Noche cerrada en Bergen
- Автор: Хольт Анне
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Noche cerrada en Bergen». Краткое содержание книги:
La cuarta entrega de la serie de Vik/Stubø es una emocionante novela negra que aborda temas actuales. Noche cerrada en Bergen va más allá de la investigación criminal al uso al invitar a la reflexión acerca de temas políticos, religiosos y de derechos humanos. Es, además, una contundente crítica a la intolerancia.
– Aquí -dijo ella alcanzándole un cuchillo largo y afilado-. Usé la astucia femenina.
El hombre abrió el sobre. Introdujo dos dedos en él y sacó un documento. Tenía sólo dos hojas, y al principio de la primera página estaba escrito «testamento», en letras grandes.
– Esto es un testamento -dijo él, decepcionado, sin necesidad.
La secretaria estaba de pie a su lado y vio exactamente lo mismo que él. El hombre se alejó de ella con irritación, y enseguida le pidió una taza de té. Ella asintió severa y salió a la antesala.
A Kristen Faber, el nombre del redactor del testamento le sonaba conocido, a pesar de que no lograba ubicarlo. Niclas Winter era único heredero. Una lectura rápida indicaba una vasta herencia, aunque frases como «todo el portafolio» o «todos los edificios» no decían mucho.
El documento satisfacía todos los requerimientos de forma. Estaba paginado y firmado por el redactor y dos testigos que, según el contenido, no eran beneficiarios. Cuando el abogado vio la fecha original del testamento, arrugó por un momento la frente antes de escribir una pequeña nota en un papelito.
La secretaria volvía con una taza. «Enojoso», pensó el abogado Faber; la taza debía de estar ya preparada cuando preguntó. Guardó rápidamente el testamento en su sobre y lo selló con una ancha cinta adhesiva. Pegó al papelito escrito en la cara del sobre.
– Guarde esto en la caja fuerte -dijo-. He de verificar lo que haremos con ello. Niclas Winter está muerto, pero puede que tenga herederos.
– No -dijo la secretaria-. En el periódico dicen que no tiene ningún heredero. Hasta donde yo entiendo, el Estado es quien heredará todo lo que deja.
– Bueno -dijo Kristen Faber, encogiéndose de hombros-. Entonces no es tan peligroso. El Estado ya saca lo suficiente de casi toda la gente. Pero en todo caso creo que este documento tiene que llevarse al juzgado de sucesiones. Lo investigaré mañana.
– Mañana tiene que ir a la corte con un nuevo caso -le recordó ella-. Quizá yo podría…
– Sí -dijo él, cortante-. Hágalo. Llame al juzgado de sucesiones y pregúnteles qué debemos hacer.
– Por supuesto -dijo ella con una sonrisa-. Haré eso mañana por la mañana. ¿Estaba bien el té?
Su jefe ni siquiera le contestó.
– Mil gracias por haberse molestado en venir hasta aquí otra vez -dijo en voz baja, y sonrió suavemente al robusto policía-. Mandé a los dos niños mayores a la casa del vecino, y William está a punto de irse a dormir. Lukas, el pobre, ha dormido durante todo el día.
Yngvar Stubø se quitó los zapatos y le entregó el abrigo antes de entrar en el salón agradable y luminoso. Aquí y allá había juguetes, libros infantiles y cosas así, y sobre el respaldo de una silla del comedor colgaba un jersey, secándose. De todas maneras, el salón daba una impresión de orden. «Placentero», pensó Yngvar, y cayó en la cuenta del enorme dibujo infantil que colgaba enmarcado sobre un sofá beis lleno de almohadones de colores.
– ¿Quién es el artista? -sonrió indicando el cuadro con la cabeza.
– La del medio -dijo ella-. Andrea.
– ¿Qué edad tiene?
– Seis.
– ¿Seis? ¡Caramba, tiene talento!
Astrid levantó una mano hacia el sofá.
– Siéntese, por favor. ¿Un café?
– No, gracias. No tan tarde.
Ella miró de reojo el reloj de pared sobre la mesa de la cocina. Eran las siete pasadas.
– ¿Agua? ¿Alguna otra cosa?
– No, gracias.
Él retiró un par de almohadones antes de sentarse. Olía a bollitos y levemente a limón, y en el hogar la leña reseca ardía con viveza. Había algo particular en aquella casa. La atmósfera era de alguna manera más calma de lo que él estaba acostumbrado a ver en familias con niños pequeños; a pesar del limitado desorden, todo parecía bien arreglado. Levantó la vista cuando ella, a pesar de su negativa, le puso enfrente una taza de café, una jarrita con leche y una bandeja con panecillos.
– Esto no me sucede a menudo -dijo él cogiendo un panecillo.
Ella sonrió y fue hasta una estantería vecina a la ventana que daba al jardín. Cuando regresó, dudó por un momento antes de sentarse a su lado en el sofá amplio y profundo. Yngvar ya estaba por la mitad de un bollito.
– Buenísimos -dijo con la boca llena de comida-. ¿Qué les pone dentro?
– Mermelada común y corriente -dijo ella-. De fresa. Mire.
Le mostró una fotografía. Confundido, él dejó el resto del bollo en el platillo y se limpió los dedos en el pantalón antes de tomar el retrato y apoyarlo con cuidado sobre la rodilla derecha.
La fotografía era de papel grueso y sepia, y había sido tomada desde bastante cerca.
– Espero estar haciendo lo correcto -dijo ella con voz casi inaudible.
– Lo está haciendo.
Él examinó la foto con cuidado. Si bien no podía tildársela precisamente de bella, había algo simpático en aquel rostro joven. Los ojos eran grandes y él hubiese apostado a que eran azules. Tenía una linda sonrisa, con indicios de hoyuelos en una de las mejillas. Uno de los incisivos frontales ocultaba al vecino y, por un momento, él arrugó la frente, profundamente concentrado.
– Es casi como si la hubiese visto antes -murmuró.
Astrid no contestó. En lugar de hacerlo lo miró, con la boca entreabierta y sin respirar, como tomando impulso para decir algo que se resistía a pronunciar.
Él se le adelantó.
– Se parece a Lukas, ¿verdad?
Ella asintió.
– Lukas cree que es su hermana -dijo-. Por eso no deseaba mostrarle esta foto. Quería encontrarla por sus propios medios y evitar que se hiciera pública cualquier cosa en torno a este asunto. Piensa que la familia ya ha tenido suficiente y que esto no debería salir a la luz. En lo primero que piensa es en su padre. Pero también en la reputación de su madre. Y en sí mismo, creo.
– Una hermana -dijo Yngvar, pensativo-. Una hermana desconocida podría tener cabida en esta historia, pero ella es…
– No es posible -interrumpió Astrid, que se enderezó.
Estaba sentada a su lado como una reina: de costado en el sofá, relajada y sin apoyar la espalda, con las piernas juntas.
– Eva Karin no habría mantenido jamás en secreto una hermana de Lukas.
– Eso creo -dijo Yngvar sin quitar la mirada del retrato-. Porque esta mujer es demasiado mayor hoy, si vive, como para ser la hermana de Lukas.
– ¿Demasiado mayor? ¿Cómo lo sabe? La fotografía no tiene fecha, y…
Esta vez fue Yngvar el que interrumpió.
– De hecho, hemos considerado que había un hijo o una hija. Esa historia de que encontró a Jesús cuando tenía dieciséis años fue claramente muy importante en la vida de Eva Karin. Puede pensarse que en ese momento estaba embarazada y que fue salvada, en ese sentido. Lo común en ese entonces era dar en adopción los hijos de las jóvenes madres solteras. Pero… -Hizo una mueca y sacudió lentamente la cabeza-. Me he hecho una idea bastante buena de la obispo en estas semanas. Y tengo que estar de acuerdo con usted. Si existe un hijo o una hija de esa época, ella probablemente se lo hubiese dicho a Lukas. En todo caso cuando creció. Hoy nadie la condenaría. Muy al contrario, una historia así apuntalaría todo lo que ella dice…, todo lo que dijo en referencia a la cuestión del aborto.
Astrid tomó el retrato y lo alzó con cuidado.
– El parecido puede ser puramente casual -dijo-. Siempre pensé que Lukas se parecía a Lili Lindfors, y en todo caso ellos no están emparentados.
– ¿Lili Lindfors?
Yngvar sonrió con amplitud mientras examinaba el retrato una vez más.
– Ella también se le parece -dijo sorprendido-. ¡Y ahora que lo dice, Lukas no está tan lejos de parecérsele, tampoco! Una versión masculina de Lili Lindfors, con el cabello oscuro.