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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
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— El ja’la es un juego de competición. Hace más o menos… uf, debió de ser hace quince o veinte años, cuando el nuevo emperador accedió al trono, construyeron allí, en las afueras de la ciudad, en una hondonada entre dos colinas, un gran campo de juegos. Es muy popular.

— ¿Un juego? ¿La ciudad se queda desierta por un juego?

— Eso me temo. Sólo quedan en la ciudad algunas personas ancianas, que no lo entienden ni les interesa, pero el resto de gente va a verlo. Se ha convertido en una pasión colectiva. Los niños empiezan a jugarlo en las calles en cuanto aprenden a andar.

Verna inspeccionó una calleja lateral y echó una mirada atrás, a lo que llevaban recorrido de calle.

— ¿Qué tipo de juego es?

— Bueno —Warren se encogió de hombros—, la verdad es que nunca he asistido a ningún partido oficial; ya sabes que la mayor parte del tiempo la paso abajo, en las criptas, pero he investigado un poco. Siempre me han interesado los juegos y cómo encajan en la estructura de las diferentes culturas. He estudiado los pueblos antiguos y sus juegos, pero esto me brinda la oportunidad de observar un juego vigente con mis propios ojos, por lo que he leído y he hecho preguntas.

»El ja’la se juega con dos equipos en un espacio cuadrado con líneas que delimitan campos. En cada esquina hay una portería, dos para cada equipo. El objetivo del juego consiste en meter el broc (una pelota pesada revestida de cuero y de tamaño algo menor que la cabeza de una persona) en la portería del rival. El equipo que lo consigue se anota un tanto, y el otro equipo escoge el campo desde el que lanzar su ataque.

»No comprendo la estrategia, pues la cosa se complica, pero los chavales de cinco años la entienden enseguida.

— Seguramente es porque ellos desean jugar, y tú no. —Verna dejó caer el chal por su espalda y agitó los extremos para refrescarse el cuello—. ¿Qué lo hace tan interesante que la gente se apiñe bajo el sol para verlo?

— Supongo que durante un día se olvidan de su duro trabajo. Es una excusa para vitorear y chillar. Si su equipo gana, beben para celebrarlo y, si pierde, beben para consolarse. A nadie deja indiferente. La verdad es que la gente se altera más de lo que debería.

Verna se quedó un momento pensativa, sintiendo la refrescante brisa en el cuello.

— Bueno, a mí me parece un juego inofensivo.

— Es sangriento.

— ¿Cómo sangriento?

Warren esquivó un montón de estiércol.

— La pelota es muy pesada, y las reglas laxas. Los jugadores de ja’la son unos auténticos salvajes. Aunque, naturalmente, deben ser hábiles con el broc, sobre todo se seleccionan por su fuerza bruta y su carácter agresivo. No hay partido que acabe sin que al menos se rompan algunos dientes o huesos. Y no es raro que a algún jugador le rompan el cuello.

— ¿Y a la gente le gusta ver eso? —preguntó Verna con incredulidad.

Warren se lo confirmó con expresión grave.

— Por lo que me han contado los soldados, los espectadores se enfadan si no hay sangre, pues creen que su equipo no se esfuerza.

— No me parece un juego que me gustara ver.

— Pues eso no es lo peor. —Warren evitaba mirarla. A ambos lados unos postigos tan deslucidos que era imposible adivinar su color original cerraban las estrechas ventanas—. Los jugadores del equipo perdedor salen al campo al acabar el partido y son azotados. El equipo ganador les propina un golpe con un látigo de cuero por cada tanto en contra que han encajado. La rivalidad entre los equipos es tan fuerte que no es extraño que algunos jugadores mueran por los latigazos.

Verna caminó en atónito silencio hasta doblar una esquina.

— ¿Y la gente se queda para verlo?

— Creo que solamente van para ver eso. La multitud que anima al equipo vencedor cuenta en voz alta el número de los latigazos. Las emociones se desbordan. El ja’la vuelve loca a la gente. A veces incluso se producen disturbios. Pese a que haya diez mil soldados vigilando, las cosas se pueden salir de madre. O los jugadores se pelean entre sí. Son verdaderos brutos.

— ¿Y a la gente de verdad le gusta animar a un equipo de brutos?

— Los jugadores son héroes. Los jugadores de ja’la son casi los amos y señores de la ciudad. No se les aplican ni normas ni leyes. Una multitud de mujeres los siguen allá donde van, y tras el partido suelen organizarse auténticas orgías. Las mujeres se pelean por estar con los jugadores. La juerga puede durar varios días. Acostarse con un jugador de ja’la se considera un gran honor, y son tantas las que aspiran a él que solamente se les reconoce si hay testigos.

— ¿Por qué hacen eso?

Warren alzó los brazos.

— ¡Qué sé yo; yo no soy mujer! Aunque haya sido el primero en tres mil años en resolver una profecía, nunca una mujer me ha echado los brazos al cuello ni ha querido lamerme la sangre de la espalda.

— ¿Eso hacen?

— Se pelean por hacerlo. Si al jugador le complace esa lengua, es posible que la elija. He oído que los jugadores son bastante arrogantes y les gusta que las mujeres tengan que ganarse el honor de tenerlos entre las piernas.

Verna miró a Warren y vio que se estaba ruborizando.

— ¿Y también quieren estar con el equipo perdedor?

— Que ganen o pierdan es lo de menos. Cualquier jugador de ja’la es un héroe. Cuanto más brutales, mejor. Aquellos que han matado a un rival con el broc adquieren renombre y son los más deseados. Incluso se pone su nombre a los bebés. La verdad, no lo entiendo.

— Eso es porque te relacionas con muy poca gente, Warren. Si fueses a la ciudad en lugar de pasarte todo el día encerrado en las criptas, seguro que encontrarías a mujeres deseosas de estar contigo.

— Pues claro, si llevara un collar —replicó, dándose golpecitos en el cuello desnudo—. Porque verían el oro de palacio alrededor de mi cuello. Sólo por eso; no por quien soy.

Verna frunció los labios.

— A algunas personas les atrae el poder. Cuando uno no lo tiene, el poder resulta muy seductor. Así es la vida.

— La vida —rezongó Warren en tono amargo—. Todo el mundo lo llama ja’la, aunque en realidad el nombre completo es ja’la dh jin, que en la vieja lengua de la patria del emperador, Altur’Rang, significa «el Juego de la Vida». Pero todo el mundo lo llama simplemente ja’la, el Juego.

— ¿Qué significa Altur’Rang?

— Es también un nombre de su antigua lengua y no es fácil de traducir. Aproximadamente significa «el elegido del Creador» o «la gente del destino», algo así. ¿Por qué?

— El Nuevo Mundo está dividido por una cordillera llamada Rang’Shada. Parece el mismo lenguaje.

Warren asintió.

— Un «shada» es un guantelete de guerra con pinchos. Y Rang’Shada puede traducirse como «el puño guerrero de los elegidos».

— Supongo que el nombre proviene de la vieja guerra. Desde luego esas montañas parecen pinchos. —Verna aún no había digerido lo que Warren le contaba—. No puedo creer que se permita ese juego.

— ¿Permitirlo? Se promueve. El emperador tiene su equipo privado de ja’la. Esta mañana se ha anunciado que cuando venga de visita traerá a su equipo para que se enfrente al mejor equipo de Tanimura. Por lo que he deducido, es un gran honor y todo el mundo está muy emocionado. —Warren echó una mirada en torno y añadió—: El equipo del emperador no es azotado si pierde.

— Caramba. ¿Privilegios de los poderosos?

— No exactamente. Si pierden, les cortan la cabeza.

Verna dejó caer las manos a los costados.

— ¿Qué razón puede tener el emperador para promover el ja’la?

Warren esbozó una sonrisa peculiar.

— No lo sé, Verna, pero tengo una teoría.

— ¿Cuál es?

— Bueno, si hubieses conquistado un país, ¿qué problemas crees que podrían surgir?

— ¿Te refieres a una insurrección?

Warren se apartó del rostro un rizo de rubios cabellos.

— Agitación, protestas, malestar de la población, tumultos y, sí, insurrección. ¿Recuerdas cuando gobernaba el rey Gregory?

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