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Tiempos de gloria [Glory Season - es]

Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:

La joven Maia, una descastada nacida en verano, debe abandonar el clan de sus privilegiadas medio hermanas clones nacidas en invierno. Su difícil y peligroso viaje iniciático arranca en los muelles de Puerto Sanger y prosigue a bordo de uno de los barcos tripulados por los escasos hombres (menos de un veinte por ciento) que forman la población de Stratos, un mundo creado por y para las mujeres. Sólo el difícil y lejano éxito le permitirá ser la fundadora de un nuevo clan. Las manipulaciones genéticas de la Madre Fundadora Lysos han creado en Stratos un mundo nuevo y distinto, dominado por mujeres que se reproducen por clonación. Una nueva opción sociopolítica, tecnológica, ecológica y, sobre todo, en el ámbito de la relación entre ambos sexos. En la senda de la literatura que denuncia las relaciones entre los sexos o propone establecer nuevos vínculos, Tiempos de gloria se une a obras ya clasicas como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin.
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—¿Demasiado peligrosos para mí, pero adecuados para Renna? .

—Probablemente es mucho más seguro para él venir con nosotras que permitir que lo entreguemos a la SEP en Grange Head. Hay… facciones en Caria City. Facciones que no tienen planes agradables para un Exterior.

Maia encontró eso plausible.

—Y las rads no tenéis planes, ¿no?

—Claro que sí. Queremos crear un mundo mejor. Pero los objetivos del peripatético no son incompatibles con nuestra…

El médico cerró su maletín con un fuerte chasquido. Sin duda había aprendido su mirada autoritaria en el Escolarium de Salud.

—Discúlpenme por interrumpirlas, señoras, ¿pero han dicho algo de darle a esta pobre muchacha un poco de ropa?

La medicina era un raro oficio de educación superior en el que el sexo apenas importaba. Algunos doctores excelentes eran hombres, que rara vez dejaban que los innatos cambios de humor de su sexo interfirieran con su profesionalidad. Thalla asintió rápidamente, convertida de inmediato en una var atenta y complaciente.

—Sí, doctor. Ahora mismo la traigo.

Se volvió desde la puerta.

—¡Mientras tanto, no vayas a correr desnuda por cubierta, Maia! ¡No es una buena costumbre en las grandes ciudades a las que nos dirigimos! —Se rió de su propio ingenio y se marchó. Maia alcanzó a ver brevemente a Renna caminando de un lado a otro. Pareció aliviado cuando Thalla le hizo un gesto con el pulgar hacia arriba mientras cerraba la puerta.

—La joven está desnutrida —continuó diciendo el médico a Kiel, mientras observaba a Maia por encima de los bordes de sus gafas. Maia se cruzó de brazos y alzó la mandíbula mientras él desaprobaba su delgadez—. Le diré al cocinero que te dé ración doble durante una semana. Asegúrese de que se lo come todo.

—Sí, doctor —asintió Kiel, obediente. Esperó a que el hombre se marchara antes de imitar su dura expresión, con las cejas fruncidas y los labios arrugados.

En otras circunstancias, Maia habría encontrado hilarante la parodia. Ahora consiguió permanecer sombría y dirigir a la oscura var lo que esperaba que fuera una mirada feroz.

Kiel respondió encogiéndose de hombros.

—Muy bien. Vuelve a acostarte. Contestaré a tus preguntas.

Maia decidió que el tono maternal era condescendiente. Permaneció de pie y alzó un dedo.

—Primero, ¿qué planeáis hacer con él?

—¿Con quién, con Renna? Bueno, no mucho. Hay algunos aspectos tecnológicos sobre los que queremos preguntarle. Puede que no conozca las respuestas en detalle, pero podrá darnos una idea general de lo que es posible y lo que no. Las soluciones tal vez se encuentren en el ordenador de su nave.

»Pero principalmente lo que queremos es llevarlo a un sitio seguro y cómodo mientras negociamos con cierta gente de Caria.

—¿Negociar? ¿Sobre qué?

—Sobre cómo devolverlo a la Casa de Invitados del Estado sin que sufra un accidente por el camino, y sobre cómo llevarlo a salvo a su nave desde allí. Realmente no estará fuera de peligro hasta entonces.

—Peligro —repitió Maia, frotándose los hombros—. ¿Por parte de quién?

—Por parte de gente que se ha convencido a sí misma de que puede impedir lo inevitable. Que piensa que el contacto significaría el fin del mundo. Que lo combatiría matando al mensajero.

Maia ya lo había supuesto. Con todo, fue aterrador oír que alguien lo confirmaba.

—Oh, no es todo el Gobierno —continuó Kiel—. Yo diría que la mayoría de las sabias, y bastantes miembros del Consejo, son conscientes de que se avecina un cambio. Discuten sobre las formas de refrenarlo cuanto sea posible…

—Y vosotras no queréis que se frene —supuso Maia.

Kiel asintió.

—¡Nosotras queremos acelerarlo! Montones de nosotras no estamos dispuestas a esperar dos o tres generaciones hasta que llegue la próxima astronave, y entonces sufrir más retrasos, y más. El antiguo orden está acabado. Ya es hora de darle la vuelta.

—Así que Renna es un artículo de comercio.

Kiel frunció el ceño.

—Si lo quieres expresar así… A corto plazo. A la larga, nuestros objetivos son compatibles. Si tiene un par de quejas legítimas sobre nuestros métodos, ¿puede decir honradamente que no se encuentra entre amigas? Lo queremos vivo y que cumpla su misión. Lo demás son sólo detalles.

Contra sus propios deseos, Maia advirtió que creía a Kiel. ¿Soy demasiado cándida? ¿Por qué le presto ni siquiera atención, después de lo que ha intentado hacerme?

—Podríais ayudarle a llamar a su astronave, para que venga y lo recoja.

A Maia no le gustó la sonrisa indulgente de Kiel, como si la sugerencia fuera una ingenuidad.

—La nave sólo tiene una lanzadera para aterrizar. Además, sólo puede ser enviada de vuelta al espacio desde las instalaciones de Caria.

—¡Qué conveniente! —Maia se sentó en el borde de la cama—. Así que Renna está atrapado aquí abajo, donde casualmente os es útil contra vuestras enemigas.

Kiel aceptó el razonamiento asintiendo con la cabeza.

—Ya conociste a algunas en Valle Largo. Clanes antiguos y poderosos, que se agarran a su estático orden social no compitiendo en el mercado abierto, como marca la lógica de Lysos, sino intrigando, suprimiendo todo lo que pueda provocar un cambio.

»Por ejemplo, ese plan de la droga que descubriste. Supón que se salen con la suya y alteran el equilibrio de reproducción en Stratos. ¡Entonces casi no nacerían veraniegas! No habría nada más que clónicas y unos cuantos machos domados, criados como zánganos para ser ordeñados cada invierno.

—Ya me he dado cuenta de eso —rezongó Maia, incómoda.

Kiel arqueó las cejas.

—¿Te has dado cuenta también de por qué las Perkinitas no eliminaron a nuestro visitante de las estrellas en cuanto le pusieron las manos encima? Planean exprimirlo, sacarle todos los datos, igual que se saca el jugo de un marinero drogado.

—¿Y qué ? Vosotras también queréis información.

—Pero con objetivos diferentes. Ellas quieren aprender a derribar astronaves de homínidos —Maia abrió la boca; Kiel continuó sin pausa—, y muchas cosas más. Piensan que Renna puede resolver problemas con los que chocó incluso Lysos: cómo provocar embarazos clónicos sin ningún tipo de esperma.

—Pero… —tartamudeó Maia—. La placenta…

—Sí, lo sé. Hechos básicos de la vida que nos enseñan siendo bebés. Necesitas esperma para disparar el desarrollo de la placenta, aunque todos los cromosomas del huevo procedan de la madre. Es la base de todo nuestro sistema. Tuvieron que preparar las cosas para que cada verano se produjeran unos cuantos embarazos «normales», inducidos sexualmente, para poder obtener niños que impregnen a la siguiente generación. Las vars como tú y yo somos simples efectos colaterales, virgie.

Maia sacudió la cabeza. Kiel estaba simplificando al máximo el tema, especialmente en lo referido a las motivaciones de Lysos y sus colaboradoras. De cualquier forma, si los grandes clanes descubrían alguna vez cómo reproducirse a voluntad, sin contar siquiera con la breve participación de los machos, la droga del celo de Tizbe Beller parecería un vaso de té caliente en comparación.

—¿Mencionó Renna algo de todo esto cuando estuvo en Caria?

—Lo hizo. El grandullón simplemente no comprende que hay algunas cosas que la gente no debería saber.

Maia estuvo de acuerdo en ese punto. A veces, Renna parecía demasiado inocente para vivir.

—Ya ves a qué nos enfrentamos —concluyó Kiel, cerrando el puño. Su oscura tez se ruborizó—. ¡Cierto, las rads también proponemos grandes cambios, pero en la dirección opuesta! Reconduciremos Stratos hacia un modo de vida más normal para una especie humana… hacia un mundo adecuado para personas, no para colmenas de polo a polo.

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