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Tiempos de gloria [Glory Season - es]

Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:

La joven Maia, una descastada nacida en verano, debe abandonar el clan de sus privilegiadas medio hermanas clones nacidas en invierno. Su difícil y peligroso viaje iniciático arranca en los muelles de Puerto Sanger y prosigue a bordo de uno de los barcos tripulados por los escasos hombres (menos de un veinte por ciento) que forman la población de Stratos, un mundo creado por y para las mujeres. Sólo el difícil y lejano éxito le permitirá ser la fundadora de un nuevo clan. Las manipulaciones genéticas de la Madre Fundadora Lysos han creado en Stratos un mundo nuevo y distinto, dominado por mujeres que se reproducen por clonación. Una nueva opción sociopolítica, tecnológica, ecológica y, sobre todo, en el ámbito de la relación entre ambos sexos. En la senda de la literatura que denuncia las relaciones entre los sexos o propone establecer nuevos vínculos, Tiempos de gloria se une a obras ya clasicas como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin.
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—¿Hola, Maia? ¿Puedes oírme, muchacha? Soy yo, tu vieja maestra de armas del Wotan. ¡Eia! ¡Arriba y a por ellas!

La mano era callosa, no suave. De todas formas, le pareció bien que alguien volviera a tocarla. Alguien que quería su bien. Maia casi fingió dormir, para prolongar la sensación.

—Yo… —Su primera palabra fue más un croar que un mensaje inteligible—. N—no puedo… abrir los ojos…

Sentía los párpados cerrados por una costra seca. Un paño húmedo pasó suavemente sobre su frente, humedeciéndoselos. Cuando fue retirado, el mundo entró en ella en forma de brillo. Maia parpadeó y no pudo dejar de hacerlo. Sin que fuera consciente, sus manos se alzaron para frotar torpemente sus ojos.

Dos rostros familiares aparecieron ante ella, enmarcados por unas paredes de madera y la portilla de un barco.

—¿Dónde…? —Maia se lamió los labios y descubrió que tenía la boca demasiado seca para salivar—. ¿Adónde vamos?

Tanto Naroin como Renna sonrieron, expresando su alivio.

—Nos diste un susto —respondió Renna—. Pero ahora estás bien. Nos dirigimos al oeste cruzando la Madre Océano, así que nuestro destino parece probablemente el Continente del Aterrizaje. Una de las grandes ciudades portuarias, calculo. Mejor para sus planes que donde nos encontraron, allá en los muelles.

—¿Quiénes? —El agotamiento seguía interponiéndose, haciendo que el hombre pálido y la mujer de pelo oscuro se dividieran en cuatro figuras superpuestas—. ¿Te refieres a Kiel? ¿Y a Thalla y Baltha?

Naroin sacudió la cabeza.

—Baltha es sólo un arma contratada, igual que yo. No formamos parte del Gran Plan. Las otras dos son las que pagan. Parece que una liga secreta de rads tiene planes para tu hombre de las estrellas.

—La excitación no tiene fin en la hermosa Stratos —añadió Renna sardónicamente.

—Tal vez… podrías escribir una guía de viajes —sugirió Maia, concentrándose por controlar su mareo.

Renna se echó a reír, sobre todo cuando Naroin los miró a ambos sin comprender y preguntó qué era, en nombre de Lysos, una «guía de viajes».

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó Maia a la marinera—. Esto no puede ser el Wotan.

Eso estaba clarísimo. No había ninguna superficie cubierta de una película de negro polvo de antracita. Naroin hizo una mueca.

—No. El Wotan chocó con una gabarra en la bahía de Artemisa. El capitán Pegyul y yo tuvimos unas palabritas al respecto, así que cogí mis cosas y mis papeles y me busqué otro barco. Mi suerte hizo que acabara transportando el contrabando más extrañamente atip que he visto jamás… no te ofendas, Hombre de las Estrellas.

—No me ofendo. —Renna parecía tan tranquilo—. ¿Crees que tendremos alguna posibilidad de cambiar de barco por el camino?

—Yo no apostaría por ello, Hombros. Eso que te escolta es un mogollón de testarudas vars. Además, si yo fuera tú, no estaría muy segura de no dejar correr las cosas. Hay gente mucho peor que la que te tiene ahora buscando tu cabeza extranjera, si entiendes a lo que me refiero. Incluso peor que esas locas granjeras Perkies.

La expresión de Renna fue precavida.

—¿Qué quieres decir?

—¿No lo sabes? —Naroin se encogió de hombros y cambió de tema—. Iré a decirles a las clientas que nuestro ratón de muelle ahogado ha vuelto en sí. Recordad los dos la primera regla para sobrevivir en verano —se dio un par de golpecitos en la sien—. Boca pequeña. Orejas grandes.

Naroin dedicó a Maia un guiño de despedida y se marchó, cerrando la puerta del camarote. Renna la contempló partir, sacudió lentamente la cabeza, y luego se volvió hacia Maia.

—¿Quieres un poco de agua?

Ella asintió.

—Gracias.

Él le sostuvo la cabeza mientras le acercaba un cazo de barro a la boca. Las manos de Renna parecían mucho más grandes que las de Naroin, aunque no mucho más fuertes. Volvió a apoyar la cabeza de Maia en la manta doblada que le habían dado como almohada.

O más bien, prestado. No poseo nada en el mundo, pensó Maia, recordando la traición de Thalla y Kiel, la carrera desnuda por las calles de Grange Head, y su zambullida en las aguas heladas. Y mi mejor, tal vez mi único amigo en toda Stratos es un extranjero que sabe aún menos que yo.

El pensamiento la habría hecho reírse amargamente si hubiera tenido energías que gastar. Maia libraba una batalla cuesta arriba sólo por mantener los ojos abiertos.

—Muy bien —comentó Renna—. Duerme. Estaré aquí mismo.

Ella sacudió la cabeza.

—¿Cuánto…?

—Has estado inconsciente casi tres días. Tuvimos que sacarte medio litro de agua de dentro cuando te subieron a bordo.

Vaya con las lecciones de natación que pagaron las madres, pensó ella. Los largos en la piscina municipal de Puerto Sanger la habían preparado para las pruebas de la vida real casi tan bien como el resto de la reputada educación que Lamatia impartía a sus veraniegas.

—¿Has estado aquí todo el tiempo? —preguntó a través de un sopor envolvente. Él hizo un gesto con la mano, restándole importancia al asunto.

—Tuve que ir un par de veces al lavabo, y… ¡oh! Te he guardado algo. Pensé que podrías quererlo cuando despertaras.

Maia apenas pudo fijar la mirada en el destello de metal cuando él deslizó un pequeño objeto, frío y redondo, entre su mano y la colcha. ¡Mi sextante!, advirtió con alegría. Era sólo una herramienta tonta, medio rota, de poca utilidad. Sin embargo, significaba mucho para ella tener algo familiar. Algo aliado a sus recuerdos. Algo que era suyo. Las lágrimas asomaron a sus ojos.

—Vamos, vamos —la tranquilizó Renna—. Ahora descansa un poco. Estaré aquí.

Maia quiso protestar que nadie tenía por qué cuidarla, pero carecía de voluntad para hablar. Parte de ella sentía que no era verdad.

Renna colocó amablemente su mano sobre la que sostenía el sextante. Su contacto fue cálido, sus callos extendidos de forma más igualada que los rudos costurones de Naroin. Debían de haber sido producidos por trabajos más sutiles, o quizá por ejercicios deliberados, aunque, mientras se quedaba dormida, Maia se preguntó por qué nadie querría alzar un dedo si no era estrictamente necesario. Parecía mejor yacer simplemente en la cama, para siempre.

—¿Qué van a hacer, mantenerme en cama para siempre?

Maia golpeó las mantas con ambos puños, haciendo que el doctor retirara el estetoscopio. .

—Vamos, no te enfades. Sólo he dicho que te lo tomes con calma durante un tiempo. Pero eres joven y fuerte. Levántate cuando te venga en gana.

—¡Eia! —gritó Maia, apartando las mantas y saltando a la cubierta de madera. Demasiado rápidamente. Sintió un arrebato de aturdimiento, pero se negó a dejar que se notara—. ¿Alguien tiene algo de ropa para prestarme? Será la primera deuda que salde trabajando.

—No le debes nada a nadie —dijo Kiel desde el pie de la cama—. Compensaremos lo que había en el paquete que te dejamos en el hotel. Ropa y algún dinero. Es tuyo, libre y claro.

—No quiero vuestra caridad —replicó Maia.

De pie al otro lado del pequeño camarote, junto a la puerta, Thalla frunció el ceño tristemente.

—No te enfades, Maia. Nosotras sólo…

—¿Quién está enfadada? —interrumpió Maia, cerrando un puño—. Comprendo por qué lo hicisteis. Tenéis grandes planes de carácter político para Renna, y supusisteis que yo me interpondría. Aunque soy una var como vosotras.

Thalla y Kiel parecían dolidas, y aliviadas de que Renna se hubiera marchado mientras duraba el examen médico.

—Nos dedicamos a asuntos peligrosos —intentó explicar Kiel.

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