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Tiempos de gloria [Glory Season - es]

Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:

La joven Maia, una descastada nacida en verano, debe abandonar el clan de sus privilegiadas medio hermanas clones nacidas en invierno. Su difícil y peligroso viaje iniciático arranca en los muelles de Puerto Sanger y prosigue a bordo de uno de los barcos tripulados por los escasos hombres (menos de un veinte por ciento) que forman la población de Stratos, un mundo creado por y para las mujeres. Sólo el difícil y lejano éxito le permitirá ser la fundadora de un nuevo clan. Las manipulaciones genéticas de la Madre Fundadora Lysos han creado en Stratos un mundo nuevo y distinto, dominado por mujeres que se reproducen por clonación. Una nueva opción sociopolítica, tecnológica, ecológica y, sobre todo, en el ámbito de la relación entre ambos sexos. En la senda de la literatura que denuncia las relaciones entre los sexos o propone establecer nuevos vínculos, Tiempos de gloria se une a obras ya clasicas como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin.
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No se estaba haciendo a sí misma ningún bien, ni estaba claro lo que iba a aprender Renna.

¿Entonces por qué lo estamos haciendo?

La primera fila estaba terminada. De inmediato, el pinche y el grumete empezaron a colocar sus cuarenta piezas. No usaron notas, aunque Maia vio que se consultaban una vez. Unos cuantos marineros observaban aburridos desde las escaleras del alcázar, mientras tallaban palos de madera blanda para darles forma de animales marinos.

Cuando los muchachos indicaron que su turno había terminado, Renna echó un buen vistazo y luego se encogió de hombros.

—Parece igual que nuestra primera fila. Tal vez sea una coincidencia. Quizá podamos continuar con nuestro plan.

Así que colocaron otras cuarenta fichas, la mayoría con la cara blanca hacia arriba, sembrando las suficientes piezas negras estratégicamente situadas para que cuando el juego comenzara y todos los muelles saltaran, un grupo de pulsantes pautas geométricas creara vidas autocontenidas en sí mismas, dispuestas a tomar parte en la breve ecología del juego.

Al menos, eso esperamos.

Continuaron así durante un rato mientras el sol se ponía más allá del hinchado foque. Cada bando colocaba por turno cuarenta discos, luego se retiraba y trataba de adivinar qué pretendía el otro equipo. Hubo una sola interrupción, cuando el viento cambió y el primer contramaestre necesitó todas las manos en las jarcias. Corriendo a sus tareas, los marineros halaron de los acolladores y dieron vueltas a las manivelas en un remolino de músculos tensos. La maniobra se completó con veloz eficiencia, y todo estuvo en calma antes de que Maia terminara de contar cuarenta latidos. Naroin saltó desde las velas, y aterrizó agazapada. Sonrió a Maia y le hizo una señal con el pulgar hacia arriba antes de volver a un lugar próximo a la borda frecuentado por las miembros femeninas de la tripulación, que fumaban en pipa y chismorreaban en voz baja mientras los preparativos del juego se reemprendían.

—Esos diablos —dijo Renna después de que hubieran puesto ya ocho filas. Maia miró hacia donde apuntaba, y al momento vio lo que quería decir. Al parecer, sus oponentes habían copiado la misma formación de «oasis» estático en su esquina más protegida. De hecho, advirtió, ¡nos están remedando en todo! Sólo podían apreciarse leves variaciones en la parte izquierda. ¿Qué sentido tiene? ¿Se están burlando de nosotros?

Las diferencias empezaron a acentuarse después de la décima fila. De repente, el pinche y el grumete empezaron a colocar una pauta completamente distinta. Maia reconoció un cañón disparador, diseñado para lanzar deslizadoras a lo largo del tablero. También vio lo que sólo podía ser un ciclón, una configuración capaz de llevar a la perdición cualquier pauta móvil que se acercara. Señaló a Renna el incipiente diseño, y el hombre de las estrellas se concentró y acabó por asentir.

—Tienes razón. Eso pondría en peligro a nuestro guardián, ¿no? Tal vez deberíamos desplazarlo hacia un lado. A la derecha, ¿no te parece?

—Eso interferiría con nuestra valla corta —señaló ella—. Ya hemos trazado dos filas para esa pauta.

—Mm. Muy bien, cambiaremos el guardián a la izquierda, entonces.

Maia trató de visualizar qué aspecto tendría el tablero cuando terminaran. Ya podía ver cómo evolucionarían algunas entidades durante las segunda, tercera, e incluso quinta o sexta ronda. Esta zona concreta de la escotilla sería cruzada por una recién lanzada nave madre. Aquella zona se agitaría en alternativos remolinos blancos y negros cuandó una semilla de mostaza girara y girara… una forma bonita pero engañosamente potente. Cuando intentó seguir el rumbo de los proyectiles del otro lado, Maia comprendió horrorizada que un conjunto de deslizadoras rebotaría en el borde—espejo y vendría en diagonal hacia la misma esquina que tanto habían trabajado y planeado para defender.

Renna se rascó la barba cuando ella le señaló el inminente desastre.

—Parece que estamos fritos —dijo, con el ceño fruncido. Entonces dio un respingo cuando las uñas de Maia se clavaron en su brazo.

—¡No, mira! —dijo ella, apresuradamente—. ¿Y si construimos nuestro propio cañón deslizador… ahí? Podríamos hacer que disparara hacia nuestro propio territorio, interceptando su…

—¿Qué? —interrumpió Renna, y Maia temió por un instante haberse excedido, inyectando sus propias ideas en lo que era básicamente el diseño de él. Pero el hombre asintió, con creciente excitación.

—¡S—s—sí, creo que podría… funcionar! —Extendió la mano y le apretó los hombros, dejándoselos doloridos—. Funcionará si calculamos bien el momento. Naturalmente, queda el problema de los escombros; después de que las deslizadoras choquen…

Apenas quedaba espacio en las últimas filas para introducir las improvisadas modificaciones. Por fortuna, sus oponentes no situaron otro ciclón cerca del límite. El nuevo cañón deslizador de Maia se encontraba justo a lo largo del borde, sin espacio que malgastar. Cuando colocaron la última pieza, estaba agotada. Y yo que pensaba que esto era un juego para hombres perezosos. Supongo que las espectadoras nunca saben de un deporte hasta que lo prueban por sí mismas.

Ya había oscurecido hacía rato. Se encendieron las lámparas. Thalla llegó con un par de abrigos. Mientras se ponía el suyo, Maia advirtió que todos los demás se habían vestido ya para afrontar el frío de la noche. Debía de haber estado produciendo demasiada energía nerviosa para darse cuenta.

El capitán Poulandres se acercó; llevaba una capa con capucha y un bastón de dos puntas para ejercer su papel de maestro y árbitro. Tras él, todos los tripulantes del barco menos el timonel, el vigía y el piloto habían encontrado un sitio desde donde mirar. Esperaban indiferentes, muchos con expresión divertida. Maia vio que nadie hacía las habituales apuestas.

Probablemente nadie las acepta a nuestro favor, no importa a cuánto estén.

Se hizo el silencio cuando el capitán avanzó hasta el borde del tablero, donde el reloj marcador estaba preparado para enviar señales sincronizadas a todas las piezas. En un momento dado, cada una de las mil seiscientas diminutas unidades se darían la vuelta o permanecerían quietas, dependiendo de lo que le dijeran sus sensores del estado de sus vecinas. La misma decisión se haría unos segundos después, cuando llegara la siguiente señal. Y así sucesivamente.

—La Vida es la continuación de la existencia —entonó el capitán. Quizá fuese la capucha lo que daba a su voz un aire grave y profético. O tal vez era parte del oficio de capitán.

—La Vida es la continuación de la existencia —respondió la tripulación, repitiendo sus palabras, con el fondo de los mástiles crujiendo y las velas restallando.

—La Vida es la continuación de la existencia, pero nada perdura. Todos somos pautas, buscando propagarnos. Pautas que dan vida a otras pautas, y luego desaparecen, como si nunca hubieran existido.

Maia había oído la invocación muchas veces, recitada con incontables acentos en los muelles de Puerto Sanger y en todas partes. Sin embargo, era la primera vez que lo hacía como contendiente. Se preguntó cuántas otras mujeres lo habrían hecho. Sólo algunos millares, estaba segura. Tal vez sólo algunos centenares.

Renna escuchaba las antiguas palabras, claramente embobado.

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