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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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V.: Muy justo.

P.: Vayamos a las demandas de depósitos… a las cuentas de cheques. Algunos banqueros han manifestado que están dispuestos a pagar interés para las cuentas de cheques, pero las leyes federales lo prohíben.

V.: La próxima vez que algún banquero le diga eso, pregúntele si nuestro poderoso cuerpo bancario en Washington ha hecho algo últimamente para cambiar la ley. Si alguna vez ha habido algún esfuerzo en esa dirección, yo no estoy enterado.

P.: ¿Sugiere usted por lo tanto que la mayoría de los banqueros no quiere que cambie la ley?

V.: No lo estoy sugiriendo. Lo sé. La ley que impide el pago de intereses en las cuentas corrientes es muy conveniente si uno es propietario de un banco. Fue introducida en 1933, poco después de la Depresión. Tenía el objeto de fortalecer a los bancos, porque muchos habían quebrado en los años anteriores.

P.: ¿Y eso fue hace más de cuarenta años?

V.: Exactamente. La necesidad de esa ley ha caducado hace tiempo. Permita que le diga algo. En este mismo momento, si todas las cuentas corrientes de este país fueran sumadas, totalizarían más de 200 mil millones de dólares. Puede usted jurar que los bancos ganan intereses con este dinero, pero los depositantes… los clientes del banco… no reciben un centavo.

P.: Ya que usted es un banquero, y su propio banco se beneficia con la ley de la que hablamos, ¿por qué propicia usted un cambio?

V.: Por un motivo: creo en la justicia. Y, además, los bancos no necesitan las muletas de todas esas leyes protectoras. En mi opinión podemos hacer algo mejor… con esto me refiero a mejorar el servicio público… y otorgar más beneficios.

P.: ¿Ha habido recomendaciones en Washington acerca de algunos de los cambios de los que usted habla?

V.: Sí. El informe de la comisión Hunt de 1971, y la legislación propuesta a la que dio resultado, que beneficiaría a los consumidores. Pero todo el asunto está estancado en el Congreso, por intereses especiales… incluidos los de nuestro cuerpo bancario… que detienen el progreso.

P.: ¿Prevé usted antagonismo por parte de otros banqueros por la franqueza con la que se ha expresado?

V.: De verdad no he pensado en la cosa.

P.: Además de los intereses bancarios, ¿tiene usted alguna visión general del escenario económico corriente?

V.: Sí, y una visión general no debe limitarse a la economía.

P.: Por favor, hable de su visión general… y no se limite.

V.: Nuestro mayor problema y nuestro mayor fallo como nación, es que casi todo, hoy en día, está dirigido contra el individuo y a favor de las grandes instituciones, los grandes sindicatos, los grandes bancos, el gran gobierno. De manera que un individuo no sólo tiene dificultades para salir adelante y conservar su puesto, sino que con frecuencia tiene dificultad hasta para meramente sobrevivir. Y cuando pasan cosas malas… inflación, devaluación, depresión, déficits, impuestos más altos, incluso guerras… no son las grandes instituciones las que sufren, por lo menos no tanto; es el individuo, todo el tiempo.

P.: ¿Ve usted algún paralelo histórico con esto?

V.: Los veo, en verdad. Parecerá raro que diga esto, pero creo que el más parecido es el de Francia antes de la Revolución. En aquella época, pese a la inquietud y la mala economía, todos supusieron que los negocios iban a producirse como de costumbre. En lugar de esto la muchedumbre, compuesta por individuos que se habían rebelado, derrocó a los tiranos que les oprimían. No sugiero que nuestras condiciones actuales sean precisamente las mismas, pero, en muchos sentidos, estamos terriblemente cerca de la tiranía, que está, una vez más, en contra del individuo. Y decir a la gente que no puede alimentar a su familia a causa de la inflación que «Nunca lo han pasado mejor», es tan malo como decirles «Que coman bizcochos». Por eso digo que, si queremos preservar lo que llamamos nuestra forma de vida, y la libertad individual que afirmamos valorar, es mejor que empecemos a pensar y a actuar otra vez en favor de los intereses del individuo.

P.: Y en su propio caso, usted ha empezado por hacer que los bancos sirvan más al individuo.

V. : Sí.

– ¡Querido, es magnífico! ¡Estoy orgullosa de ti, y te quiero más que nunca! -Aseguró Margot a Alex, cuando leyó un ejemplar adelantado, un día antes de que se publicara la entrevista.- Es lo más honrado que he leído en mi vida. Pero los otros banqueros van a detestarte. Querrán comerse tus testículos como desayuno.

– Algunos lo harán -dijo Alex-. Otros no.

Pero ahora que había visto las preguntas y las respuestas impresas, y pese a la oleada de éxito que lo arrastraba, se sintió levemente preocupado.

3

– Lo que te ha salvado de que te crucificaran, Alex -declamó Lewis D'Orsey- es que se trataba del «New York Times». Si hubieras dicho lo que has dicho para otro diario del país, tus compañeros directores te hubieran negado y te habrían arrojado como a un paria. El «Times» te ha salvado. Te ha envuelto en su respetabilidad, pero no me preguntes por qué.

– Lewis, querido -dijo Edwina D'Orsey-, ¿quieres dejar de discursear y servir más vino?

– No estoy discurseando -Lewis se levantó de la mesa donde cenaban y trajo una segunda botella de Clos de Vougeot 62. Aquella noche Lewis parecía tan diminuto y poco alimentado como de costumbre. Prosiguió-: Estoy hablando con lucidez y calma del «New York Times» que, en mi opinión, es un harapo inefectivo, y su prestigio no merecido un monumento a la imbecilidad norteamericana.

– Tiene más circulación que tu periódico -dijo Margot Bracken-. ¿Es por eso por lo que no te gusta?

Ella y Alex Vandervoort estaban invitados a comer en el elegante pent-house de Cayman Manor, de Lewis y Edwina D'Orsey. Sobre la mesa, con suave luz de velas, el mantel, el cristal y la pulida plata brillaban. A lo largo de uno de los amplios ventanales del comedor se enmarcaban las temblorosas luces de la ciudad, allá abajo. En medio de la luz una sinuosa oscuridad señalaba el curso del río.

Había pasado una semana desde la publicación de la controvertida entrevista de Alex.

Lewis se sirvió un medallón de carne y contestó a Margot con desdén:

– Mi periódico quincenal representa la alta calidad y el elevado intelecto. La mayoría de los diarios, incluido el «Times», son una vulgaridad.

– ¡Dejad de pelear! -exclamó Edwina, volviéndose hacia Alex-. Por lo menos una docena de personas de las que vinieron esta semana a la sucursal central me dijeron que habían leído el artículo y que admiraban tu franqueza. ¿Qué reacción hubo en la Torre?

– Mezclada.

– Apostaría a que sé quién no la aprobó.

– Tienes razón -dijo Alex, riendo-. Roscoe no dirigió el grupo de los aplausos.

La actitud de Heyward, recientemente, se había vuelto más ácida que de costumbre. Alex sospechaba que Heyward estaba envidioso, no sólo por la atención que se prestaba a Alex, sino también a causa del éxito de la campaña de ahorros y de las tiendas de dinero, cosas a las que se había opuesto Roscoe.

Otra predicción derrotada de Heyward y sus sostenedores en la Dirección se refería a los 18 millones de dólares de depósitos de las instituciones de ahorro y préstamo. Aunque las gerencias de las instituciones habían resoplado y rezongado, no habían retirado sus depósitos del First Mercantile American. Y tampoco, según era ahora evidente, pensaban hacerla.

– Aparte de Roscoe y algunos otros -dijo Edwina- he oído decir que tienes mucha popularidad estos días entre el personal.

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