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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
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— No. Nadie sabe adónde ha ido. Y tampoco tenemos pistas de la desaparición de Amelia y Janet.

Ellas cinco —Christabel, Amelia, Janet, Phoebe y Verna— habían sido amigas y habían crecido juntas en palacio. Verna era íntima de Christabel, aunque todas se sentían un poco celosas de ella, pues el Creador la había bendecido con una preciosa melena rubia y hermosos rasgos, además de muy buen corazón.

Era inquietante que esas tres amigas hubiesen desaparecido. A veces las Hermanas abandonaban el palacio para visitar a sus familias, mientras aún vivían. No obstante, siempre solicitaban antes un permiso y, de todos modos, los parientes de las tres debían de haber muerto de viejos mucho tiempo atrás. En otras ocasiones las Hermanas se alejaban de palacio un tiempo no sólo para refrescar sus mentes en el mundo exterior, sino simplemente para tomarse un descanso, pues pasar una década tras otra en el mismo lugar llegaba a cansar a cualquiera. Pero incluso en ese caso informaban a las otras de su lugar de destino y del tiempo que estarían fuera.

Pero ni Christabel, ni Janet, ni Amelia habían hecho eso; simplemente habían desaparecido tras la muerte de la Prelada. A Verna le dolía pensar que quizás habían preferido abandonar el palacio antes que aceptarla como Prelada, y rezaba para que así fuera, aunque se temía que la explicación era mucho más siniestra.

— Si te enteras de algo, Phoebe, te ruego que me lo comuniques —le dijo, tratando de ocultar su inquietud.

Una vez sola, Verna selló las puertas con su propio escudo que había diseñado ella misma; era una trama de delicados filamentos tejidos con el espíritu de su han único, magia que Verna podía reconocer como propia. Si alguien trataba de entrar, probablemente no detectaría el diáfano escudo y rompería los frágiles filamentos. E incluso si lo detectaba, su mera presencia y la exploración del escudo bastarían para romperlo. Por mucho que luego reparara el entramado con su han, Verna lo notaría.

Una brumosa luz solar se filtraba entre los árboles situados cerca del muro del jardín, bañando esa zona apartada y boscosa con una etérea y apagada luz. El bosquecillo acababa con un grupo de magnolios cuyas ramas aparecían llenas de brotes blancos con pelusilla. Más allá, la senda serpenteaba por una cuidada parcela de flores azules y amarillas alrededor de islas de altos helechos y rosas. Verna cortó una ramita de uno de los magnolios y mientras estudiaba el muro que rodeaba el jardín despreocupadamente saboreó su picante aroma.

En la parte posterior crecían luminosos zumaques. Los arbustos se habían plantado deliberadamente en hilera para ocultar el alto muro que protegía el jardín de la Prelada y crear asimismo más ilusión de amplitud. Verna observó con ojo crítico los bajos y achaparrados troncos y las anchas ramas; si no encontraba nada mejor, servirían. Tenía que intentarlo, pues se hacía tarde.

En un pequeño sendero lateral, que rodeaba el espacio montaraz en el que se ocultaba el santuario de la Prelada, dio con un punto prometedor. Se remangó el vestido, atravesó los matorrales hasta llegar al muro y comprobó que, efectivamente, era perfecto. Protegida por completo por pinos se abría un área soleada en la que se habían plantado perales en espalderas contra el muro. Todos se veían podados y recortados pero uno parecía especialmente adecuado, pues las ramas que le nacían a ambos lados se alternaban como los peldaños de una escala.

Justo antes de remangarse las faldas para empezar a trepar, le llamó la atención la textura de la corteza. Pasó un dedo por el borde superior de las recias ramas y lo notó duro y correoso. Al parecer, no era la primera Prelada que deseaba salir de manera subrepticia de su recinto privado.

Tras trepar al muro y asegurarse de que no había soldados a la vista, halló un práctico pilar de refuerzo en el que colocar un pie, a continuación una teja de drenaje, una piedra decorativa que sobresalía, la rama baja de un ennegrecido roble y, finalmente, a menos de un metro del suelo, una roca redonda desde la que saltar sin problemas. Después de limpiarse los restos de corteza y hojas, se alisó el vestido gris a la altura de las caderas y se arregló el sencillo cuello. Acto seguido guardó el anillo de Prelada en un bolsillo. Mientras se tapaba la cabeza con el pesado chal negro, que se ató bajo el mentón, sonrió por la emoción de haber hallado un modo secreto de escapar de su cárcel de papel.

Sorprendentemente, los jardines de palacio se veían desiertos. Los soldados se hallaban en sus posiciones, mientras por los caminos y senderos de piedra se veían Hermanas, novicias y jóvenes magos con rada’han ocupados en sus propios asuntos. Pero apenas se veían habitantes de la ciudad, que en su mayor parte eran mujeres mayores.

Cada día, durante las horas de luz diurna, los habitantes de la ciudad de Tanimura cruzaban en masa los puentes que conducían a la isla Halsband para pedir consejo a las Hermanas, solicitarles que mediaran en conflictos, suplicarles caridad, buscar orientación en la sabiduría del Creador y rendirle culto en los patios diseminados por toda la isla. A Verna siempre le había extrañado que creyeran que debían acudir allí a rezar aunque sabía que, para ellos, el hogar de las Hermanas de la Luz era un lugar sagrado. O tal vez solamente deseaban disfrutar de la belleza de los jardines de palacio.

Pero ese día no la disfrutaban; apenas se veía a nadie. Las novicias designadas para guiar a los visitantes daban vueltas, aburridas. Los soldados que vigilaban los accesos a las zonas restringidas charlaban entre ellos y cuando la miraron solamente vieron en ella a una Hermana más. En el césped no se veían visitantes descansando, nadie se recreaba en la belleza de los jardines, y las fuentes salpicaban y rociaban agua sin el acompañamiento de las exclamaciones de asombro de los adultos o los gritos encantados de los niños. Incluso los bancos estaban vacíos.

En la distancia, los tambores seguían sonando.

Verna encontró a Warren en su habitual punto de encuentro —los juncos que crecían a la orilla del río, del lado de la ciudad— sentado en la roca plana y oscura. Lanzaba guijarros a los remolinos de las aguas surcadas únicamente por una solitaria barca de pesca. Al oírla, se puso de pie de un salto.

— ¡Verna! No sabía si vendrías.

Verna observó cómo el viejo pescador cebaba el anzuelo y guardaba el equilibrio pese al balanceo del bote.

— Phoebe quería saber qué se siente al convertirse en una mujer vieja y arrugada.

Warren se sacudió el fondillo de la túnica violeta.

— ¿Y por qué te lo pregunta a ti?

Verna se limitó a suspirar y decir:

— Vamos.

La ciudad presentaba el mismo aspecto insólito que el palacio. Aunque en los barrios ricos algunas tiendas habían abierto y hacían algo de negocio con un puñado de clientes, el mercado de la zona pobre se veía vacío, las mesas desocupadas, los fogones apagados y los escaparates cerrados. Los cobertizos adosados a los edificios estaban desiertos; los telares de los talleres, abandonados; y el único ruido que se oía en las calles era el constante y crispante resonar de los tambores.

Warren se comportaba como si no fuera nada fuera de lo normal. Al doblar por una calle estrecha, umbría y polvorienta flanqueada por ruinosos edificios, Verna no pudo soportarlo más y estalló.

— ¿Dónde está todo el mundo? —exclamó—. ¿Qué pasa aquí?

Warren se detuvo y la miró, desconcertado. Verna se había quedado parada en medio de la calle vacía con las manos en jarras.

— Es el día del ja’la.

— ¿El día del ja’la? —inquirió Verna frunciendo el entrecejo.

— Exactamente —respondió él con toda tranquilidad. El ceño de Verna se acentuó—. ¿Qué pensabas que le había ocurrido a toda la…? —De repente se dio un manotazo en la frente—. Lo siento, Verna, pensaba que lo sabías. Todos estamos ya tan acostumbrados que se me olvidó que seguramente tú no lo sabías.

— ¿Saber qué?

Warren regresó para cogerla del brazo y echó de nuevo a caminar con ella.

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