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El Grito Silencioso

Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:

El respetable abogado Leighton Duff aparece muerto a golpes en un sórdido callejón. A su lado, se encuentra el cuerpo moribundo de Ryhs, su hijo. La policía no es capaz de profundizar en el caso hasta que aparece en escena el sagaz inspector William Monk, que intuye una relación entre este suceso y una serie de violaciones y palizas a prostitutas. Sorprendentemente, se cierne la sospecha de que ha sido el propio Ryhs quien ha matado a su padre.
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
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Duke le miraba con una mezcla de estupor e incomprensión, aunque claramente marcado por el miedo.

– ¿A usted qué le importa si me asesinan en St Giles? -dijo, malhumorado y agresivo, antes de humedecerse los labios con la lengua.

– Me da igual -respondió Monk con una sonrisa, pero incluso mientras lo decía, notó que eso no era del todo verdad. Marmaduke Kynaston ya no le caía tan mal como al llegar, y no sabría justificarlo mediante motivo alguno-. No quiero que la gente de St Giles sea objeto de una investigación por asesinato.

Duke dejó escapar un profundo suspiro.

– Tendría que habérmelo figurado. ¿Es usted de St Giles?

Monk rió con desenfado. Era la primera vez que le pasaba desde hacía días.

– No. Procedo de Northumberland.

– Supongo que debería darle las gracias por la advertencia -dijo Duke, quitando hierro al asunto, aunque sus ojos seguían reflejando la impresión y su voz sonaba sincera a su pesar.

Monk se encogió de hombros y sonrió.

Salió de la casa aún más confundido.

* * *

El tiempo se agotaba de manera inexorable.

Fue con el retrato de Leighton Duff a Seven Dials y lo mostró a los cocheros, a los mendigos, a un charlatán, a los vendedores de flores, cordones de zapato, cerillas y loza, a un cazador de ratas y a varias prostitutas. Lo reconocieron al menos doce personas, algunas sin el menor titubeo. Ninguna de ellas pudo identificar a Rhys.

Llegada la segunda noche, Monk sólo tenía una pregunta en la cabeza. Regresó a St Giles para buscar su respuesta y recorrió los callejones y patios, los pasajes goteantes subiendo y bajando escaleras medio podridas hasta que el amanecer llegó gris y deprimente a eso de las siete y le sorprendió agotado, y con tanto frío que tenía los pies completamente entumecidos y no conseguía dejar de temblar. Ahora bien, sabía dos cosas. Rhys y su padre habían ido a St Giles la noche del asesinato, procedentes de direcciones distintas y nada probaba que se hubiesen encontrado hasta el fatal enfrentamiento de Water Lane.

De la otra cosa se enteró por casualidad. Estaba hablando con una mujer que había sido prostituta en su juventud y que había ahorrado bastante dinero como para comprar una casa de huéspedes, pero aún podía presumir de estar al corriente de los cotilleos. Fue a verla en parte para confirmar determinadas fechas y lugares pero, ante todo, empujado por la necesidad de rastrear la oscuridad de su propia mente, el miedo que le atenazaba cada vez que el rostro de Runcorn acudía a su pensamiento, cosa que sucedía con frecuencia en aquellos caminos oscuros y resbaladizos. No era Runcorn con su aspecto presente, con canas en las sienes y un poco de tripa, sino un Runcorn más joven y entusiasta, firme y con la mirada más clara y osada.

– ¿Recuerda la redada en el burdel, cuando pillaron al magistrado Gutteridge con los pantalones bajados? -No tenía muy claro por qué lo preguntaba, ni qué respuesta esperaba, sólo que no conseguía quitárselo de la cabeza.

La mujer rió con ganas.

– Claro que sí. ¿Por qué?

– ¿La dirigió Runcorn?

– ¡Eso ya lo sabe! ¡No me venga con que lo ha olvidado! -Le miró entrecerrando los ojos y ladeando la cabeza.

– ¿La montó él? -preguntó Monk.

– ¿Qué es esto, un juego o algo así? Usted la montó y Runcorn se le adelantó. Aunque si se lo permitió fue porque sabía que el pobre Gutteridge iba a estar dentro. Runcorn cayó como un angelito, el muy bobo.

– ¿Por qué? Fue culpa del propio Gutteridge. ¿Esperaba que la policía aplazara una decisión porque se estaba permitiendo un capricho?

La mujer abrió mucho los ojos.

– ¡Pues sí! ¡Claro que sí! ¡O por lo menos que le avisaran! Aquello levantó muchas ampollas, salpicó a mucha gente importante. ¡Aquí nos daba igual, la verdad! ¡Nos partimos de risa, qué quiere que le diga!

– ¿A qué gente importante? -Monk hizo una pausa, pues sabía que se le estaba escapando algo y que ese algo era importante.

– Oiga, ¿de qué va todo esto? -se extrañó la mujer, frunciendo el ceño-. ¡Ya está muerto y enterrado! ¿A quién le importa ya? No tiene nada que ver con las violaciones que ha habido en el barrio.

– Ya lo sé. Sólo quiero saber más. Cuénteme -insistió.

– Bueno, hubo unos cuantos tíos que después de aquello se sintieron expuestos. -Rió de su propio chiste-. Siempre habían confiado en que ustedes, los guindillas, se mantendrían alejados de ciertas casas de placer. -Se frotó los ojos con el dorso de la mano-. Después ya no se fiaban de nadie. ¡No podían! Así que se agriaron las relaciones entre la poli y ciertos personajes influyentes. Fue la única vez que se me ocurrió que podría caerme bien el señor Runcorn. Se pasa el tiempo dando el coñazo. ¡Es peor que usted! Usted será un cabrón, pero siempre va de frente, no está lleno de hipocresía como él. A usted nunca le vi decir una cosa y hacer otra. Él no es así. -Le miró con más atención-. ¿Qué está pasando, Monk? ¿Qué narices le importa una redada de hace veinticinco años en una casa de citas?

– No estoy muy seguro -dijo, sincerándose.

– Va a por usted, ¿es eso? -preguntó, con un tono que daba a entender cierta compasión. Monk no supo si era por él o por Runcorn.

– ¿A por mí? -repitió-. ¿Por qué? -Parecía una estupidez, pero la mujer sabía algo, sino no habría sacado aquella conclusión. Tenía que enterarse. Estaba demasiado cerca para dejarlo escapar, fuera lo que fuese.

– Bueno, usted le tendió la trampa, ¿no? -dijo, incrédula-. Sabía que todos aquellos tíos iban a estar allí y no le dijo nada. Dejó que irrumpiera y que hiciera el ridículo más espantoso. Supongo que nadie dijo nada, pero esas cosas no se perdonan nunca. Perdió el ascenso, entonces, y también a su chica, porque su padre era uno de los de dentro, ¿me equivoco? -Se encogió de hombros-. Yo de usted me andaría con ojo, aunque haya llovido mucho. Él no perdona, ¿entiende? Está lleno de rencor, el maldito Runcorn.

Monk apenas la escuchaba. No recordaba haber hecho aquello, ni siquiera después de la explicación. Aunque recordaba la sensación de triunfo, la profunda y ardiente satisfacción de saber que había vencido a Runcorn. Ahora sólo sentía vergüenza. Era una mala pasada, una venganza demasiado grande por más motivo que le hubiese dado Runcorn. Y lo peor era que no se le ocurría ninguno.

Le dio las gracias en voz baja y se marchó, dejándola desconcertada, murmurando varias veces para sí misma lo mucho que habían cambiado los tiempos.

¿Por qué? Caminaba con la cabeza gacha contra la lluvia, las manos hundidas en los bolsillos, haciendo caso omiso de las alcantarillas rebosantes que le mojaban los pies. Ya era de día. ¿Por qué había hecho algo semejante? ¿Había sido tan deliberado y cruel como todos pensaban? De ser así, no era de extrañar que Runcorn todavía le detestara. Con perder un ascenso ya era suficiente. Gajes del oficio. Pero perder a la mujer que amaba era un golpe muy duro y Monk ahora sería incapaz de asestárselo a ningún hombre.

El juicio a Rhys Duff ya había dado comienzo. La información que poseía era bastante pertinente, incluso aunque no sirviera de mucho. Debía ir a referírsela a Rathbone. Hester sufriría. Lo que no le cabía imaginar era cómo encajaría Sylvestra Duff la noticia de que su marido también era un violador.

Cruzó Regent Street, sin apenas darse cuenta de que ya había salido de St Giles, y se detuvo para tomar una taza de té bien caliente. ¿Tal vez no debía contárselo a Rathbone? No absolvía a Rhys del asesinato de su padre, sólo de una violación, ¡causa por la que, a fin de cuentas, tampoco le estaban procesando!

Ahora bien, formaba parte de la verdad, y la verdad era importante. Lo cierto era que sabían muy poco de ella como para que tuviera sentido. Rathbone le pagaba para que averiguara cuanto pudiera. Se lo había prometido a Hester. Debía aferrarse a su sentido del honor, a la integridad y a la confianza en los amigos que ahora tenía. Lo que había sido en el pasado le resultaba penoso. No lo recordaba ni lo entendía.

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