La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:
Verna asintió, contemplando a una anciana en una calle lateral que, desde su balcón, tendía ropa. Era la única persona que había visto en la última hora.
— ¿Qué pasó con él?
— Poco después de que te marcharas la Orden Imperial lo derrocó y ya no volvimos a saber de él. El rey era querido por el pueblo. Tanto Tanimura como otras ciudades del norte prosperaban bajo su reinado. Desde entonces las cosas han empeorado. El emperador ha permitido que florezca la corrupción y al mismo tiempo no se ocupa de asuntos tan importantes como el comercio y la justicia. Toda esa gente que has visto viviendo en la miseria son refugiados llegados de otras ciudades y pueblos saqueados.
— Pues, para ser refugiados, no me han parecido que estén descontentos.
Warren alzó una ceja.
— Ja’la —dijo solamente.
— ¿Qué quieres decir?
— Bajo la Orden Imperial apenas tienen esperanzas de una vida mejor. Su única esperanza, su único sueño es convertirse en un jugador de ja’la.
»Los jugadores se seleccionan por su talento, no por su dinero ni posición social. La familia de un jugador nunca pasa necesidades; su hijo provee por ellos en abundancia. Así pues, los padres animan a sus hijos a que jueguen a ja’la con la esperanza de que se conviertan en profesionales. A partir de los cinco años pueden ingresar en equipos de aficionados, clasificados por edad. Todos, cualesquiera que sean sus circunstancias, pueden llegar a ser jugadores profesionales de ja’la. Incluso algunos provienen de las filas de los esclavos del emperador.
— Eso no explica la pasión que despierta.
— En la actualidad todo el mundo forma parte de la Orden Imperial. La lealtad hacia las antiguas patrias no se permite. Gracias al ja’la las personas se sienten hermanadas con sus vecinos y su ciudad a través de un equipo. El emperador sufragó la construcción del campo de ja’la, como regalo a Tanimura. De este modo el pueblo no piensa en sus míseras condiciones de vida, que no pueden controlar, y encuentran una válvula de escape que no amenaza al emperador.
Verna volvió a agitar las puntas del chal.
— Creo que tu teoría es acertada, Warren. Desde muy pequeños a los niños les gustan los juegos. Juegan todo el día. El juego es parte de la naturaleza humana. Cuando crecen, compiten con el arco, apuestan a los caballos o juegan a los dados.
— Por aquí. —Warren la cogió por la manga y con el pulgar señaló hacia un estrecho callejón—. Y el emperador encauza esa tendencia hacia algo más que natural. No sé por qué se preocupa de que el pueblo piense en la libertad o en la justicia. Ahora su gran pasión es el ja’la y no les interesa nada más.
»En vez de preguntarse a qué viene el emperador y qué supondrá eso en sus vidas, todos están alborotados por el ja’la.
Verna sintió que se le revolvía el estómago. Ella sí se preguntaba qué querría el emperador. Tenía que haber alguna razón de más peso que un partido de ja’la, que justificara un viaje tan largo. Quería algo.
— ¿Y nos les inquieta la idea de vencer a un hombre tan poderoso, o más bien a su equipo?
— El equipo imperial es muy bueno, según me han dicho, pero no goza de ningún privilegio ni ventaja especial. El emperador no se ofende porque su equipo pierda, aunque ordena decapitar a sus jugadores. Si el rival vence, el emperador acepta que es mejor y felicita sinceramente al equipo y a la ciudad. La gente ansía el honor de vencer al renombrado equipo del emperador.
— Hace ya un par de meses que regresé y no había visto la ciudad vaciarse por un partido.
— La temporada acaba de empezar. Solamente se disputan partidos oficiales durante la temporada de ja’la.
— Eso no encaja en tu teoría. Si el ja’la distrae a la gente de asuntos mucho más importantes, ¿por qué no jugarlo todo el tiempo?
Warren le dirigió una sonrisa de suficiencia.
— Las expectativas aumentan el fervor. La gente se pasa horas analizando las perspectivas de la nueva temporada. Cuando finalmente la temporada llega, la emoción está al rojo vivo. Es como dos jóvenes enamorados que se vuelven a ver después de estar separados; sus mentes están como embotadas. Si los partidos se jugaran siempre, es posible que no despertaran tantas pasiones.
Era obvio que Warren había dedicado muchas horas de reflexión a su teoría. Aunque Verna no acababa de estar de acuerdo, el joven parecía tener respuesta para todo, por lo que cambió de tema.
— ¿De quién has sabido que el emperador traerá su equipo?
— De maese Finch.
— Warren, te envié a las caballerizas para hacer indagaciones sobre los caballos desaparecidos, no para hablar de ja’la.
— Maese Finch es un gran entusiasta del juego y estaba tan entusiasmado por el partido de hoy, el primero de la temporada, que dejé que se explayara para después averiguar lo que quería saber.
— ¿Y lo averiguaste?
Se detuvieron bruscamente y alzaron la vista hacia un cartel tallado que exhibía una lápida, una pala y los nombres «BENSTENT» y «SPROUL».
— Sí. Entre decirme cuántos latigazos iba a recibir el otro equipo y cómo ganar dinero apostando sobre el resultado, me dijo que los caballos desaparecieron hace bastante tiempo.
— Justo después del solsticio de invierno, supongo.
Protegiéndose los ojos con una mano, el joven miró por la ventana.
— Exacto. Se han esfumado cuatro de los caballos más fuertes, aunque sólo dos equipos de arreos completos. Finch sigue buscando los caballos y jura que los encontrará pero cree que robaron los arreos.
Al otro lado de la puerta, en la parte trasera de una oscura habitación, Verna oyó el ruido de una lima sobre acero. Warren escrutó la calle.
— Parece que aquí tenemos a otro al que no le entusiasma el ja’la.
— Mejor. —Verna se ató el chal bajo el mentón y abrió la puerta—. Veamos qué nos dice este sepulturero.
25
Solamente el ventanuco que daba a la calle, cubierto por diversas capas de suciedad acumulada, y una puerta trasera abierta iluminaban la habitación lóbrega y polvorienta, pero bastaba para distinguir un sendero entre los descuidados montones de mortajas enrolladas, destartalados bancos de trabajo y sencillos ataúdes. De una pared colgaban herrumbrosas sierras y cepillos de carpintero, y en la otra se amontonaban desordenadamente tablones de madera de pino.
Mientras que los más acaudalados solicitaban los servicios de agentes de pompas fúnebres, que los ayudaban a elegir decorados y lujosos ataúdes para sus seres queridos, los pobres solamente podían permitirse los servicios de enterradores que les proporcionaban una caja y un agujero en el que meterla. Por mucho que los pobres quisieran a sus seres queridos fallecidos, tenían que preocuparse de alimentar a los que aún les quedaban vivos. No obstante, el recuerdo que guardaban de sus muertos no era por ello menos precioso.
Verna y Warren se detuvieron en la puerta que comunicaba con un diminuto patio. Estaba delimitado por altas pilas de maderos, que en la parte posterior se amontonaban contra una valla y a los lados contra edificios estucados. En el centro, dándoles la espalda, un hombre descalzo y desgarbado vestido con ropas harapientas, afilaba los bordes de sus palas.
— Mis condolencias por la pérdida de vuestro ser querido —dijo con voz bronca pero sorprendentemente sincera. Prosiguiendo con el afilado preguntó—: ¿Niño o adulto?
— Ni una cosa ni otra —respondió Verna.
El sepulturero, de mejillas hundidas, les echó una mirada de reojo. No llevaba barba pero sus intentos de afeitado eran tan poco frecuentes que poco le faltaba para tenerla.
— ¿De edad intermedia? Si me decís el tamaño del fallecido, le construiré una caja apropiada.
— No tenemos nadie a quien enterrar. Hemos venido a haceros unas preguntas.
El hombre interrumpió su trabajo, se volvió completamente y los miró de la cabeza a los pies.
— Bueno, es evidente que os podéis permitir más que yo.