Tiempos de gloria [Glory Season - es]
- Автор: Брин Дэвид
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6585-7
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:
Llamaron a la puerta, que empezó a abrirse. Thalla asomó la cabeza.
—¿Todo va bien? —preguntó la fornida mujer.
—¡Oh! Muy bien, magnífico… Ya salgo. —Con un suspiro, Maia se apoyó en el borde de la bañera para incorporarse.
—No seas tonta. ¡Acabas de meterte! —la reprendió Thalla—. Acabo de enterarme de que la posadera va a hacer una colada. Le vamos a dar nuestra ropa sucia. ¿Quieres que te laven también la tuya? —Señaló el sucio atuendo del suelo.
Maia dio un respingo ante la idea de tener que volver a ponerse aquella ropa otra vez, pero era todo lo que poseía.
—Sí, por favor. Eres muy amable.
Thalla recogió la ropa.
—No hay de qué. Disfruta del baño. Y que tengas toda la suerte del mundo.
Cerró la puerta y Maia volvió a hundirse en la bañera, saboreando cómo el calor la inundaba de nuevo. Había sido decepcionante pensar que se había acabado tan pronto. ¡Ahora se sentía más feliz que si no la hubieran interrumpido! Pero no todo se fundía en el agua caliente. El sonido de la locomotora, su eléctrico zumbido a lo largo de los raíles, aún perduraba en su cabeza. Tampoco, por mucho que lo intentara, podía Maia apartar todas sus preocupaciones.
Quedarse en tierra estaba fuera de toda duda. Tizbe y las Jopland sin duda la encontrarían. El mar era su única opción. Con lo que había aprendido sobre navegación (y sobre el Juego de la Vida) tal vez algún capitán se convenciera para ponerla a prueba en una tripulación, no sólo como pasajera de segunda clase. Lo ideal sería un empleo que le durara hasta finales de la primavera, cuando la estación del celo obligaba a las mujeres a desembarcar. A esas alturas, ya habría podido ahorrar un crédito o dos.
En justicia, le correspondía una pequeña porción de la recompensa que Kiel y Baltha habían ido a recoger. Maia confiaba en que Renna la defendiera en eso, aunque por el tamaño del grupo de huida, su parte probablemente no sería muy grande.
También estaba el asunto de su cita con la investigadora de la SEP, retrasada por circunstancias ajenas a su voluntad. ¿Era demasiado tarde para que cumpliera su promesa? ¿Sería suficiente su declaración ante una magistrada local? Parte de su determinación era por una cuestión personal. Tizbe Beller me encerró para impedirme hablar. ¡Así que eso es exactamente lo que haré! De todas las sensaciones que la acariciaban (libertad, limpieza, el lujo físico del baño), saboreó unos minutos la de venganza. Las Beller y las Jopland lamentarán haberme convertido en su enemiga, juró, grandilocuente.
No fue un ruido lo que llamó la atención de Maia sino que, gradualmente, se fue sintiendo incómodamente consciente de la falta de él. Frunció el ceño, y recordó que hacía un rato que no oía el murmullo de la conversación en el porche. Ni los pasos de la var de guardia, ni el tintineo de las botellas, ni las insistentes e ingenuas preguntas de Renna.
De repente, el baño ya no le pareció lujoso, sino restringido. De todas formas, probablemente me estoy convirtiendo en una pasa, pensó. Tuvo que obligar a sus relajados músculos a salir de la bañera. Mientras se secaba, no pudo reprimir una sensación creciente de sospecha. Algo iba mal.
Bajó la tapa de la bañera y se subió encima para asomarse a la ventana solitaria, tras frotar el vidrio empañado y acercar la nariz para contemplar el porche. Había filas de botellas vacías a lo largo de la balaustrada, pero donde las mujeres habían estado sentadas no quedaba nadie.
Probablemente Kiel y Baltha han vuelto con noticias, se dijo. Pero tampoco había nadie visible cerca de la entrada principal. ¿Han ido a comer?, se preguntó.
Maia empujó la ventana hacia arriba hasta que se abrió una rendija, deslizándose por sus guías de madera. El aire fresco y helado entró, poniéndole la carne de gallina cuando la humedad se evaporó de su piel. Asomó la cabeza y llamó:
—¡Eh! ¿Dónde está todo el mundo?
Unas cuantas parroquianas cargaban una carreta tirada por caballos cerca de un almacén. Cuando Maia se estiró un poco más y giró a la izquierda, vio a un grupo en el muelle, muy lejos, dirigiéndose hacia uno de los embarcaderos. El corazón le dio un vuelco cuando reconoció la fornida forma de Thalla y la maraña de pelo rubio de Baltha.
No. ¡No me harían eso!
Pero allí estaba Renna. Más alto que Baltha, caminando torpemente con los brazos alrededor de dos mujeres, meciéndose de un lado a otro.
—¡Lysos! —gritó Maia, saltando de nuevo al suelo. Se habían llevado su ropa… sin duda para dejarla allí. Con una maldición, recordó las palabras de despedida de Thalla, que habían parecido extrañas para tratarse de alguien a quien esperabas ver de nuevo.
Agarrando una toalla, Maia salió de la habitación y corrió escaleras abajo, sólo para ser bloqueada momentáneamente por la posadera, que sostenía una bolsa de tela y un sobre de papel.
—Oh, es usted, señorita. Sus amigas me dijeron que le diera…
Sus palabras se apagaron cuando Maia la empujó a un lado y salió por la puerta principal. Saltó los peldaños hasta el suelo de grava. Las dependientas de las tiendas cercanas se la quedaron mirando, y un trío de clónicas de tres años se rió, pero Maia siguió corriendo, clavándose guijarros en los pies mientras lo hacía, ignorando la mordedura del frío aire del mar. Al llegar al embarcadero, resbaló y cayó a cuatro patas, pero se puso de nuevo en pie al instante, sin molestarse en comprobar si se había hecho sangre ni en recoger la toalla caída. Maia corrió desnuda entre las grúas de carga y los barcos atracados, para sorpresa de marineros y mujeres de la ciudad por igual.
Dos botes habían zarpado ya del embarcadero, mientras las remeras lo manejaban con golpes rítmicos y fuertes. Cuando Maia llegó al final del muelle, le gritó a Kiel, que estaba sentada junto al timonel del segundo bote.
—¡Mentirosa! ¡Maldita seas! No puedes…
Tartamudeando, buscó las palabras adecuadas para expresar su furia. Kiel abrió la boca, sorprendida, mientras que algunas de las vars con las que Maia había luchado codo con codo se echaban a reír al verla allí, desnuda y temblando de furia.
La mujer oscura hizo bocina con sus manos y respondió:
—No podemos llevarte con nosotras, Maia. ¡Eres demasiado joven y es peligroso! La carta explica…
—¡Al diablo tu maldita carta! —gritó Maia, llena de ira y decepción—. ¿Qué tiene Renna que decir…?
Entonces vio algo que no había advertido antes. El hombre del espacio tenía una expresión vidriosa e infeliz en el rostro, y no miraba nada o a nadie en particular.
—¡Lo estáis secuestrando! —gritó Maia, roncamente.
—No, Maia. No es lo que…
La voz de Kiel se interrumpió cuando Maia se zambulló de cabeza en las heladas aguas y emergió escupiendo. Inhaló dolorosamente y nadó hacia el bote con todas sus fuerzas.
Cuaderno de Bitácora del Peripatético
Misión Stratos
Llegada + 41.057 Ms
Como medio alternativo a la reproducción, la clonación se empleó ya mucho antes de la emigración del mundo Florentina. Una célula huevo, cuidadosamente preparada con el material genético del donante, es implantada dentro de una voluntaria químicamente estimulada, o en el vientre artificial perfeccionado hace poco en Nueva Terra. Sea como fuere, el caro y delicado proceso se reserva generalmente para los individuos más creativos, o reverenciados, o ricos de un mundo, dependiendo de las costumbres locales. No conozco ningún planeta donde los clones constituyan una parte importante de la población… excepto Stratos.