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El secreto de Mona Lisa

Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:

La apasionante vida de la mujer que inspiró La Gioconda, en una intrigante trama llena de amor, traición y luchas de poder. La joven y hermosa Lisa di Gherardini es conducida por su padre al palacio Médici, donde la espera Lorenzo el Magnífico. Allí conoce a Leonardo da Vinci, con quien mantendrá una relación muy especial, y a Giuliano, el hijo menor de Lorenzo, de quien se enamorará perdidamente. Lisa y Giuliano se casan en secreto, pero al poco tiempo estalla una rebelión contra los Médici y Lisa da a su marido por muerto. Comienza una época turbulenta marcada por el terror religioso. La joven florentina tendrá que tomar partido en la contienda.
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– Algo de eso he oído -dije.

– Según los propietarios de las tiendas, el autor de mi denuncia fue un tal Paolo Sogliano. Resultó ser el pintor y ayudante de un joyero en la vía Vaccarecchia llamado Antonio del Pollaiuolo. Los cargos fueron retirados por falta de pruebas, aunque se interrogó a muchos posibles testigos. Pocos años después, Sogliano se encontró en la calle.

– Entonces todo era una mentira. -Me miré las manos.

– No era en absoluto verdad. Te pido que pienses cómo te hubieses sentido en mi situación. Cómo te habrías sentido, si te hubiesen sacado de la cama en plena noche para llevarte a la cárcel y someterte a un interrogatorio. Cómo te habrías sentido, diciéndoselo a tu padre. Cómo te habrías sentido, al tener que recurrir a tu relación con Lorenzo de Médicis, y pedirle ayuda para conseguir que te dejaran en libertad y poder dormir en tu propia cama en lugar de en un calabozo. Dante dice que los sodomitas están condenados a vagar para siempre en un terrible desierto. Te aseguro que no hay peor desierto que el interior de una celda en el Bargello. -La furia desapareció de su tono; las siguientes palabras sonaron titubeantes, tímidas-: Eso no significa que nunca me haya enamorado de un hombre. Ni tampoco significa que no me haya enamorado de una mujer.

Continué mirándome las manos. Pensé cómo debió de haber sido para un joven tener que decirle a su padre que lo habían arrestado por semejante delito. Pensé en la ira de su padre, y me avergoncé.

– En cuanto a Salai… -Volvió a parecer indignado; las palabras fustigaron el aire-. No sé si te habrás dado cuenta de que es un chico. Tiene tu misma edad, aunque podría ser diez años menor que tú; has visto que tiene la madurez de un niño. Aún no tiene edad suficiente para saber qué quiere. Soy un hombre adulto, y su tutor. Insinuar que hay algo más en nuestra relación, más allá de algunos momentos de gran irritación, es insultante.

Cuando por fin pude hablar, dije:

– Perdóname por mis terribles palabras. Sé cómo es el Bargello. Me llevaron allí la noche que murió Giuliano. Mi padre también estuvo. Nos liberaron gracias a la intervención de Francesco.

Su expresión se suavizó en el acto.

– ¿De verdad creías que traería a Francesco conmigo? -pregunté, pero mi tono era sereno-. ¿Para detener a Piero? ¿Para detenerte a ti?

Leonardo sacudió la cabeza.

– Sinceramente no creí que lo hicieras. Te juzgué digna de confianza. Como dije, tenía que poner a prueba mi propio juicio. Yo he… -Una sombra de dolor cruzó sus facciones-. Mi tendencia a entregarme a mis sentimientos ha conducido a una gran tragedia. No puedo permitir que vuelva a suceder algo semejante. -Se acercó y me sujetó las manos-. Lo que hice fue doloroso pero necesario. Me disculpo de todo corazón. ¿Me perdonarás, madonna Lisa, y me aceptarás de nuevo como tu amigo?

«Tu amigo», había dicho, pero la emoción en sus ojos hablaba de algo más profundo. Antes de enamorarme de Giuliano, fácilmente habría podido entregarle mi corazón a este hombre, pero ahora estaba demasiado dolorida para llegar siquiera a considerarlo. Con mucha suavidad solté mis manos.

– Sabes que amaba a Giuliano.

Esperaba que aquellas palabras le doliesen un poco, que sirviesen para apagar el afecto en sus ojos. No lo consiguieron.

– No lo dudo -dijo alegremente, y me miró expectante.

– Te perdono -contesté con toda sinceridad-. Pero hasta hoy solo tenía a mi hijo. Ahora tengo esto también. ¿Lo comprendes? Así que no rechaces mi utilidad.

– No lo hago -dijo suavemente-. Puedes ser de gran utilidad para nosotros.

– ¿Piero no está aquí en Florencia?

– No, madonna, y si tu marido creyese que lo está, desde luego intentaría planear su asesinato.

Me negué a que sus palabras me asustasen.

– Entonces ¿qué debo hacer? ¿Qué puedo hacer para ayudar?

– Primero, podrías decirme todo lo que recuerdes de la carta que Salai estaba leyendo cuando lo descubriste en el despacho de ser Francesco.

Se lo conté. Le dije que mi marido había ordenado conseguir los nombres de todos los bigi y alentar a fray Girolamo a predicar contra Roma. Salai, al parecer, leía con dificultad y tenía pésima memoria. Yo sería mucho mejor informadora.

Debía buscar en la mesa de Francesco casi todas las noches si era posible, y si descubría algo importante, tenía que informar de mi descubrimiento colocando determinado libro de mi biblioteca en mi mesilla de noche. No pregunté por qué: era obvio. Isabella, que había facilitado la entrada a Salai en el despacho, también limpiaba mi dormitorio cada mañana y encendía el fuego cada noche. Dudaba que ella tuviese pleno conocimiento de lo que hacía, o que Salai se lo hubiese dicho; probablemente creía que tan solo se trataba de un buonomo que espiaba a otro.

Al día siguiente de dar la señal con el libro, debía ir a la sexta a la Santissima Annunziata, aparentemente para rezar.

Mi corazón estaba dividido: por un lado cargaba con el dolor de los recuerdos, que se reavivaban al hablar de los Médicis; por otro lado estaba feliz, aliviado al fin de poder ayudar a la expulsión de Savonarola, a la caída de Francesco del poder y al segundo regreso de Piero.

– Hay otra cosa que puedes hacer para ayudar -me dijo Leonardo. Me llevó a la larga mesa cubierta con los adminículos de pintor. La madera enyesada estaba en posición horizontal, cubierta con el boceto de carboncillo. Las esquinas del papel estaban sujetas a la madera con cuatro piedras pulidas; todo el dibujo había sido rociado con polvo de carbón-. Ahora un poco de magia. No respires.

Apartó las piedras y con mucho cuidado sujetó la esquina superior izquierda y la esquina inferior derecha del papel y lo levantó de la madera. Con mucho cuidado, se apartó de la mesa y dejó que el polvo cayera del dibujo al interior de un cubo que había en el suelo; parte del oscuro polvo manchó su rostro y sus prendas como una fina capa de hollín.

Permanecí delante del panel sobre la mesa, conteniendo el aliento. Allí estaba yo sobre la superficie ebúrnea; mis facciones grises, borrosas y fantasmales, esperaban el momento de nacer.

Posé durante no más de media hora, para que Claudio no sospechase. Leonardo llevó la madera con la silueta al caballete. Quería que me sentase en mi taburete inmediatamente, pero exigí primero poder ver las herramientas. En la mesa junto al caballete había ahora tres finos pinceles, cada uno de distinto tamaño, colocados en una pequeña bandeja medio llena de aceite. En una pequeña paleta de madera había bolitas de color secas, algunas a medio aplastar; había tres bandejas de hojalata; en una había una bolita negra, y en las otras dos había dos tonos de un color castaño verdoso.

– Este es un negro hecho con cáscaras de almendra y estos son verdaccio -explicó-, el negro para trazar las facciones, los otros dos para añadir sombras. El verdaccio es una mezcla de ocre oscuro, cinabrese, cal y una punta de negro, lo suficiente para cubrir la punta de una espátula.

– Si vas a trazar el perfil, ¿por qué debo sentarme?

Me miró como si mi pregunta fuese una estupidez.

– Debo ver cómo se proyectan las sombras. Cómo se destacan los contornos de tus facciones, cómo retroceden. Debo ver tu rostro vivo, con mil expresiones distintas mientras se suceden tus pensamientos; de lo contrario, ¿cómo puedo hacer que parezcas viva para el espectador?

Me senté en el taburete y dejé que colocase mis manos, mi cabeza, mi torso, en ángulos precisos, con un toque ligero y experto. Cuando estuvo satisfecho, fue a colocarse de nuevo delante del caballete y lo miró con el entrecejo fruncido.

– Demasiado oscuro. No soy partidario de una luz dura, resta suavidad, pero necesitamos tener más… -Se acercó a la ventana y utilizó la polea para subir la cortina de lona hasta arriba. Una vez satisfecho de la intensidad de la luz, se preguntó en voz alta si debía soltarme el pelo, porque no estaba seguro de cómo aparecía ahora; pero una mirada de advertencia de mi parte lo silenció. Imaginé lo que Claudio pensaría si salía de la capilla con los cabellos desordenados.

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