejecutado en marzo de 1947, principalmente por su responsabilidad en los experimentos realizados en humanos con el gas mortal iperita en Sachsenhausen en 1940, y en segundo lugar, por su contribución a las experiencias sobre las bajas temperaturas y su participación en el programa de esterilización, incluidas la castración y la exposición a los rayos X, en el campo de Auschwitz.

Los pasajeros del limbo. La legión de las tinieblas. No solo unos asesinos, sino torturadores, sádicos, manipuladores, que actuaban en todos los registros del mal. A la manera de ángeles negros que multiplicaran los rostros.

Me aferraba a la idea de que esos hombres y mujeres simplemente habían sufrido un trauma psíquico. Pero la tentación de afirmar que se habían encontrado con el diablo, el verdadero, entre la vida y la muerte, era grande. Un diablo que acechaba a sus víctimas en los confines de la conciencia humana. Un poder negativo que esperaba que la puerta se abriera para atrapar las almas, tal como los agujeros negros absorben la luz en su campo cósmico.

Cuatro de la tarde

Todavía quedaban numerosos testimonios, las fechas se acercaban las unas a las otras cada vez más. Miré algunos por encima. Una mujer chipriota que en el servicio de reanimación había tenido la sensación de convertirse en un bloque de hielo mientras que sus manos ardían, hasta el momento en el que había visto surgir una «luz rosa». Un hombre que, tras sufrir un infarto, creía haberse convertido en las bolsas de perfusión suspendidas a su lado en ganchos de carnicero. Después de salir de su cuerpo, había penetrado en un túnel donde una voz le había advertido: «Morirás». Solo entonces, recuperó el sosiego y vio aparecer una forma zoomórfica detrás de una corteza rojiza.

Hice clic al azar sobre un informe de la policía federal de Saint Louis, Missouri, con fecha 2 de mayo de 1992, firmado por el detective Sam Hill. Dicho informe se refería al fallecimiento de Andy Knighdey, de dieciséis años, a quien habían disparado a quemarropa a la una de la mañana en el Distrito 7.°. «El último», me dije.

Andy había sido encontrado muerto, con una bala en el pecho disparada por un fusil de percusión calibre 12. La nota precisaba que se trataba de un gueto de Saint Louis, de población negra, donde se enfrentaban dos bandas, los Crips y los Bloods. Por lo tanto, Andy Knighdey era un afroamericano de pura cepa.

La continuación del texto era sorprendente. Los servicios de urgencia consiguieron reanimar a Andy; el detective Hill lo llamaba «deadmatt». Al sexto electrochoque el corazón empezó a latir nuevamente. Conectado a la respiración asistida y a la perfusión, Andy fue trasladado al servicio de reanimación del hospital bautista de Saint Louis. Diez días más tarde, el gamberro, esposado a su cama de hospital, era interrogado por Sam Hill.

El expediente informático iba acompañado de un audio con una grabación sonora enviada por los servicios policiales de Saint Louis. No obstante, un comentario advertía sobre el acento afroamericano del joven gangsta, así como de una particularidad de su banda: Andy Knighdey, en tanto que miembro de los Crips, tenía prohibido pronunciar palabras que empezaran con la letra «B», la letra del enemigo: los Bloods. De modo que siempre las evitaba.

Probé fortuna con la grabación. No podía resistir la tentación de escuchar un testimonio de viva voz.

Puse la grabación en avance rápido hasta llegar al pasaje clave.

– Tío, he notado que me iba.

– ¿Has sentido que morías?

– No, tío. He salido de mi cuerpo.

– ¿Cómo?

– No puedo explicarlo. Pero ya no estaba en mi cuerpo. Volaba sobre la calle mientras los maderos llegaban en sus cochazos. Podía ver sus luces girando y todo mi distrito. Un verdadero viaje, tío; como en un helicóptero.

– ¿Estabas despierto?

(Risita sarcástica.)

– Tío, estaba muerto. Lo sabía, pero me tenía sin cuidado. El faro me llamaba.

– ¿Qué faro?

– El faro rojo en el fondo del agujero.

– Habías tomado drogas.

– Estaba muerto y el faro estaba en el fondo del agujero. ¿Lo pillas?

– Sigue.

– Flotaba ahí adentro. Como en un cañón, con las paredes que se movían. Y había voces que lloraban.

– ¿Qué voces?

– Rostros. Era oscuro, pero podía verlas a pesar de todo. Era como una tele mal sintonizada.

– ¿Qué decían esos… rostros?

– Lloraban, nada más. He reconocido a muchos… Hasta estaba mi madre.

– ¿Lloraban porque habías muerto?

(Risa sarcástica.)

– No creo que mi madre llore el día de mi muerte.

– ¿Por qué lloraban?

– Se sentían mal. Tenían miedo.

– ¿De qué?

– Del faro. La luz roja se acercaba. Como un ojo.

– ¿Un ojo?

– Sí, tío. Un ojo que sangraba, que respiraba. Y me decía cosas…

– ¿Qué cosas?

– Imposible decírtelas.

– ¿No las comprendías?

– Las comprendía. Pero es un secreto.

– ¿Quién te hablaba? ¿Una presencia… divina?

(Carcajadas.)

– Tío, no has entendido nada. El que me hablaba era Lucifer.

– ¿El diablo?

– Sí, el ojo, la sangre y la voz. He comprendido el mensaje perfectamente.

– ¿Qué mensaje?

– Tío, estoy en el buen camino. No hay nada más que debas saber.

El pasaje terminaba con esta conclusión en forma de profecía. Y en efecto: una nota precisaba que Andy había sido abatido el año siguiente por los hombres del SLPD (Saint Louis Police Department), después de haber matado a once personas en una iglesia de su misma confesión. Según los testigos, Andy gritaba que había Bloods por todas partes; sin embargo la parroquia, en plena misa, solo estaba llena de mujeres y de niños.

Ya tenía bastante. Cogí mi libreta. Van Dieterling no podía impedir que tomara notas. Escribí a toda prisa los puntos comunes de esos testimonios. Resumí en pocas palabras cada etapa: «salida del cuerpo», «abismo, pozo, valle, túnel, orificio, cañón, caverna», «rostros, gemidos», «angustia, bienestar», «luz roja, faro, ojo», «hielo, escarcha, lava, sangre», «diablo, maligno, “él”, Lucifer»…

Levanté mi pluma, golpeado por una verdad contundente.

Al descubrir «la garganta» de los Sin Luz, Luc no había sentido terror, como yo. Y mucho menos, escepticismo. A sus ojos, esa experiencia era un medio perfecto para entrar en contacto con el diablo. Una prueba física del poder oscuro en el que él siempre había creído.

¿Qué debía de haber descubierto a continuación, para llegar a renunciar a su investigación y a su vida? Me sequé el sudor de la frente con la manga de la chaqueta. Estaba guardando la libreta en mi bolsillo cuando la voz del cardenal resonó detrás de mí:

– ¿Convencido?

69

La pregunta no necesitaba respuesta. Volví la cabeza. El cardenal Van Dieterling se acercó. Parecía que resbalara suavemente sobre el suelo.

– ¿De modo que Agostina Gedda pertenece a esta serie? -pregunté.

– Ella nos ha hecho partícipes de su experiencia, sí. Supongo que se la contó.

1 ... 86 87 88 89 90 91 92 93 94 ... 162
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)