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El Grito Silencioso

Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:

El respetable abogado Leighton Duff aparece muerto a golpes en un sórdido callejón. A su lado, se encuentra el cuerpo moribundo de Ryhs, su hijo. La policía no es capaz de profundizar en el caso hasta que aparece en escena el sagaz inspector William Monk, que intuye una relación entre este suceso y una serie de violaciones y palizas a prostitutas. Sorprendentemente, se cierne la sospecha de que ha sido el propio Ryhs quien ha matado a su padre.
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
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¿Se entendería a sí mismo Rhys Duff?

Eso era irrelevante. Monk era un hombre adulto y, tanto si lo recordaba como si no, era responsable. Sin duda estaba en plena posesión de sus facultades y podía responder. El único motivo para no enfrentarse consigo mismo era el miedo a lo que iba a encontrar, sumado a la afrenta a su orgullo que supondría reconocer ante Runcorn que sentía remordimientos.

¿Tenía el coraje necesario?

Había sido cruel, arbitrario, precipitado en sus juicios, pero jamás mentiroso, y mucho menos cobarde.

Apuró la taza de té, se sirvió un bollo, pagó su consumición y, comiéndoselo por el camino, se dirigió a la comisaría.

Se vio obligado a esperar hasta las nueve y cuarto, momento en el que Runcorn llegó. Se le veía abrigado y seco envuelto en su elegante abrigo, con el rostro sonrosado, recién afeitado y con los zapatos lustrosos.

Miró a Monk con seriedad, bajando la vista del pelo mojado a su rostro agotado, de los ojos hundidos y el abrigo empapado hasta las botas mugrientas. Su expresión era petulante, resplandeciente de satisfacción.

– Se diría que no le van muy bien las cosas, Monk -dijo alegremente-. ¿Quiere pasar y calentarse los pies? ¿Quizá le apetece una taza de té?

– Ya he tomado una, gracias -dijo Monk. Si seguía allí era sólo porque recordaba el desprecio que le inspiraba la cobardía, junto al pensamiento de lo que Hester opinaría si fracasaba en aquella última confrontación-. Aunque pasaré. Quiero hablar con usted.

– Estoy muy ocupado -dijo Runcorn-, aunque supongo que podré disponer de quince minutos. ¡Tiene muy mal aspecto! -Abrió la puerta de su despacho y Monk le siguió dentro. Alguien había encendido el fuego y el ambiente era muy agradable. Flotaba un ligero aroma a cera de abejas y a lavanda.

– Siéntese -invitó Runcorn-, pero antes quítese el abrigo, o me va a manchar la butaca.

– He pasado la noche en St Giles -dijo Monk, sin sentarse.

– Salta a la vista -repuso Runcorn. Arrugó la nariz-. Y, la verdad, también se huele.

– He hablado con Bessie Mallard.

– ¿Quién es? ¿Y por qué me lo cuenta? -Runcorn se sentó y se puso cómodo.

– Antes era puta. Ahora regenta una pequeña casa de huéspedes. Me ha hablado de la noche de la redada en el burdel de Cutter's Row, cuando sorprendieron al magistrado Gutteridge, que bajó rodando la escalera… -Se interrumpió. Una marea de intenso púrpura se extendió por el semblante de Runcorn. Las manos, apoyadas en la suave madera del escritorio, se cerraron de pronto en sendos puños.

Monk suspiró. No había forma de eludirlo.

– ¿Por qué le detestaba tanto como para dejarle caer en esa trampa? No lo recuerdo.

Runcorn le miraba fijamente, abriendo más los ojos a medida que entendía lo que Monk le decía.

– ¿Qué más le da? -Su voz era aguda, dolida-. Echó a perder mis planes con Dora. ¿No era eso lo que quería?

– No lo sé. Ya se lo he dicho… No lo recuerdo. Pero fue un acto malicioso y quiero saber por qué lo hice.

Runcorn pestañeó. Estaba desconcertado por completo. Aquel no era el Monk que conocía.

Monk se inclinó sobre el escritorio, bajando la mirada hacia él. Tras el rostro recién afeitado, la máscara de suficiencia, había un hombre con una herida en su amor propio que jamás había llegado a cicatrizar. Monk se la había infligido… al menos en parte. Necesitaba saber por qué.

– Lo siento -dijo en voz alta-. Ojalá no lo hubiese hecho, pero necesito saber por qué lo hice. Antes trabajábamos juntos, confiábamos uno en el otro. ¿Qué cambió? ¿Fue usted… o fui yo?

Runcorn permaneció callado tanto rato que Monk llegó a pensar que no iba a contestarle. Se oía ruido de taconeo en el pasillo, y la lluvia que goteaba de los aleros hasta el alféizar de la ventana. Desde lejos llegaba el rumor del tráfico y un caballo relinchó.

– Fue cosa de ambos -dijo Runcorn finalmente-. Todo comenzó con el abrigo, como quien dice.

– ¡Abrigo! ¿Qué abrigo? -Monk no entendía a qué se refería.

– Me compré un abrigo nuevo con el cuello de terciopelo. Usted entonces se compró uno con el cuello de piel, lo justo para que fuese mejor que el mío. Salíamos a cenar juntos, al mismo sitio.

– Qué estupidez -dijo Monk de inmediato.

– Así que me tomé la revancha -prosiguió Runcorn-. Algo relacionado con una chica. Ni siquiera recuerdo qué. La cosa fue creciendo hasta que se nos fue de las manos.

– ¿Eso fue todo? ¿Tan sólo celos infantiles? -Monk estaba horrorizado-. ¿Perdió a la mujer que quería… por culpa del cuello de un abrigo?

El rostro de Runcorn estaba lívido.

– ¡Fue más que eso! -dijo a la defensiva-. Fue… -Levantó la vista hacia Monk, con los ojos encendidos de ira, con más sinceridad de la que Monk jamás había visto en él. Fue como verlo por primera vez, sin ningún velo de por medio-. Fueron mil cosas, la forma en que socavaba mi autoridad sobre los hombres, riéndose a mis espaldas, apropiándose de mis ideas, de mis arrestos…

Monk sintió que le engullía el vacío de la ignorancia. No sabía si todo aquello era la verdad, o simplemente la forma que tenía Runcorn de excusarse. Detestaba esa sensación de pánico ciego y asfixiante que causaba la impotencia. ¡No sabía nada! Estaba luchando sin armas. ¡Pudo haber sido un hombre así! No se reconocía como tal, pero ¿hasta qué punto le había cambiado el accidente? ¿O era sencillamente que se había visto obligado a mirarse desde fuera, tal como lo haría un desconocido, y al verse a sí mismo, había cambiado?

– ¿Eso hacía? -dijo despacio-. ¿Por qué a usted? ¿Por qué se lo hacía sólo a usted? ¿Por qué no a los demás? ¿Qué me hizo usted a mí?

Runcorn presentaba un aspecto desdichado y desconcertado, debatiéndose en sus pensamientos.

Monk aguardó. Debía ser paciente. Una palabra de más, sólo una, y la verdad se le escabulliría.

Runcorn levantó los ojos buscando los de Monk, pero no habló de inmediato.

– Supongo… que estaba resentido -dijo por fin-. Siempre parecía saber la palabra adecuada, adivinar las respuestas correctas. La suerte siempre estaba de su parte, y usted no dejaba sitio para nadie más. Nunca perdonaba un error.

Aquello era una dura crítica. No perdonaba.

– Pues debí hacerlo -dijo muy serio-. En eso me equivoqué. Siento lo de Dora. Ya sé que no puedo deshacer lo hecho, pero lo siento.

Runcorn le miró de hito en hito.

– ¡Dice que lo siente! -exclamó, asombrado. Suspiró profundamente-. Lo hizo muy bien en el caso Duff. Gracias. -Era lo más que podía hacer para aceptar la disculpa.

Era más que suficiente. Monk asintió con la cabeza. No podía dejar una mentira entre ellos. Rompería el frágil puente que acababa de construir con tanto esfuerzo.

– Todavía no he terminado con él. No estoy seguro del motivo, pero el propio padre fue responsable de al menos una de las violaciones de St Giles, y era visitante asiduo de Seven Dials.

– ¿Qué? -Runcorn no daba crédito a lo que creía haber oído-. ¡Eso es imposible! ¡No tiene ningún sentido, Monk!

– Ya lo sé, pero es verdad. Tengo una docena de testigos. Uno lo vio la noche antes de Nochebuena manchado de sangre, y esa noche hubo una violación en St Giles, y tanto la señora Kynaston como Lady Sandon jurarán si es preciso que Rhys Duff estuvo con ellas todo el tiempo, a kilómetros de distancia.

– Rhys Duff no está acusado de violación. -Runcorn frunció el ceño, profundamente impresionado. Era lo bastante buen policía para ver las implicaciones.

Monk no arguyó nada más. Era innecesario.

– Le quedo agradecido -dijo Runcorn, negando con la cabeza.

Monk asintió, dudó un instante, se despidió y se marcho a casa para darse un baño y dormir. Después iría a hablar con Rathbone.

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