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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
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Después de todo llevaban sus mejores galas: Tovi iba vestida con un vestido oscuro que la hacía parecer más esbelta; Cecilia con su impecable cabello gris, perfectamente cepillado, que se complementaba con el vestido verde oscuro adornado con encaje en el cuello; Nicci con un sencillo vestido negro, como era habitual en ella, con un corpiño acordonado que subrayaba los senos; Merissa con un vestido rojo, que era su color favorito y con razón, pues daba realce a su densa melena de cabello negro, y que además exhibía su exquisita silueta; Armina con un vestido azul oscuro que destacaba su figura, razonablemente sensual y que hacía juego con sus ojos azules; y Ulicia con un favorecedor vestido azul mucho más claro que el de Armina, adornado con muy buen gusto con volantes en el escote y las muñecas, pero sin ningún adorno en la cintura, para no ocultar sus torneadas caderas.

Todas querían tener su mejor aspecto cuando mataran a Jagang.

Los sillares de piedra de los muros estaban completamente desnudos excepto por dos soportes con chisporroteantes antorchas. Mientras esperaban Ulicia sentía cómo la ira de las demás Hermanas iba aumentando junto con la suya, y también nacía un sentimiento de aprensión colectivo.

Cuando los marineros, rodeados por soldados, pasaron bajo el rastrillo uno de los dos soldados que vigilaban la entrada de piedra abrió la puerta interior de la fortaleza y con un rudo gesto de cabeza indicó a las Hermanas que avanzaran. Los pasillos eran tan austeros como el zaguán, tal como corresponde a una fortaleza militar y no a un palacio, por lo que no había lugar para las comodidades. Siguiendo a los guardias Ulicia tan sólo vio bancos de madera rudimentarios y herrumbrosas antorcheras de hierro. Las puertas eran toscos tablones de madera con goznes de hierro y mientras se adentraban en la fortaleza no vieron ni una sola lámpara de aceite. Era un simple cuartel.

Los soldados se detuvieron ante una enorme puerta doble y se colocaron a ambos lados, con la espalda contra la pared de piedra. Uno de ellos alzó un pulgar con gesto pomposo y les ordenó que entraran. Ulicia juró a sus Hermanas que recordaría ese rostro y que el hombre pagaría el precio de su arrogancia. El grupo de prisioneros, con Ulicia a la cabeza seguida por las cinco Hermanas y, finalmente, los marineros entraron en la gran sala, acompañados por el eco de las botas contra el suelo de piedra y el ruido de las armas de los soldados que entrechocaban.

Era un enorme salón. En lo alto de los muros se abrían unas ventanas sin cristal, por las que se veían los relámpagos del exterior y dejaban entrar la lluvia, que luego se deslizaba por la oscura piedra formando relucientes regueros. A ras de suelo, a ambos lados, ardían dos fuegos en simples hoyos. Las chispas y las volutas de humo ascendían hasta salir por las ventanas pero, no obstante, en el aire del salón flotaba una neblina de penetrante y desagradable olor. En los oxidados tederos dispuestos en los muros las antorchas chisporroteaban y siseaban, con lo que el olor de brea se sumaba al hedor de sudor. En el salón en penumbra todo parpadeaba a la luz del fuego.

Entre los dos crepitantes fuegos distinguieron apenas un sólido tablero de madera sobre el que se había desplegado un verdadero festín. Sólo había un hombre sentado a la mesa, frente a ellas, observándolas con indiferencia mientras se cortaba un pedazo de cochinillo asado.

Con aquella luz turbia y parpadeante costaba asegurarse. Y tenían que estar seguras.

Tras la mesa, contra el muro, vieron a unas personas de pie que obviamente no eran soldados. Los hombres llevaban pantalones blancos y nada más. Ellas iban cubiertas del cuello a los tobillos con una prenda de pantalones anchos que les llegaba hasta las muñecas, atada a la cintura con una cuerda blanca. Excepto por la cuerda, la ropa era tan transparente que podrían igualmente haber ido desnudas.

El hombre alzó una mano y movió los dedos índice y medio para ordenarles que se acercaran. Las seis mujeres avanzaron por el grande y tenebroso salón que, debido a la piedra negra que absorbía la luz de los fuegos, parecía una cueva que se fuera cerrando sobre ellas. Delante de la mesa, sobre una enorme piel de oso, había otros dos esclavos vestidos de modo igualmente absurdo. Las mujeres de pie detrás de la mesa, contra la pared, tenían las manos a los costados y permanecían inmóviles y tensas. Todas eran jóvenes y llevaban un anillo de oro en el centro del labio inferior.

A medida que avanzaban oían los fuegos a su espalda crepitar. El hombre sentado a la mesa tendió a un lado su jarra, y uno de los esclavos vestido con pantalones blancos le sirvió vino. Ninguno de los esclavos miró a las seis mujeres. Su atención estaba fija en el hombre sentado a la mesa. Entonces Ulicia y las demás Hermanas lo reconocieron.

Jagang.

Era de estatura media pero fornido, con enormes brazos y pecho. Vestía un chaleco de piel que dejaba sus musculosos hombros al aire y que se abría en el centro. En la profunda hendidura que se formaba entre los prodigiosos músculos del pecho, cubierto de abundante pelo, le colgaban varias docenas de cadenas de oro y joyas. Eran joyas dignas de un rey o una reina. Brazaletes de plata le rodeaban los brazos por encima de sus prominentes bíceps. En cada uno de sus gruesos dedos llevaba un anillo de oro o de plata.

Todas las Hermanas sabían perfectamente el daño que era capaz de infligir con esos dedos.

Su cabeza rasurada relucía a la parpadeante luz de las llamas. Hacía juego con los músculos. Ulicia no conseguía imaginárselo con pelo en la cabeza, pues perdería gran parte de su amenazador aspecto. Tenía un cuello tan grueso como el de un buey. La aleta izquierda de la nariz estaba perforada por un anillo de oro unido a una fina cadena, también dorada, que luego se unía a otro anillo que llevaba en la oreja izquierda. Excepto por el ancho bigote que le crecía sólo por encima de las comisuras de los labios en perpetuo esbozo de una burlona sonrisa, iba perfectamente afeitado. En el centro del mentón, bajo el labio inferior, le nacía una pequeña perilla.

Pero eran sus ojos los que fascinaban a cualquiera que los mirara. Eran de un turbio gris, sin nada de blanco, empañados con sombrías formas oscuras que se movían en un campo de total oscuridad. Pero cuando miraba a alguien, la persona no tenía ninguna duda de que la miraba a ella.

Eran como dos ventanas que se abrieran a un mundo de pesadilla.

La sonrisa desapareció dejando paso a una traicionera mirada.

— Llegáis tarde —les dijo con voz grave y chirriante, que todas reconocieron tan rápidamente como aquellos ojos de pesadilla.

Ulicia no perdió tiempo en palabras, ni tampoco reveló ni un ápice de sus intenciones. Retorciendo el flujo de han controlaba el odio de todas las Hermanas y permitía que únicamente una parte de sus sentimientos —el miedo— asomara a sus rostros. No quería que Jagang percibiera su confianza y se preguntara cuál era la razón.

Ulicia estaba decidida a destruir absolutamente todo, desde la punta de sus pies hasta cincuenta kilómetros en adelante.

Con una brusquedad que nada sabía de ceremonias, liberó los obstáculos que contenían la furiosa fuerza que había mantenido encapsulada hasta entonces. Rápidas como el pensamiento, la Magia de Suma y de Resta estallaron con incontenible furia, generando una mortífera onda expansiva que avanzaba hacia adelante. Incluso el aire aullaba y quemaba. El salón se encendió con el cegador estallido de las magias gemelas y contrarias, que se retorcían en una ensordecedora descarga de furia.

La misma Ulicia se quedó atónita ante la fuerza que acababa de liberar.

Era como si el mismo tejido de la realidad se desgarrara.

Su último pensamiento fue que, seguramente, acababa de destruir el mundo entero.

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