La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:
»Bueno, la noche anterior a su partida se presentó con una botella de licor. Era bueno, del que cuesta mucho más que el que solemos comprar. Cuando empina el codo Ham es incapaz de ocultarme nada, todo el mundo lo sabe. No es ningún bocazas sino un hombre en quien se puede confiar, ya os lo he dicho, pero cuando bebe no tiene secretos para mí.
Verna retiró la mano.
— Lo entiendo. Ham es un buen hombre y un amigo. No estáis traicionando su confianza, maese Sproul. Soy una Hermana y debéis confiar en mí. No temáis; no pienso causarle dificultades por lo que me digáis.
Sproul, evidentemente aliviado, asintió e incluso sonrió levemente.
— Bueno, como he dicho, teníamos el licor y empezamos a hablar de los viejos tiempos. Ham se marchaba y yo sabía que lo echaría de menos. Llevábamos juntos muchísimo tiempo, aunque no en el sentido de…
— Erais amigos. Lo entiendo. ¿Qué dijo?
Sproul se aflojó el cuello.
— Bien pues empezó a beber y a ponerse nostálgico porque se marchaba. Ese licor era más fuerte que el que solíamos beber. Le pregunté dónde vivía su hija para enviarle el dinero de la factura. Después de todo, yo me quedaba con el negocio y me las apaño bastante bien. Hay trabajo. Pero Ham me dijo que no, que no lo necesitaba. ¡Que no lo necesitaba! Bueno, eso me picó la curiosidad y quise saber de dónde había sacado el dinero y él me dijo que lo había ahorrado. Ham nunca ahorró ni un penique. El dinero apenas le duraba un minuto en el bolsillo, enseguida se lo gastaba.
»Entonces fue cuando me dijo que enviara la factura a palacio, me insistió mucho. Supongo que se sentía culpable por dejarme solo, sin ayuda. Entonces le pregunté: “¿Ham, a quién enterraste para palacio?”.
Sproul se inclinó hacia ella y bajó la voz hasta convertirla en un grave susurro.
— «No he enterrado a nadie», me respondió. «El trabajo fue sacar».
Verna agarró al hombre por el sucio cuello.
— ¡Qué! ¿Desenterró a alguien? ¿Es eso lo que quiso decir?
— Sí. Eso es. ¿Habíais oído cosa igual? ¿A quien se le ocurre desenterrar a los muertos? A mí no me importa enterrarlos pero la idea de sacarlos del hoyo me da escalofríos. Me parece una profanación. Claro que estábamos bebiendo por los viejos tiempos y todo eso, y me lo contó muerto de risa.
Verna estaba tan agitada que no podía pensar con claridad.
— ¿A quién exhumó? ¿Y quién se lo ordenó?
— Sólo dijo que era «para palacio»?
— ¿Cuánto hace de eso?
— Mucho. No lo recuerdo… un momento, fue después del solsticio de invierno, tal vez uno o dos días después.
Verna lo zarandeó por el cuello.
— ¿Quién era? ¿A quién desenterró?
— Se lo pregunté. Le pregunté a quién querían recuperar del hoyo. Pero su respuesta fue: «No les importaba quién. Sólo querían una mortaja limpia».
— ¿Estás seguro? —insistió Verna, sin soltarlo—. Estabais bebidos… es posible que se lo inventara.
Sproul negó con la cabeza como si temiera que la Hermana se la arrancara de un mordisco.
— No, lo juro. Cuando bebe Ham no se inventa historias ni miente. Cuando bebe siempre me dice la verdad. Por gordo que sea el pecado, cuando bebe me lo confiesa. Recuerdo perfectamente lo que me dijo; fue la última noche que vi a mi amigo. Recuerdo lo que dijo.
»Me insistió en que enviara la factura a palacio, pero que esperara unas semanas, pues le habían dicho que estarían ocupados.
— ¿Qué hizo con el cuerpo? ¿Adónde lo llevó? ¿A quién se lo entregó?
Sproul trató de retroceder pero Verna lo tenía bien cogido por el cuello.
— No lo sé. Me dijo que fue a palacio en un carro muy bien cubierto y que le dieron un pase especial para que los soldados no comprobaran la carga. Tuvo que ponerse sus mejores ropas para que la gente no reconociera su oficio, para no asustar a la fina gente de palacio y, sobre todo, no herir la sensibilidad de las Hermanas, que se encontraban en comunión con el Creador. Ham hizo lo que le ordenaron y estaba orgulloso de ello pues no inquietó a nadie de palacio yendo allí con los cadáveres. Eso es todo lo que dijo. No sé nada más. Lo juro por mi esperanza de fundirme con la luz del Creador cuando muera.
— ¿Cadáveres? ¿Habéis dicho cadáveres? ¿Es que desenterró más de uno? —Verna lo fulminó con una peligrosa mirada al tiempo que lo estrujaba—. ¿Cuántos? ¿Cuántos cuerpos desenterró y entregó en palacio?
— Dos.
— Dos… —repitió la mujer en un susurro, absolutamente atónita. Sproul asintió.
Verna lo soltó.
Dos.
Dos cuerpos envueltos en mortajas limpias.
Apretó los puños y gruñó de rabia.
Sproul tragó saliva y alzó tímidamente una mano.
— Hay otra cosa. No sé si es importante.
— ¿Qué es? —preguntó Verna, apretando los dientes.
— Dijo que los querían frescos, y que uno era menudo y fue fácil, pero que el otro le hizo sudar la gota gorda porque era muy grande. No le pregunté nada más. Lo siento.
Verna forzó una sonrisa.
— Gracias, Milton, has rendido un gran servicio al Creador.
El sepulturero se cerró el cuello de la camisa, que crujió.
— Gracias, Hermana. Hermana, por mi oficio nunca he tenido valor de acercarme al palacio. A la gente no le gusta verme y, bueno, por eso no he ido nunca. Hermana, ¿me podríais dar la bendición del Creador?
— Pues claro, Milton. Has cumplido su voluntad.
El hombre cerró los ojos y musitó una plegaria.
Suavemente Verna le tocó la frente.
— Que la bendición del Creador se derrame sobre su hijo —susurró, mientras dejaba que su han fluyera hacia la mente de Sproul. Éste ahogó una exclamación de éxtasis mientras el han de la Hermana invadía su mente—. Olvidarás todo lo que Ham te dijo estando borracho. Sólo recordarás que él hizo el trabajo, pero nada más. Cuando me marche, tampoco recordarás que he estado aquí.
El hombre permaneció un rato con los ojos cerrados antes de abrirlos de nuevo y decir:
— Gracias, Hermana.
Warren se paseaba arriba y abajo por la calle. Verna pasó a su lado hecha un basilisco, sin decirle nada. Warren corrió para alcanzarla.
— Voy a estrangularla —gruñó Verna entrecortadamente—. La estrangularé con mis propias manos. Me da igual que el Custodio se me lleve, la estrangularé.
— ¿De qué estás hablando? ¿Qué has averiguado? ¡Verna, no vayas tan rápido!
— No me hables ahora, Warren. ¡No digas ni una palabra!
La mujer caminó en tromba por la ciudad agitando los puños al ritmo de sus furiosas zancadas. Era como una tempestad que asolara los campos. Sentía como si el furioso nudo que sentía en su estómago fuese a convertirse en rayos y truenos. No veía ni las calles, ni los edificios, ni tampoco oía los tambores. Incluso se olvidó de Warren, que trotaba tras ella. Lo único que veía era una imagen de venganza.
Estaba ciega a todo lo externo, perdida en un mundo de rabia. Sin saber cómo había llegado hasta allí, se encontró cruzando uno de los puentes traseros que comunicaban con la isla Halsband. En la cresta central, por encima del agua, se detuvo tan de repente que Warren a punto estuvo de chocar contra ella.
— Quiero que bajes ahora mismo a las criptas y desentrañes esa profecía —le ordenó, agarrándolo con rabia por el trenzado plateado del cuello de la túnica.
— ¿De qué profecía hablas?
Verna lo zarandeó.
— De la que dice que cuando la Prelada y el Profeta sean entregados a la Luz en el sagrado rito, las llamas llevarán a ebullición un caldero de engaño y promoverán el ascenso de una falsa Prelada, que reinará sobre los muertos del Palacio de los Profetas. Encuentra las ramificaciones. Descífrala. Averigua todo lo que puedas. ¿Lo has entendido?
Warren se liberó y se alisó la túnica.
— ¿Qué ocurre? ¿Qué te ha contado el sepulturero?