La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:
Querido Creador, ¿cuánto tiempo hacía de la muerte de Leitis? Cincuenta años al menos. Leitis tenía hijos pero Verna había evitado saber algo de ellos más que los nombres.
El nudo que sentía en la garganta, mientras lloraba, apenas le permitía respirar.
Había dado tanto para ser una Hermana. Su único deseo había sido ayudar a los demás. Nunca había pedido nada más.
Y resultaba que le habían tomado el pelo.
Ella no había pedido ser Prelada, pero justo cuando empezaba a pensar que desde ese puesto podía mejorar la vida de sus semejantes, hacer el trabajo por el que lo había sacrificado todo, descubría que otra vez le habían tomado el pelo.
Verna se aferró a la manta y lloró desconsoladamente hasta que por las pequeñas ventanas situadas en las aristas ya no entraba ninguna luz y ella tenía la garganta en carne viva.
Ya era noche cerrada cuando decidió irse a acostar. No quería quedarse en el santuario de la Prelada; le parecía que el lugar se burlaba de ella. Ella no era la Prelada. Después de agotar todas las lágrimas solamente se sentía humillada y aturdida.
No podía abrir la puerta. Tuvo que arrastrarse por el suelo hasta dar con el anillo de Prelada. Una vez que hubo cerrado la puerta, se lo volvió a poner en el dedo como recordatorio, como símbolo de lo tonta que había sido.
Caminó arrastrando los pies, exhausta, hasta su despacho, por donde tenía que pasar para irse a la cama. La vela se había apagado, por lo que encendió otra sobre el escritorio atestado de montones de informes sin revisar. Phoebe trabajaba duro para que esos montones no se redujeran. ¿Qué iba a pensar Phoebe cuando descubriera que, en realidad, no era la administradora de la Prelada? ¿Que había sido nombrada por una Hermana anodina, que no destacaba en nada?
Al día siguiente se disculparía con Warren. No era culpa suya y no debería haberla tomado con él.
Iba a salir de su despacho cuando de repente se quedó inmóvil.
Su diáfano escudo estaba roto. Volvió la mirada hacia la mesa. No se habían añadido nuevos informes a las pilas.
Alguien había estado husmeando.
26
Sobre la cubierta del barco se abatía una cortina de lluvia. Los hombres, descalzos y en cuclillas, esperaban en tensión; sus protuberantes músculos refulgían a la débil luz amarilla de las lámparas mientras observaban cómo la distancia se iba acortando y entonces, en un repentino esfuerzo, saltaron hacia la oscuridad. Tras aterrizar brincaron para atrapar las guías lastradas con plomo sujetas a los extremos de ligeros cabos que les arrojaban desde la embarcación y salvaban el turbio abismo. Lentamente los marineros fueron halando el barco tirando de las pesadas sogas unidas a los ligeros cabos.
Moviéndose con rapidez y eficiencia enroscaron las sogas, gruesas como la muñeca de un hombre, alrededor de los sólidos pilares, plantaron los pies y siguieron tirando esforzadamente, usando los pilares como sostén. La madera húmeda crujió cuando las sogas llegaron a la máxima tensión. Las hileras de marineros que trataban de vencer la carga cedieron hasta conseguir detener el avance lento pero en apariencia inexorable del Lady Sefa. Gruñendo al unísono, empezaron a recuperar el terreno cedido y lentamente el barco avanzó hacia el muelle, resbaladizo por la lluvia. Al mismo tiempo, en el barco, los marineros dejaban caer cabos enrollados para proteger el casco.
Apiñadas debajo de una lona que las protegía y contra la que repiqueteaba la lluvia, las hermanas Ulicia, Tovi, Cecilia, Armina, Nicci y Merissa observaban cómo el capitán Blake iba de un lado a otro de cubierta gritando airadas órdenes a los hombres y corriendo para asegurarse de que se cumplían. El capitán estaba en contra de aproximar el Lady Sefa al estrecho muelle en una noche de perros como aquélla; su intención había sido echar el ancla en el puerto y conducir a las mujeres a la orilla en un bote. Pero Ulicia no tenía ganas de quedar empapada en el trayecto de media milla hasta la orilla y con gesto autoritario había desoído las súplicas del capitán, que le explicaba que tendría que echar al agua todos los botes disponibles para remolcar la nave. Una sola mirada había bastado para que dejara de insistir en los peligros, callara y dirigiera la maniobra.
El capitán se quitó el empapado sombrero de la cabeza antes de dirigirles la palabra.
— Muy pronto estaréis en tierra, miladies.
— No me ha parecido tan difícil como decías, capitán —comentó Ulicia.
El capitán retorció el sombrero.
— Lo hemos logrado. Aunque no comprendo la insistencia en desembarcar en el puerto Grafan. No os resultará sencillo regresar a Tanimura por tierra desde un puesto militar abandonado de la mano del Creador. Llegaríais antes navegando directamente.
No dijo que también se hubiese librado antes de ellas, lo cual sin duda era la razón de que tan amablemente se hubiera ofrecido a llevarlas directamente de vuelta a Tanimura, siguiendo el plan inicial. También eso es lo que deseaba Ulicia, pero no podían elegir. Cumplía órdenes.
Escrutó la oscuridad más allá del muelle, donde sabía que las estaba esperando. Los ojos de sus compañeras miraban en la misma dirección.
Las colinas que enmarcaban el paisaje de fondo solamente eran visibles a la luz de los relámpagos que hendían el cielo salidos de la nada, y excepto cuando los destellos esporádicamente revelaban la existencia de las colinas, el débil resplandor de luces que provenía de la maciza fortaleza de piedra encaramada en lo más alto de una distante colina parecía flotar en el negro cielo. Ulicia únicamente podía distinguir los sombríos muros de piedra bañados por la lluvia con los breves relámpagos.
Jagang estaba allí.
Estar ante él en sueños era una cosa, pues más pronto o más tarde despertaba, pero tenerlo delante en carne y hueso era muy distinto. Ya no habría despertar posible. Ulicia se aferró a la conexión. Tampoco para Jagang habría despertar. El verdadero amo y señor de todas ellas se lo haría pagar caro.
— Parece que os esperan.
Ulicia abandonó de repente sus pensamientos y prestó atención al capitán.
— ¿Qué?
El capitán señaló con el sombrero.
— Ese coche debe ser para vosotras, miladies; nadie más anda por aquí excepto todos esos soldados.
Esforzándose por distinguir en la penumbra, finalmente la Hermana vio el coche negro con un tiro de seis enormes caballos castrados que esperaba en el camino, en lo alto del muro sobre el muelle. La puerta permanecía abierta. Ulicia tuvo que recordar que tenía que seguir respirando.
Bien, pronto acabaría. Jagang pagaría. Sólo tenían que aguantar un poco más.
Una vez que sus ojos reconocieron las oscuras e inmóviles figuras, empezó a distinguir soldados. Estaban por todas partes. Pequeñas hogueras salpicaban las colinas más cercanas al puerto. Ulicia sabía que por cada fuego que lograba permanecer encendido, pese a la lluvia torrencial, había otros veinte o treinta que no prendían. Sin contar los fuegos que veía, calculó que había centenares.
La pasarela retumbó a lo largo de cubierta cuando los marineros la deslizaron fuera a través de la abertura en los macarrones. Con un golpe sordo un extremo tocó el muelle. Apenas tocó el suelo, los marineros bajaron por ella cargando el equipaje de la Hermana, que condujeron hacia el coche.
— Ha sido un placer hacer negocios con vos, Hermana —mintió el capitán Blake. Retorcía el sombrero entre los dedos mientras esperaba que se marcharan—. ¡Listos para soltar amarras, muchachos! —gritó a los marineros—. ¡Tenemos que aprovechar la marea!
Si los marineros no lanzaron gritos de júbilo fue solamente porque no se atrevían a mostrar lo felices que se sentían al librarse de las Hermanas. En el curso de la travesía de regreso al Viejo Mundo habían recibido más lecciones de disciplina que nunca, lecciones que jamás olvidarían.
Mientras esperaban la orden para soltar amarras ninguno de ellos osó siquiera echar una mirada a las seis mujeres. Al final de la pasarela esperaban cuatro marineros, con los ojos fijos en el suelo, que sujetaban una lona atada a cuatro palos para proteger de la lluvia a las Hermanas.