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Tiempos de gloria [Glory Season - es]

Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:

La joven Maia, una descastada nacida en verano, debe abandonar el clan de sus privilegiadas medio hermanas clones nacidas en invierno. Su difícil y peligroso viaje iniciático arranca en los muelles de Puerto Sanger y prosigue a bordo de uno de los barcos tripulados por los escasos hombres (menos de un veinte por ciento) que forman la población de Stratos, un mundo creado por y para las mujeres. Sólo el difícil y lejano éxito le permitirá ser la fundadora de un nuevo clan. Las manipulaciones genéticas de la Madre Fundadora Lysos han creado en Stratos un mundo nuevo y distinto, dominado por mujeres que se reproducen por clonación. Una nueva opción sociopolítica, tecnológica, ecológica y, sobre todo, en el ámbito de la relación entre ambos sexos. En la senda de la literatura que denuncia las relaciones entre los sexos o propone establecer nuevos vínculos, Tiempos de gloria se une a obras ya clasicas como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin.
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Maia recordó cómo, de niñas, Leie y ella solían asomarse al taller de las curtidoras Yeo, o al de las relojeras Samesin, y veían a las hermanas mayores y madres instruir a las clones más jóvenes, como ellas mismas habían sido enseñadas. Era así como las jóvenes Lamai aprendían el negocio de importación—exportación. No podía imaginar que un proceso semejante fuera posible entre los hombres, cuando no había dos que compartieran los mismos talentos o cuyos intereses fuesen exactos. Pero Renna daba a entender que había menos diferencias que similitudes entre ellos.

—Es un sistema tradicional, perfecto para mantener la estabilidad —dijo el viajero estelar, soltando una pieza y recogiendo otra—. Hay un precio. El conocimiento se acumula por adición, casi nunca geométricamente.

—¿Y a veces no se acumula? —preguntó Maia, sintiéndose súbitamente incómoda.

—Así es. Es un peligro de las sociedades gremiales. A veces la tendencia es negativa.

Ella bajó la cabeza, sintiendo de pronto algo parecido a la vergüenza.

—Hemos olvidado tanto…

Las oscuras cejas de Renna se unieron.

—Mm. Quizá no tanto. He visto vuestra Gran Biblioteca, y he hablado con vuestras sabias. Esto no es una era oscura, Maia. Lo que ves a tu alrededor es el resultado de una planificación elaborada. Lysos y las Fundadoras consideraron cuidadosamente costes y alternativas. Como productos de una época científica, estaban decididas a impedir que aquí se produjera otra.

—Pero… —Maia parpadeó—. ¿Por qué querrían unas científicas detener la ciencia?

La sonrisa de él fue cálida, pero algo en los ojos de Renna le dijo a Maia que era un tema que le dolía personalmente.

—Su objetivo no fue detener la ciencia como tal, sino impedir cierto tipo de fiebre científica. Una locura cultural, si quieres. Evitar el tipo de época en que hacerse preguntas se convierte casi en una devoción. En que todas las certezas de la vida se funden, y la gente duda compulsivamente de las antiguas costumbres, y la «realización personal» es más importante que los valores basados en la comunidad y la tradición. Esas épocas producen fermentos terribles, Maia. Junto con el aumento de conocimiento y poder viene el desastre ecológico, por el aumento de la población y el mal uso de la tecnología.

En la mente de Maia no se formó ninguna imagen que pudiera ilustrar aquellas palabras. Su contenido era completamente abstracto, sin nada que ver con lo que ella conocía. Sin embargo, se sentía espantada.

—Haces que parezca… terrible.

Él suspiró pesadamente.

—Oh, hay beneficios. El arte y la cultura florecen. Viejas represiones y supersticiones se tambalean. Nuevas reflexiones iluminan y se convierten en parte de nuestra herencia permanente. Los renacimientos son las épocas más románticas y excitantes, pero ninguno dura mucho. Hace tiempo, antes de la Diáspora del Phylum, la primera edad científica apenas nos sacó de nuestro mundo natal antes de desplomarse agotada. Estuvo tan cerca de matarnos como de liberarnos.

Maia observó a Renna y estuvo segura de que hablaba con algo más que simple erudición histórica. Vio dolor en sus ojos oscuros. Estaba recordando, con pesar y profundo anhelo. Era una especie de nostalgia del hogar, más compleja e irremediable que la suya propia.

Renna se aclaró la garganta y miró brevemente en otra dirección.

—Fue durante otra de esas edades, el Renacimiento de Florentina, cuando vuestra famosa Lysos se convenció de que las sociedades estables son las más felices. En el fondo, la mayoría de los humanos prefieren vivir rodeados de cómodas seguridades, guiados por cálidos mitos y metáforas, sabiendo que comprenderán a sus hijos, y que sus hijos los comprenderán a ellos. Lysos quiso crear un mundo así. Un mundo con la felicidad al alcance no de unas cuantas personas brillantes sino, con el tiempo, del máximo número de ellas.

—Eso nos han enseñado —asintió Maia. Aunque, una vez más, la de él era una forma distinta de expresar cosas familiares. Diferente y preocupante.

—Lo que no os han enseñado, y mi teoría privada, es que Lysos sólo adoptó el separatismo sexual porque las secesionistas Perkinitas eran el grupo más fuerte de descontentas que quiso seguirla al exilio. Ellas proporcionaron el material bruto que Lysos utilizó para crear su mundo estable, aislado y protegido del fermento del reino homínido.

Maia nunca había oído hablar de la Fundadora de aquella forma. Con respeto, pero con un cierto compañerismo, casi como si Renna hubiera conocido a Lysos personalmente. Cualquiera que lo oyese tendría que creer una verdad básica: el hombre procedía, en efecto, de otra estrella.

Durante un buen rato, Renna miró el mar, contemplando paisajes que Maia ni siquiera podía empezar a imaginar. Entonces se encogió de hombros.

—Hablo demasiado. Empezamos a hablar de cómo se enseña a los marineros a despreciar a un hombre que confía en herramientas que no comprende. Es el motivo principal por el que me desprecian.

—¿A ti? ¡Pero has cruzado el espacio interestelar! Los marineros…

—¿Respetarían eso? —Renna se echó a reír—. Ay, también saben que mi nave es producto de enormes fábricas, construida principalmente por robots, y que yo no podría controlar ni la parte más pequeña sin máquinas casi más listas que yo, cuyo funcionamiento apenas comprendo. ¿Sabes en qué me convierte eso? Las sabias han difundido cuentos burlescos. ¿Has oído alguna vez hablar del Hombrecillo Listo?

Maia asintió. Era un nombre que los niños empleaban unos con otros cuando querían ser crueles.

—Ése soy yo —terminó de decir Renna—. El Indefenso Hombrecito Listo. Enviado por bobos, esclavo de sus herramientas. Rescatado por vars después de cruzar las estrellas.

Renna emitió una risa corta, casi un bufido. No parecía divertido.

La partida de Vida de aquella tarde fue un desastre.

Mil seiscientas piezas con cuerda suficiente habían sido divididas en dos grupos, a cada lado de una escotilla de carga dispuesta con cuarenta líneas verticales y cruzada por cuarenta horizontales. Maia y Renna se unieron a las otras pasajeras para cenar, y comieron en cuencos de porcelana, mientras contemplaban el mar revuelto. Entonces, con sólo una hora de luz por delante, se volvieron a esperar a sus oponentes. Al cabo de unos cuantos minutos llegaron un grumete y el pinche de cocina, este último secándose todavía las manos con el delantal.

No nos toman demasiado en serio, supuso Maia. No se lo reprochaba.

Como equipo visitante, Renna y ella fueron invitados a hacer el primer movimiento. Maia deglutió nerviosamente, y casi dejó caer las piezas que llevaba, pero Renna sonrió y suspiró:

—Recuerda, es sólo un juego.

Ella le devolvió una sonrisa insegura, y le tendió la primera pieza. Él la colocó en la esquina inferior derecha del tablero, con la cara blanca hacia arriba. Ya habían discutido la estrategia antes.

—Será muy simple —había dicho Renna—. Aprendí unos cuantos trucos mientras estaba en prisión. Pero lo que hacía sobre todo era escribir mensajes o pintar imágenes. Será muy distinto con un oponente que intenta destruir lo que creas.

Renna había esquematizado en una libreta lo que consideraba una pauta «muy conservadora». Un grupo de piezas negras en un rincón «viviría» eternamente si no lo tocaba ninguna otra pauta móvil de piezas negras. Su estrategia sería intentar defender aquel oasis de vida hasta el límite de tiempo, concentrándose en la defensa y haciendo sólo incursiones mínimas en territorio enemigo con deslizadoras, cuñas o cortadoras. Un empate estaría bien. Mientras Renna colocaba la primera fila, los muchachos se daban codazos, señalando y riendo. Era enervante, tanto si ya veían la ingenuidad del diseño como si querían poner nerviosos a los neófitos. Aún peor, desde el punto de vista de Maia, eran las burlas de las mujeres espectadoras. Sobre todo las de Baltha y las sureñas, que consideraban claramente que aquel ejercicio era una absoluta tontería masculina. Una mujer de la tripulación llamada Inanna susurró algo al oído de una camarada, y las dos se echaron a reír. Maia estuvo segura de que el chiste era a su costa.

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