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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
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— ¿No os interesa el ja’la? —quiso saber Warren.

En los ojos de párpados caídos del enterrador se encendió una lucecita al posarse en la túnica violeta del joven.

— A la gente no le gusta verme en las ocasiones festivas. Les amargo la fiesta, porque mirarme a mí es como mirar a la muerte de cara. Y no se cortan a la hora de decirme que no soy bienvenido. Pero, claro, cuando me necesitan sí que acuden a mí y se comportan como si nunca me hubieran dado la espalda. Podría decirles que fuesen a otro lado, a otro sepulturero que les cobrará una fortuna por una bonita caja que de todas maneras el muerto no verá, pero sé que no se lo pueden permitir. Además, yo no soy de los que guardan rencor por sus miedos.

— ¿Quién sois vos, maese Benstent o Sproul? —inquirió Verna.

Los flácidos párpados del hombre se arrugaron al alzar la mirada hacia ella.

— Yo soy Milton Sproul.

— ¿Y maese Benstent? ¿Anda por aquí?

— Ham no está. ¿Qué pasa?

— Somos del palacio —le explicó Verna en tono despreocupado—, y venimos a preguntar sobre una factura que nos enviasteis. Sólo queremos asegurarnos de que todo está en orden.

El huesudo sepulturero fijó de nuevo la atención en la pala y pasó la lima por el borde.

— La factura es correcta. Nosotros no engañamos a las Hermanas.

— Por favor, no estoy sugiriendo tal cosa. Lo que ocurre es que no hemos podido determinar quién fue enterrado. Tenemos que verificar quién falleció antes de autorizar el pago.

— No lo sé. Ham hizo el trabajo y la factura. Ham es un hombre honesto que ni siquiera estafaría a un ladrón para recuperar lo que es suyo. Él preparó la factura y me dijo que la enviara. Eso es todo lo que sé.

— Ya veo. —Verna se encogió de hombros—. En ese caso tendremos que hablar con maese Benstent para aclarar este asunto. ¿Dónde podemos encontrarlo?

Sproul pasó de nuevo la lima por el borde.

— No lo sé. Ham se estaba haciendo viejo y me dijo que quería pasar lo que le quedaba de vida con su hija y sus nietos. Se marchó para estar con ellos. Viven por ahí, en el campo. Me dejó la mitad de todo esto —añadió, dibujando un círculo en el aire con la lima—, y también todo el trabajo, claro. Supongo que tendré que contratar a alguien más joven para que cave; yo también me hago viejo.

— Pero sabréis adónde fue y algo sobre la factura.

— Ya he dicho que no. Embaló todas sus cosas, que no eran muchas, y se compró un burro para el viaje, por lo que supongo que debía de ser un viaje largo. —Con la lima señaló por encima del hombro hacia el sur—. Dijo que se dirigía al campo.

»Lo último que me dijo es que no me olvidara de enviar la cuenta a palacio, porque había hecho el trabajo y era justo que pagaran. Le pregunté adónde quería que le enviara el dinero, pero me respondió que lo usara para contratar un ayudante. Según él, era lo justo puesto que me abandonaba tan precipitadamente.

— Ya veo. —Verna consideró las opciones que tenía. El hombre seguía limando el borde de la pala—. Sal afuera y espérame —dijo a Warren.

— ¿Qué? —susurró el joven, con el rostro encendido—. ¿Por qué…?

Verna alzó un dedo para silenciarlo.

— Haz lo que te digo. Date una vuelta por la zona para comprobar que… nuestros amigos no nos están buscando. —Entonces se inclinó hacia él y dijo mirándolo de manera muy elocuente—: Tal vez se estén preguntando si necesitamos ayuda.

Warren se irguió y contempló al hombre que limaba la pala.

— Oh. Sí, de acuerdo. Voy a ver dónde se han metido nuestros amigos. —El joven jugueteaba con el brocado de plata de las mangas—. No tardarás, ¿verdad?

— No. Enseguida salgo. Vamos, ve a ver si los encuentras.

La Hermana esperó hasta oír cómo la puerta de la calle se cerraba. Sproul la miró de reojo.

— La respuesta sigue siendo la misma. Ya os he dicho que…

Verna le mostró una moneda de oro.

— Ahora, maese Sproul, vamos a tener que hablar con franqueza. Es más, vais a contestar mis preguntas con toda sinceridad.

Sproul frunció el entrecejo con recelo.

— ¿Por qué lo habéis mandado afuera?

— Porque no tiene estómago para según qué —replicó Verna, ya sin hacer esfuerzos para mostrarse afable.

No obstante, el sepulturero siguió con lo suyo tranquilamente.

— Os he dicho la verdad. Si queréis una mentira, decídmelo y me inventaré una que os guste.

Verna lo miró amenazadoramente, ceñuda.

— Ni se os ocurra mentirme. Quizá sí que habéis dicho la verdad, pero no toda. Ahora me lo contaréis todo, ya sea a cambio de mi agradecimiento —con su han Verna arrebató la lima de la mano del hombre y la lanzó hacia arriba hasta que se perdió de vista— o a cambio de ahorraros… molestias.

La lima apareció de nuevo surcando el aire a toda velocidad y fue a estrellarse contra el suelo, hundiéndose en la tierra a pocos centímetros de los pies de Sproul. Sólo el mango sobresalía de la tierra, y estaba al rojo. Con un furioso esfuerzo mental Verna alzó el caliente acero hacia arriba, dibujando una larga línea de metal fundido. Su candente resplandor iluminó la asustada faz del hombre. También Verna sintió en la cara el calor abrasador. Sproul tenía los ojos desorbitados.

Moviendo un solo dedo, la dúctil línea de acero al rojo vivo se puso a danzar al ritmo que le imprimía Verna. Ésta hizo girar el dedo, y el abrasador acero dio vueltas alrededor del hombre casi rozándole la carne.

— Un solo movimiento, maese Sproul, y quedaréis unido a la lima para siempre. —Abrió la mano y sostuvo la palma hacia arriba. Una viva llama apareció y obedientemente flotó en el aire—. Después de eso, empezaré por los pies y os iré cocinando centímetro a centímetro hasta que me digáis toda la verdad.

Los torcidos dientes del sepulturero le castañetearon.

— Por favor…

En la otra mano Verna le mostró la moneda al tiempo que esbozaba una sonrisa desprovista de humor.

— Claro que también podéis elegir decirme la verdad a cambio de esta pequeña muestra de gratitud.

Sproul tragó saliva y observó el metal al rojo que giraba en torno a su cuerpo así como la sibilante llama que ardía en la palma de la mujer.

— Me parece que ya empiezo a recordar algo más. Me encantaría contaros toda la historia con sinceridad y lo que acabo de recordar.

Verna extinguió la llama de su mano y, con un repentino esfuerzo, invirtió el han, pasando de calor a su opuesto, el frío extremo. El metal dejó de brillar tan de pronto como la llama de una vela. El acero pasó del rojo vivo a un negro helado, se hizo pedazos y los fragmentos cayeron alrededor de Sproul como piedras de granizo.

Verna le cogió una mano, depositó en ella la moneda y le cerró los dedos sobre ella.

— Lo siento mucho. Diría que os he roto la herramienta. Espero que esto lo compense.

El hombre asintió. Allí había más oro del que él ganaría en todo un año.

— Tengo más herramientas. No importa.

— Muy bien, maese Sproul —prosiguió Verna, posándole una mano sobre el hombro—, ¿por qué no me decís qué más recordáis sobre esa factura? No os calléis nada —insistió, apretando con fuerza—, por insignificante que os parezca. ¿Entendido?

Sproul se humedeció los labios.

— Sí. Os lo diré todo. Bueno, Ham hizo el trabajo. Yo no sé nada de eso. Me dijo que el palacio lo había contratado, pero nada más. La verdad, Ham no suelta ni prenda de sus cosas, y yo no le presté atención.

»Poco después me soltó de sopetón que abandonaba el negocio y se iba a vivir con su hija, como os he dicho. Ham siempre estaba hablando de irse a vivir con su hija antes de que le llegara el turno de cavarse su propio hoyo, pero no tenía dinero, y ella tampoco, por lo que yo ya no le hacía ni caso. Pero entonces se compró el burro, y buen burro era, y así supe que esa vez iba muy en serio. Me dijo que no necesitaba el dinero que le pagaría palacio y que lo usara para contratar a alguien que me ayudara.

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