Tiempos de gloria [Glory Season - es]
- Автор: Брин Дэвид
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6585-7
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:
—¿Nos llevaréis de vuelta a cuando los hombres eran… el cincuenta por ciento?
La risa rompió el ceño fruncido de Kiel.
—¡Oh, no estamos tan locas! Por ahora, nuestro objetivo a corto plazo es solamente descongelar el proceso político. Poner en marcha algunos debates. Poner más que unas pocas representantes veraniegas testimoniales en el Alto Consejo. ¿No te parece que merece la pena apoyar eso, pienses lo que pienses de nuestros sueños a largo plazo?
—Bueno…
—Maia, me encantaría poder decir a las demás que estás con nosotras.
Kiel intentaba mirarla a los ojos. Maia prefirió esquivarla. Tras una pausa que duró un buen rato, hizo un rápido gesto de asentimiento a medias con la cabeza.
—Todavía no. Pero… escucharé el resto.
—No podemos pedir más. —Kiel le palmeó el hombro—. Con el tiempo, espero que puedas perdonarnos por haberte subestimado estúpidamente. Ésa será la última vez, te lo prometo.
»Y mientras tanto, ya que has demostrado ser una mujer de acción, ¿qué mejor que elegirte como una de las guardaespaldas de nuestro invitado, eh? No le quites ojo de encima. ¡Impide que nadie le ponga nada en la comida, como nosotras hicimos en Grange Head! ¿Qué mejor forma de asegurarte de que seremos honradas contigo? ¿Te parece aceptable?
Kiel era sibilina, pero la oferta parecía sincera. Maia respondió a regañadientes.
—Aceptable —dijo en voz baja. Era irritante saber que Kiel podía leer en ella como en un libro abierto.
Piezas de juego yacían dispersas por toda la escotilla de la bodega de carga: pequeñas losas blancas y negras con sensores como bigotes de gato asomando de sus lados y esquinas.
Al principio, Maia se maravilló de la meticulosa precisión con que estaba construida cada pieza. Pero, después de pasar toda la mañana dando cuerda uno tras otro a todos los mecanismos, contemplarlas perdió parte del romanticismo. Por fortuna, los eficientes aparatitos sólo necesitaban unas cuantas vueltas de llave. Sin embargo, Renna y Maia apenas habían terminado de preparar la mitad de las mil seiscientas piezas del juego cuando llamaron para almorzar.
¿Cómo sigo dejándome convencer para meterme en cosas raras como ésta?, se preguntó Maia mientras se incorporaba y estiraba sus brazos doloridos. Por la noche estaré hecha un desastre. Con todo, era mejor que pelar patatas o las otras tareas «ligeras» que le habían asignado desde que la dejaron levantarse. Y la perspectiva de su primera partida en regla de Vida la tenía intrigada, incluso excitada.
Maia supervisó diligente la comida de Renna, asegurándose de que procedía de la olla común y de que los utensilios estaban limpios. Ciertamente, nadie esperaba un intento de asesinato allí, en la Madre Océano. Era más probable que alguien de la tripulación intentara drogarlo sólo para acallar el interminable diluvio de preguntas del alienígena. Siempre era fácil encontrar a Renna a bordo. Sólo había que buscar una perturbación en la rutina de los marinos. En el alcázar, por ejemplo, donde el capitán Poulandres y sus oficiales se quedaban con una expresión preocupada después de largas sesiones de amistoso interrogatorio. O agarrado precariamente en lo alto de las jarcias, mirando a los marineros por encima del hombro mientras trabajaban, inquietando a su pareja de protectoras, Thalla y Kiel, que observaban ansiosamente desde abajo.
Cuando Renna mencionó su curiosidad sobre cómo se jugaba en el mar al Juego de la Vida, Poulandres aprovechó la oportunidad para desviar la atención del extraño pasajero. Esa tarde tendría lugar una partida de desafío. Renna y Maia contra el grumete mayor y el pinche de cocina.
Eh, pensó Maia en aquel momento, ¿me ha oído alguien ofrecerme voluntaria?
No es que le importara realmente, aunque las muñecas le dolían por los interminables y repetitivos giros para dar cuerda a las piezas. Un fresco viento del este llenó los generadores del Manitú e hinchó sus velas, haciendo que los mástiles crujieran suavemente bajo la tensión. También llenó los pulmones de Maia de creciente esperanza. Tal vez las cosas salgan bien esta vez.
Voy a ver el Continente del Aterrizaje.
Si Leie estuviera aquí, podríamos verlo juntas.
Al contrario que el viejo y chirriante Wotan, éste era un navío veloz, construido para transportar cargas ligeras y pasajeros. Sus marineros eran miembros dignos y bien vestidos de una prestigiosa cofradía. Los grumetes, recién elegidos de sus clanes maternos, ejecutaban las órdenes con rapidez entusiasta. Maia encontró impresionante, a la vez que algo pomposo, el uniformado esplendor de los oficiales.
Tras, su estancia en Valle Largo, donde los hombres eran más escasos que los lúgars, le parecía extraño vivir con tantos a su alrededor. Su experiencia con la droga Beller minaba su confianza en la segura promesa de docilidad masculina que traería el invierno. ¿Cómo era antes de Lysos?, se preguntó. No se sabía qué hombres eran peligrosos, ni cuándo.
Observaba disimuladamente a los marineros, comparándolos con Renna, el alienígena. Incluso las cosas obvias eran sorprendentes. Por ejemplo, sus ojos eran de un tono castaño oscuro rara vez visto en Stratos, y los tenía anormalmente separados. Y su larga nariz le daba el aspecto de un pájaro siempre curioso. Leves diferencias, en realidad. Pero si Renna no es del espacio exterior, es de un sitio igualmente extraño, pensó Maia.
Otras diferencias eran más profundas. Renna estaba siempre mirando. Su agudeza visual era buena; simplemente ansiaba más luz, como si el día en Stratos fuera más oscuro de lo habitual para él. Compensaba eso con una sorprendente sensibilidad al sonido. Maia sabía que podía escuchar los chistes que la gente hacía sobre él.
Nadie se burlaba de su barba, ahora lustrosa, rizada y oscura. Una barba de verano que pocos hombres de Stratos podían igualar en esta época del año. Pero no faltaban las burlas en lo concerniente a su dieta. La comida normal del barco estaba bien: sopa de grano y legumbres, complementadas con guiso de pescado. Pero él rehusó amablemente la carne roja del frigorífico del barco, alegando «alergia a las proteínas», y no quería beber agua del mar bajo ningún concepto. El cocinero, gruñendo por los «remilgados niñatos de tierra», abrió una vasija de agua fresca sólo para él. Kiel se encogió de hombros y la pagó.
Maia sentía que había superado los cálidos sentimientos que habían llenado su soledad en el santuario—prisión. Excepto por su inteligencia y su esencial bondad, Renna no se parecía en nada a la persona que había imaginado mientras intercambiaban mensajes codificados en la oscuridad. Era sólo otra pérdida, y no era culpa de nadie en concreto.
Sin embargo, ¿por qué se sentía ocasionalmente abrumada por ilógicos sentimientos de celos cuando Renna pasaba el tiempo charlando con Naroin, o Kiel, o con cualquier otra joven var? ¿Me siento atraída hacia él de un modo… sexual? Parecía improbable, dada su juventud.
Aunque lo estuviera, ¿de qué servirían los celos?
Maia se replegó en sí misma. Algunos pensamientos parecían hacerla sentir herida por dentro. Otros provocaban desorientadoras oleadas de calor, o de desolación.
Y puede que, una vez más, esté haciendo una montaña de un grano de arena.
Hablar de su confusión con alguien podría haberle servido de ayuda, pero Maia no se sentía cómoda confiando en desconocidas. Para eso, siempre había tenido a Leie.