Tiempos de gloria [Glory Season - es]
- Автор: Брин Дэвид
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6585-7
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:
No habría ninguno, por supuesto. A pesar de todo lo que había sucedido y de todo lo que había hecho para aislar su pena, Maia sabía lo que sucedería cuando la sacerdotisa sacudiera la cabeza y abriese compasivamente las manos. Maia experimentaría de nuevo toda la pérdida de su hermana, la sensación de desesperanza, aquella boca abierta que amenazaba con tragársela entera.
Esa visita podía esperar un día o dos. Por ahora se contentaría con recostarse con las demás en el largo porche del hotel, tomar un vaso de cerveza tibia, compartir un chiste o dos, y distraer su mente con cosas sencillas.
Todo lo que realmente quiero de la vida ahora mismo es una ducha caliente y un lugar blando para dormir durante días.
Por consenso y galantería natural, todas estuvieron de acuerdo en que Renna fuera el primero en emplear el baño. El hombre empezó a protestar, luego se echó a reír y dijo algo misterioso sobre lo que uno hace cuando está en un lugar llamado «Roma». Dos mujeres le acompañaron para montar guardia ante la puerta del cuarto de baño y proteger su intimidad.
Después de que Renna se marchara, varias vars empezaron a golpear la mesa, pidiendo alegremente más cerveza. A excepción de Thalla, Maia apenas conocía a ninguna de ellas. Kau, la amiga de Kiel, se pasaba el tiempo puliendo un garrote de madera con una punta y un filo de aspecto poco legales, y dando un respingo cada vez que tocaba torpemente el vendaje que Renna le había hecho sobre la oreja derecha. Una de las compañeras de Baltha, una mujer con fuerte acento de las islas del Sur, caminaba de un lado a otro, mirando hacia las montañas y luego hacia el mar, y murmurando impaciente.
Maia descubrió que era incapaz de dejar de rascarse. La sola idea de darse un baño había infectado su mente, haciendo que advirtiera la existencia de picores que, hasta ahora, había confinado a un rincón.
Afortunadamente, Renna no tardó mucho, para ser un hombre. Salió vistiendo una pequeña bata del hotel, transformado con la barba recortada, el pelo peinado que se rizaba al secarse con la brisa, y un tono sonrosado en su piel recién lavada. Hizo una reverencia ante los silbidos aprobadores de las sureñas, y aceptó una jarra de la aguada cerveza local que le ofreció Kau.
—Es una maravilla lo que un buen lavado puede hacer por un chico —comentó. Sujetándose el pelo con un mano, tomó un largo sorbo—. Bien, ¿quién es la siguiente? ¿Maia?
Ella empezó a protestar. Era la de estatus más bajo. Pero las otras estuvieron de acuerdo por aclamación.
—¡Después de todo, ha pasado tanto tiempo para ti como para él! —dijo Thalla amablemente—. Esa cárcel Perkie debió de ser horrible.
—¿Estáis seguras…?
—Claro que estamos seguras. No te preocupes por el agua caliente, encanto. Pronto podremos permitimos un lago lleno. Dúchate bien y permanece sentada en el baño todo el tiempo que quieras.
—Sí, nosotras estaremos ocupadas, de todas formas —añadió Kau, sentándose junto a Renna.
—Ocupadas emborrachándoos como cerdas—dic, querrás decir —bromeó Maia, y se sintió agradecida cuando todas se rieron en sana camaradería.
Renna le hizo un guiño.
—Ve, Maia. Yo me aseguraré de que todas se comporten.
Eso provocó más risas. Maia cedió con una sonrisa de gratitud. Antes de correr hacia el tentador olor del jabón y el vapor, se desabrochó el pequeño sextante de la muñeca y se lo entregó a Renna.
—Tal vez puedas lograr que el filtro solar deje de bailar. Así tendrás algo que hacer con las manos.
Thalla escupió en su cerveza y algunas de las otras se atragantaron.
—No debería ser demasiado difícil para un viajero estelar como tú —terminó Maia.
—¿Bromeas? —protestó él—. ¡Apenas puedo ir al servicio y volver sin un ordenador!
—¿Estaría aquí con nosotras, si no tuviera una habilidad especial para perderse? —reconoció Thalla, gritando para que Maia la oyera. Luego, aún más fuerte, añadió—: ¡Posadera! ¡Más cerveza!
El cuarto de baño se encontraba al final de un doble tramo de escaleras de madera. Al cerrar la puerta tras ella, Maia aún pudo oír a las mujeres de abajo, bromeando y riendo, y la voz más grave de Renna interviniendo de vez en cuando. Sus intervenciones parecían más que nada preguntas, aunque Maia no podía distinguir lo que decía. A menudo, sus dudas provocaban carcajadas, que parecía aceptar de buen humor.
Le resultó extraño desnudarse en el cuarto de baño lujosamente alicatado, equipado con comodidades cuyo uso tuvo que recordarse. Maia empujó su ropa sucia a un rincón y se metió primero en la ducha, ajustando los mandos hasta que el agua caliente fluyó con fuerza. Probablemente usan el carbón de Puerto Sanger, pensó, sin venir a cuento. Tras meterse bajo el chorro, procedió a enjabonarse. El jabón era áspero y sin duda casero, que resultaba menos caro que el auténtico importado de algún clan especializado y lejano. De todas formas, fue todo un lujo. Cortando el agua entre enjuagues, Maia procedió a frotarse capa tras capa de mugre, hasta que la piel chirrió cuando se la frotaba. Entonces la emprendió con el pelo, frotándose el cuero cabelludo y soltando marañas.
No sé por qué me molesto, se preguntó. En el estado en que lo tengo, probablemente tendré que cortármelo de todas formas.
Tras enjuagarse con cuidado una última vez, Maia cerró el grifo y se acercó de puntillas a la ancha bañera de madera, situada junto a una pequeña ventana que daba a los muelles de Grange Head. Abrió la tapa, revelando la humeante superficie. Para su alivio, el agua estaba prístina. Había historias sobre marineros varones que olvidaban (o nunca se les había enseñado) el procedimiento adecuado, y que usaban el baño para lavarse, dejándolo lleno de jabón y suciedad para la siguiente persona. De los hombres una nunca sabía qué esperar, y como extranjero, Renna podría haberse sentido doblemente confundido.
Pero claro, tal vez sólo hubiera una forma civilizada. Por bárbaras que fueran sus pautas sexuales sin modificar, las gentes cultivadas de otros mundos probablemente se bañaban de la misma forma que en Stratos.
Por desgracia, no habría tiempo para preguntárselo, ni otras incontables dudas, antes de que las naves aéreas vinieran del oeste para llevarse a Renna. En momentos dispersos durante su huida, ella había imaginado que iba con él hasta Caria y veía las maravillas de la ciudad. Pero cuando reflexionaba con más lucidez Maia sabía que lo mismo daría si pidiera que se la llevara cuando se marchase a las estrellas.
Me pregunto si me recordará cuando esté reunido con sabias y miembros del Consejo… o volando entre planetas mucho después de que yo sea comida para los gusanos. Era un pensamiento duro y amargo, apropiado para el tipo de persona dura y mundana que había decidido ser, dispuesta a todo, sorprendida por nada. Y, especialmente, vulnerable a nadie.
La ducha había sido templada, pero el baño estaba tan caliente que le picoteó en los innumerables cortes y magulladuras. Maia se metió en él poco a poco, hasta que el agua desbordó por los lados y se perdió en un desagüe.
¡Cielos! El calor pareció fundir cada parte que estuviera tensa o encallecida, relajándole músculos que tenía tensos sin que ella lo hubiera advertido. Aún tenía problemas y preocupaciones, pero por el momento los dejó languidecer, junto con su cuerpo. La sensualidad de yacer completamente inmóvil superaba cualquier placer activo que conociera.
Lánguidamente, Maia alzó un brazo para mirárselo desde todos los lados, lo dejó caer, e hizo lo mismo con el otro, observando dónde los últimos meses habían dejado sus marcas. A continuación examinó cada pierna. Una pequeña cicatriz en esta espinilla, un arañazo curado en ese tobillo, un par de zonas irritadas por haber cabalgado tanto tiempo… y una pequeña herida de batalla que recordó debía limpiar en los días venideros, para que no se infectara. Incluso aquí, en la «civilización», los cuidados médicos eran difíciles de conseguir, y apenas tenía los recursos para pagárselos.