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Tiempos de gloria [Glory Season - es]

Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:

La joven Maia, una descastada nacida en verano, debe abandonar el clan de sus privilegiadas medio hermanas clones nacidas en invierno. Su difícil y peligroso viaje iniciático arranca en los muelles de Puerto Sanger y prosigue a bordo de uno de los barcos tripulados por los escasos hombres (menos de un veinte por ciento) que forman la población de Stratos, un mundo creado por y para las mujeres. Sólo el difícil y lejano éxito le permitirá ser la fundadora de un nuevo clan. Las manipulaciones genéticas de la Madre Fundadora Lysos han creado en Stratos un mundo nuevo y distinto, dominado por mujeres que se reproducen por clonación. Una nueva opción sociopolítica, tecnológica, ecológica y, sobre todo, en el ámbito de la relación entre ambos sexos. En la senda de la literatura que denuncia las relaciones entre los sexos o propone establecer nuevos vínculos, Tiempos de gloria se une a obras ya clasicas como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin.
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—… no podemos controlar nuestra progenie. Ni dirigir nuestras invenciones. Ni gobernar consecuencias lejanas, excepto con la previsión de actuar bien, y luego partir.

»Todo está en la preparación, y el momento del acto.

»Lo que sigue es posteridad.

El capitán alzó su bastón, haciéndolo oscilar sobre el reloj marcador.

—Dos equipos se han preparado. Que el acto tenga lugar. Ahora… observad la posteridad.

El bastón golpeó. El reloj empezó a entonar su familiar cuenta de ocho. Aunque estaba preparada, Maia dio un respingo cuando las mil seiscientas piezas blancas y negras parecieron explotar al unísono.

No, al unísono no. De hecho, menos de la mitad se dio la vuelta, cambiando de estado en respuesta a lo que sucedía a su alrededor. Pero la impresión de un súbito y frenético claqueteo hizo que el corazón de Maia se desbocara antes de que una segunda oleada de sonido y movimiento cruzara el tablero. Y otra más.

Por fortuna, no tenía que pensar. Todas las partidas del Juego de la Vida habían acabado ya en el momento de empezar. A partir de ahora, sólo podían contemplar cómo se desarrollaban las consecuencias.

Cuaderno de Bitácora del Peripatético

Misión Stratos

Llegada + 43.277 Ms

Durante mi primera visita a un hogar stratoiano, me resultó difícil superar los prejuicios.

No fue el concepto de matriarcado, que he visto de otras formas en Florentina y Nueva Terra. Ni la costumbre de que los hombres son otra especie, a veces necesitada, a menudo irritante, y afortunadamente rara. Estaba preparado para todo eso. Mi problema surge de haber crecido en una época obsesionada con el individualismo.

La variedad era nuestra religión, la diversidad nuestra fijación. Todo aquello que fuera diferente o atípico tenía ventaja por encima de lo familiar. Lo ajeno siempre se anteponía a lo propio. «Una época insana», dicen los psicohistoriadores… aunque su breve gloria produjera viajeros estelares ideales.

En mis viajes he encontrado muchas sociedades estabilizadas, pero ninguna más contraria a mi educación que la de Stratos. La enervante ironía de la fascinante singularidad de este mundo es que se basa en la ausencia de cambio. Las generaciones no se dividen por valores cambiantes. La igualdad no es ninguna maldición, la variedad no es un amigo automático.

Menos mal que nunca nos conocimos. Lysos y yo no nos habríamos llevado bien.

Sin embargo, me sentí complacido cuando la Sabia Iolanthe me pidió que pasara algunos días en el castillo de su familia, en los montañosos barrios residenciales de Caria. La invitación, un raro honor para un varón en verano, era sin duda una declaración política. Su facción es la menos hostil hacia la restauración del contacto. Incluso así, se me advirtió de que mi visita tendría que ser «casta». Mi habitación no tendría ventanas que dieran a la Estrella Wengel.

Le dije a Iolanthe que no esperara problemas en ese aspecto. Evitaré mirar, aunque no al cielo.

La Casa Nitocri es antigua. El linaje clónico de Iolanthe ha ocupado el extenso compuesto de altos muros, chimeneas y tejados y buhardillas desde hace casi seiscientos años. Linajes emparentados habitaron el lugar remontándose casi hasta la fundación de Caria.

Nuestro coche atravesó una verja impresionante, recorrió un camino flanqueado de jardines, y se detuvo ante una entrada de mármol bellamente esculpido. Fuimos formalmente recibidos por un trío de bellas Nitocri que, como Iolanthe, eran de edad mediana, vestidas con deslumbrantes túnicas de seda amarilla y cuello alto. Una hermana joven del clan recogió mi maleta. Más hermanas con claros rasgos Nitocri (ojos suaves y narices estrechas) se apresuraron silenciosas a llevarse el coche, cerrar la verja, y conducirnos al interior.

Así, por primera vez, entré en el santuario de un clan partenogenético, unidad principal de la vida humana en Stratos. No son abejas ni hormigas, pensé en silencio, reprimiendo comparaciones fáciles. Interiormente, repetía el lema de mi vocación: Olvida los prejuicios.

La sabia me mostró alegremente patios y jardines y grandes salones, impertérrita ante la multitud de niñas que susurraban y reían a nuestro paso. Las Nitocri no tienen empleadas domésticas, ni contratan a ninguna var para que se encargue de las tareas desagradables e indignas de las clones adineradas. Ninguna Nitocri lamenta hacer trabajos duros o sucios, como limpiar los hornos, o fregar lavabos, o reparar tejas. Todo está bien repartido por edades; cada niña o mujer alterna las tareas onerosas con las interesantes. Cada una sabe cuánto durará cada fase. Tras el intervalo fijado, una hermana más joven se encargará de lo que estás haciendo, mientras que tú te dedicarás a otra cosa.

No era extraño que niñas y adultas se movieran graciosamente y con tanta seguridad. Cada hija clónica crece observando a las mayores, idénticas a ella, ejecutar tareas con una tranquila eficacia fruto de siglos de práctica. Conoce inconscientemente cada movimiento antes de que le toque hacerlo a ella misma. Nadie se apresura a tomar el poder antes de tiempo. «Ya llegará mi turno», parece ser la filosofía de la casa.

Al menos, ésa es la historia que quisieron venderme. Sin duda varía de un clan a otro, y casi con toda seguridad no funciona tan a la perfección entre las Nitocri. Sin embargo, me pregunto…

Los utópicos hace tiempo que pretenden crear una sociedad ideal, sin competencia, toda armonía. La naturaleza humana (y el principio de los genes egoístas) pareció poner el sueño eternamente fuera del alcance. Sin embargo, dentro de un clan de Stratos, cuyos genes son todos iguales, ¿qué función le queda al egoísmo? La tiranía de la ley biológica puede relajarse. El bien del individuo y el del grupo son el mismo.

La Casa Nitocri está llena de amor y risas. Parecen autosuficientes y felices.

No creo que mis anfitrionas advirtieran que me estremecí involuntariamente, aunque no hacía frío.

17

Había gloria en cubierta a la mañana siguiente. Recién caída de las altas nubes estratosféricas, la delicada escarcha cubría cada superficie, desde las vergas y barandillas a las jarcias, convirtiendo el Manitú en una nave encantada de polvillo cristalino que brillaba en una explosión de reflejos sonrosados al amanecer.

Maia se encontraba en lo alto de un estrecho tramo de escaleras ante el pequeño camarote que compartía con otras nueve mujeres. Se frotó los ojos y contempló el dulcemente doloroso amanecer brillar en el exterior. Qué bonito, pensó, viendo cómo incontables puntitos de luz de color rosa cambiaban, momento a momento.

Recordó las ocasiones en que caía sobre Puerto Sanger una nevada como aquélla, haciendo que las tiendas y negocios cerraran mientras las mujeres corrían a recoger puñados de gloria de los alféizares, que luego guardaban en jarras de vacío para conservarlos. Una chispa de gloria perturbaba la vida diaria más que precipitaciones mayores de nieve normal, que simplemente requerían botas y palas y algunos gruñidos.

Desde luego, los hombres preferían las nevadas copiosas, pero normales. Incluso el resbaladizo hielo, que hacía que las calles se volvieran lustrosas y traicioneras, no parecía perturbar tanto a los rudos marineros como la fina caída de gloria. En su mayoría, los varones huían a los barcos, o más allá de las puertas de la ciudad, hasta que la luz del sol limpiaba, las calles, y sus ciudadanas se encontraban de un humor menos festivo.

Eso era en tierra, recordó Maia. Aquí no hay un sitio adonde los pobrecillos puedan correr.

Desde el estrecho umbral en lo alto de las escaleras, Maia inhaló el fresco olor a canela. No era una precipitación sin importancia, como la de Valle Largo. El aire era tonificante, y le provocó un escalofrío en la columna vertebral. Sensaciones vagamente familiares de inviernos anteriores, aunque aumentadas esta vez.

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