La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:
— Ahora no, Warren —respondió Verna en tono admonitorio.
— Se supone que somos amigos, Verna. Estamos juntos en esto, ¿recuerdas? Quiero saber…
— Haz lo que te digo —tronó Verna—. Si me sigues presionando, Warren, te arrojaré al río. Descifra esa profecía y en cuanto sepas algo ven a decírmelo.
Verna sabía de profecías y sabía que podía costarle años desentrañarla, incluso siglos. Pero ¿qué otra opción le quedaba?
Warren se sacudió el polvo de la túnica sólo para tener la excusa de desviar la mirada.
— Como ordenéis, Prelada.
Antes de darse media vuelta, Verna vio que tenía los ojos hinchados y enrojecidos. Quiso extender un brazo y detenerlo, pero ya estaba demasiado lejos. Quiso llamarlo y decirle que no estaba enfadada con él, que no era culpa suya que ella fuese la falsa Prelada, pero la voz le falló.
Localizó la roca redonda por debajo de la rama y escaló el muro. Solamente necesitó apoyarse en dos ramas del peral antes de dejarse caer en el jardín de la Prelada. En cuanto recuperó el equilibrio, echó a correr. Jadeaba y el pecho le dolía. Al llegar al santuario golpeó repetidamente la mano contra la puerta, pero no se abrió. Al recordar por qué, buscó en el bolsillo el anillo de Prelada. Una vez dentro, lo posó encima del sol grabado y la cerró. Luego, con toda su ira y su angustia lo arrojó lejos de sí. El anillo chocó contra la pared y cayó al suelo.
Entonces sacó el libro de viaje de la bolsa secreta cosida a la parte posterior del cinturón y se dejó caer en el taburete de tres patas. Aún jadeando buscó a tientas la caña oculta en el lomo del pequeño libro negro, lo abrió, lo dejó encima de la mesita y se quedó mirando la página en blanco.
Pese a la rabia y el resentimiento que sentía, trató de reflexionar. Cabía la posibilidad de que se equivocara. No. No se equivocaba. No obstante, era una Hermana de la Luz, si es que eso significaba algo, y no podía arriesgarlo todo por un pálpito. Tenía que hallar el modo de verificar quién tenía el otro libro de un modo que, si se equivocaba, no revelara su identidad. Sin embargo no se equivocaba. Sabía quién tenía el otro.
Verna se besó el anular al tiempo que murmuraba una plegaria, suplicando al Creador que la guiara y le diera fuerzas.
Tenía ganas de descargar su furia, pero antes que nada debía asegurarse. Con dedos temblorosos cogió la pluma y escribió:
«Primero debes decirme por qué me elegiste la última vez. Recuerdo cada palabra. Un error y arrojaré este libro al fuego.»
Cerró el libro y volvió a guardarlo en el bolsillo secreto. Temblaba, por lo que cogió la manta, se acurrucó en la butaca y se cubrió con ella. Nunca, en toda su vida, se había sentido tan sola.
Recordaba perfectamente su último encuentro con la prelada Annalina, al poco de regresar con Richard después de tantos años de viaje. Annalina se había negado a recibirla y pasaron semanas antes de que se dignara concederle audiencia. Por mucho que viviera, por cientos de años que transcurrieran, jamás olvidaría esa entrevista, ni las cosas que la Prelada le dijo.
Verna se sentía furiosa porque había descubierto que palacio le había ocultado una información muy valiosa. La Prelada la había utilizado sin darle ninguna explicación. Annalina le preguntó si sabía por qué había sido elegida para ir en busca de Richard. Verna creía que había sido un voto de confianza. Pero la Prelada dijo que había sido porque sospechaba que las otras dos Hermanas, Grace y Elizabeth, eran Hermanas de las Tinieblas y tenía información privilegiada que profetizaba que las dos primeras Hermanas morirían. Haciendo uso de su prerrogativa había elegido a Verna como la tercera del grupo.
Verna preguntó: «¿Me elegisteis porque teníais fe en que no fuera una de ellas?». La Prelada respondió: «Te elegí porque estabas casi al final de la lista. Porque no destacas en nada en especial. Dudaba que fueras una de ellas. Eres una persona bastante anodina. Grace y Elizabeth ocupaban los primeros puestos de la lista porque quienquiera que dirige a las Hermanas de las Tinieblas las consideraba prescindibles. Yo dirijo a las Hermanas de la Luz, y te elegí por esa misma razón.
»Algunas Hermanas son valiosas para nuestra causa y no podía ponerlas en peligro. Tal vez el muchacho demuestre su valía, pero hay asuntos más importantes que él en palacio. Richard no es más que una oportunidad, alguien que en el futuro podría ser de ayuda.
»Si surgían dificultades y ninguna de las tres regresabais, bueno… Estoy segura de que comprendes que un general no quiere perder a sus mejores tropas en una misión de baja prioridad.»
La misma mujer que le había sonreído cuando ella era niña y había sido su inspiración le rompió el corazón.
Verna se arrebujó en la manta mientras contemplaba entre lágrimas las paredes del santuario. Durante toda su vida solamente había deseado ser una Hermana de la Luz. Deseaba ser una de esas maravillosas mujeres que usaban su don para realizar la obra del Creador en este mundo. Había entregado su vida y su corazón al Palacio de los Profetas.
Verna recordó el día que le comunicaron que su madre había muerto. De vieja.
Su madre no poseía el don, por lo que de nada servía al palacio. Como vivía lejos, Verna apenas la veía. Las pocas veces que su madre viajaba hasta palacio, la asustaba comprobar que Verna no envejecía como una persona normal. Por muchas veces que Verna trató de explicarle el hechizo, ella nunca pudo entenderlo. Verna sabía que era porque su madre temía escuchar de verdad. Le daba miedo la magia.
Aunque las Hermanas no trataban de ocultar la existencia del hechizo por el cual los habitantes del palacio envejecían muy lentamente, quienes no poseían el don no lograban comprenderlo. A la gente le enorgullecía vivir cerca del palacio, a la sombra de su esplendor y poder, pero aunque lo contemplaban con reverencia era una reverencia mezclada con miedo y recelo. Les asustaba pensar en cosas de tal poder, del mismo modo que gozaban del calor del sol pero no osaban mirarlo directamente.
Cuando su madre murió Verna llevaba en palacio cuarenta y siete años pero tenía el aspecto de una adolescente.
Verna recordó el día en que le dijeron que Leitis, su hija, había muerto. De vieja.
La hija de Verna y de Jedidiah no heredó el don, por lo que de nada servía al palacio. Sería mejor, le dijeron, que creciera en una familia que la amara y le diera una vida normal; viviendo en palacio, sin el don, nunca sería feliz. Verna debía dedicarse a la obra del Creador y accedió.
Cuando una mujer con el don se unía a un hombre con el don aumentaban las probabilidades, por remotas que fueran, de que el fruto de esa unión naciera asimismo con el don. Así pues, las Hermanas y magos que concebían un nuevo ser recibían aprobación, aunque tal comportamiento no se fomentaba oficialmente.
Como era habitual en dichos casos Leitis nunca supo que las personas que la criaron no eran sus verdaderos padres. Seguramente era lo mejor, creía Verna. ¿Qué tipo de madre sería una Hermana de la Luz? El palacio había mantenido a la familia a fin de que Verna no se preocupara del bienestar de su hija.
En las ocasiones que los visitaba, simplemente como una Hermana que bendice a una familia honesta y trabajadora, Leitis le había parecido feliz. La última vez que la vio, Leitis tenía el pelo gris, caminaba encorvada y necesitaba la ayuda de un bastón. Su hija no la recordaba como la misma Hermana que la había visitado sesenta años antes, cuando jugaba al pilla pilla con sus amiguitos.
Después de que Verna la bendijera, Leitis le sonrió y se lo agradeció.
— Gracias, Hermana. Tenéis mucho talento para ser tan joven.
— ¿Cómo estás, Leitis? ¿Eres feliz?
Su hija le sonrió con aire distante.
— Oh, sí, Hermana. He tenido una vida larga y feliz. Mi marido murió hace cinco años pero, aparte de eso, el Creador me ha bendecido. —Soltó una risita para añadir—: Ojalá tuviera aún mi pelo castaño rizado. En otro tiempo era tan bonito como el vuestro. Sí que lo era, lo juro.